el momento.
Frente a tales momentos (con las mujeres también) se contrastaba (mientras ella se quitaba el sombrero) la cama y el barón Marbot y la vela medio consumida.
Despierta en la cama, el suelo crujía; la casa iluminada se oscurecía de repente, y si ella levantaba la cabeza alcanzaba a oír el chasquido del picaporte soltado con la mayor suavidad posible por Richard, que subía de calcetines y luego, las más de las veces, ¡dejaba caer su bolsa de agua caliente y juraba! ¡Cómo se reía ella!
Pero esta cuestión del amor (pensó, guardando el abrigo), este enamorarse de mujeres. Tomemos a Sally Seton; su relación en los viejos tiempos con Sally Seton. ¿No había sido eso, después de todo, amor?
Se sentó en el suelo—esa fue su primera impresión de Sally—, se sentó en el suelo con los brazos alrededor de las rodillas, fumando un cigarrillo. ¿Dónde habría sido? ¿En casa de los Manning? ¿En la de los Kinloch-Jones? En alguna fiesta (dónde, no podía precisarlo), pues tenía el recuerdo clarísimo de haberle dicho al hombre que la acompañaba: «¿Quién es esa?». Y él se lo había dicho, y le había comentado que los padres de Sally no se llevaban bien (¡cuánto la había escandalizado eso: que los padres de uno se pelearan!). Pero en toda la noche no pudo apartar los ojos de Sally. Poseía una belleza extraordinaria del tipo que ella más admiraba, morena, de ojos grandes, con esa cualidad que, como ella misma no poseía, siempre envidiaba: una especie de desenfreno, como si pudiera decir cualquier cosa, hacer cualquier cosa; una cualidad mucho más común en los extranjeros que en las inglesas. Sally siempre decía que tenía sangre francesa en las venas, que un antepasado había estado con María Antonieta, le habían cortado la cabeza y había dejado