los dos extremos de la misma no solo tenían que vigilar las apuestas, sino también calcular el juego: ¡una cantidad inmensa de trabajo para dos hombres! En cuanto a la multitud en sí..., bueno, consistía principalmente en franceses. Sin embargo, por entonces yo no estaba tomando notas meramente para poder darles a ustedes una descripción de la ruleta, sino para orientarme sobre cómo debía comportarme cuando yo mismo empezara a jugar. Por ejemplo, me di cuenta de que nada era más común que la mano de otro se extendiera y arrebatara las ganancias de uno cada vez que uno ganaba. Entonces surgía una disputa, y con frecuencia un alboroto; y era cuestión de «le ruego que pruebe, y presente testigos del hecho, de que la apuesta es suya».
Al principio, el desarrollo de aquello era puro chino para mí. Solo podía adivinar y distinguir que se jugaban apuestas a los números, a «par» o «impar», y a los colores.
El dinero de Polina decidí arriesgarlo, aquella noche, tan solo por la cantidad de 100 gülden. La