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nydus/The GamblerPublic
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XIV

—Eres un joven audaz —dijo uno—, pero cuídate de partir mañana temprano, tan temprano como puedas, porque si no lo haces perderás todo lo que has ganado.

Pero no les hice caso. La Avenida estaba tan oscura que apenas era posible distinguir la propia mano ante el rostro, y la distancia hasta el hotel era de media verstas más o menos; pero yo no temía ni a los carteristas ni a los salteadores de caminos. De hecho, jamás desde mi infancia lo he hecho.

Además, no puedo recordar en qué pensé por el camino. Solo sentí una especie de placer temeroso⁠—el placer del éxito, de la conquista, del poder (¿cómo podría expresarlo mejor?).

Asimismo, ante mí desfilaba la imagen de Polina; y no cesaba de recordar, y de recordarme, que era a ella a quien iba, que en su presencia estaría pronto, que era a ella a quien pronto podría contarle y mostrarle todo. Apenas una sola vez recordé lo que ella me había dicho hacía poco, ni el motivo por el cual la había dejado, ni todas aquellas variadas sensaciones que había estado experimentando hacía apenas hora y media. No, aquellas sensaciones parecían cosas del pasado, cosas que se habían rectificado y envejecido, cosas por las cuales ya no necesitábamos preocuparnos, puesto que, para nosotros, la vida estaba a punto de empezar de nuevo.

Sin embargo, apenas había llegado al final de la Avenida cuando me aaltó el miedo a ser robado o asesinado. Con cada paso el miedo aumentó hasta que, aterrorizado, por poco me pongo a correr. De repente, al salir de la Avenida, estallaron ante mí las luces del hotel, ¡centelleantes con un sinfín de lámparas! ¡Sí, gracias a Dios, había llegado a casa!

Corriendo hacia mi habitación, de un empujón abrí la puerta. Polina seguía en el sofá, con una vela encendida delante de ella y las manos entrelazadas. Al entrar, me miró con asombro (pues, en ese momento, yo debía de ofrecer un extraño espectáculo). Sin embargo, lo único que hice fue detenerme ante ella y arrojar sobre la mesa mi cargamento de riqueza.

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