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nydus/Mrs. DallowayPublic
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La señora Dalloway

era un encanto mirarla; y últimamente, sobre todo por la noche, cuando se interesaba por algo —pues nunca parecía exaltada—, se ponía casi hermosa, muy majestuosa, muy serena. ¿En qué estaría pensando? Todos los hombres se enamoraban de ella, y estaba verdaderamente aburrida hasta la coronilla. Porque aquello estaba empezando. Su madre alcanzaba a verlo: los cumplidos estaban empezando. Que no le importara más aquello —por ejemplo, su ropa— a veces preocupaba a Clarissa, pero tal vez era lo mejor con todos aquellos perritos y cobayas contagiados de moquillo, y eso le confería un encanto. Y ahora estaba esa extraña amistad con la señorita Kilman. Bueno, pensaba Clarissa hacia las tres de la madrugada, leyendo al barón Marbot porque no podía dormir, eso prueba que tiene corazón.

De repente Elizabeth dio un paso al frente y subió al ómnibus con total soltura, ante la mirada de todos. Tomó asiento en la parte superior. La criatura impetuosa —un pirata— arrancó, salió disparada; tuvo que agarrarse a la barandilla para mantener el equilibrio, porque un pirata era, temerario, sin escrúpulos, arremetiendo sin compasión, esquivando peligrosamente, arrebatando un pasajero con audacia, o ignorándolo, colándose como una anguila y con arrogancia en medio de todo, para luego precipitarse insolente con todo el velador desplegado calle arriba hacia Whitehall. ¿Y pensó Elizabeth por un solo instante en la pobre señorita Kilman, que la amaba sin celos, para quien ella había sido una cervatilla en campo abierto, una luna en un claro del bosque? Estaba encantada de ser libre. El aire fresco era delicioso. Había hecho tantaureado en la tienda del Ejército y la Marina. Y ahora era como ir a caballo, ir precipitándose calle arriba por Whitehall; y a cada movimiento del ómnibus el hermoso cuerpo del abrigo color ante respondía con soltura como un jinete, como el mascarón

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