—¡La pregunta más sensata que me han hecho hasta ahora! Bien, vas a oír por ti mismo cómo ocurrió todo.
Yací y yací, y me curaron y me curaron, hasta que al fin ahuyenté a los médicos de mi lado y llamé a un boticario de Nicolai que había curado a una vieja de un mal semejante al mío; la curó simplemente con un poco de simiente de heno.
Pues me hizo muchísimo bien, porque al tercer día rompí a sudar y pude levantarme de la cama. Entonces mis médicos alemanes volvieron a reunirse en consulta, se pusieron las gafas y me dijeron que, si viajaba al extranjero y tomaba una cura de aguas, la indisposición desaparecería por fin.
—¿Por qué no habría de hacerlo? —pensé para mis adentros.
Así que lo había preparado todo y al día siguiente, un viernes, partí hacia aquí. Ocupé un compartimento especial en el tren y, dondequiera que tuve que hacer transbordo, encontré en la estación a porteadores dispuestos a llevarme por unas pocas monedas.
—Tiene usted unos aposentos muy bonitos aquí —prosiguió mientras echaba un vistazo a la habitación—. Pero ¿de dónde diablos ha sacado el dinero para pagarlos, mi buen amigo? ¡Yo creía que usted lo tenía todo hipotecado! Solo este francés debe de ser acreedor suyo por una buena suma. Oh, lo sé todo al respecto, todo al respecto.
—M-Me sorprende usted, mi querida madre —dijo el General con cierta confusión—. M-Me sorprende enormemente. Pero no necesito ningún control ajeno sobre mis finanzas. Además, mis gastos no superan mis ingresos, y nosostros...
«¿Que no la exceden? ¡Vaya! ¡Si les está robando a sus hijos hasta el último kopeksu última kopeca —usted, que es su tutor!»