taciturno en sus modales que uno podía esperarse cualquier cosa de él. De todos modos, el francés apenas le dirigía el más leve de los saludos y casi ni lo miraba. Desde luego, no parecía tenerle miedo, lo cual era bastante comprensible. Pero ¿por qué mademoiselle Blanche tampoco miraba nunca al inglés?, sobre todo cuando, a propósito de no sé qué, el marqués había declarado que el inglés era inmensa e indudablemente rico. ¿No era esa razón suficiente para hacer que mademoiselle Blanche mirara al inglés?
De todos modos, el General parecía sumamente inquieto; y ¡bien se podía comprender lo que un telegrama anunciando la muerte de su madre significaría para él!
Aunque creía probable que Polina me estuviera evitando por una razón concreta, adopté un aire frío e indiferente, pues me sentía bastante seguro de que no tardaría en acercarse ella misma a mí.
Durante dos días, por lo tanto, dediqué mi atención a Mlle. Blanche.
¡El pobre general estaba desesperado! ¡Enamorarse a los cincuenta y cinco años, y con tal vehemencia, es en verdad