Durante todo aquel día Potapitch permaneció atendiéndola; pero los polacos que dirigían su juego cambiaron más de una vez. Para empezar, despidió a su polaco del día anterior —el polaco al que le había tirado del pelo— y se cogió a otro; pero este resultó ser aún peor que el anterior y se ganó el despido en favor del primer polaco, el cual, durante su periodo de inactividad, no había dejado de rondar la silla de la Abuela y, de vez en cuando, asomaba la cabeza por encima del hombro de esta. Al fin, la anciana llegó a la desesperación, pues el segundo polaco, al ser despedido, imitó a su predecesor negándose a marchar; con el resultado de que un polaco se quedó de pie a la derecha de la víctima, y el otro a su izquierda; desde cuyas posiciones ventajosas ambos se pelearon, se insultaron a propósito de las apuestas y las jugadas, y se intercambiaron el apelativo de «laidak» y otros términos cariñosos polacos. Por último, hicieron las paces mutuas y, tirando el dinero de cualquier manera, se pusieron a jugar al azar. De nuevo peleados, cada uno de ellos apostaba dinero a su propio lado de la silla de la Abuela (por ejemplo, un polaco apostaba al rojo y el otro al negro), hasta que la confundieron y avasallaron de tal modo a la anciana que, casi al borde del llanto, se vio obligada a pedir protección al crupier jefe y a hacer que expulsaran a los dos polacos.
No time was lost in this being done, despite the rascals’ cries and protestations that the old lady was in their debt, that she had cheated them, and that her general behaviour had been mean and dishonourable. The same evening the unfortunate Potapitch related the story to me with tears complaining that the two men had filled their pockets with money (he himself had seen them do it) which had been shamelessly pilfered from his mistress. For instance, one Pole demanded of the Grandmother fifty gülden for his trouble, and then staked the money by the side of her stake. She happened to win; whereupon he cried out that the winning stake was his, and hers the loser.
En cuanto los dos polacos hubieron sido expulsados, Potapitch salió de la habitación y denunció a las autoridades que los bolsillos de los hombres