Ante esto, el Barón y la Baronesa se volvieron en seco y casi huyeron despavoridos.
Algunos de los espectadores dieron rienda suelta a exclamaciones de entusiasmo, y otros se quedaron mirándome con asombro. Pero no recuerdo muy bien los detalles.
Dándome la vuelta en silencio, emprendí el camino de regreso hacia Polina Alexandrovna. Pero, cuando hube llegado a unos cien pasos de su asiento, la vi levantarse y dirigirse con los niños hacia el hotel.
En el pórtico la alcancé.
—He cometido la... la estupidez —dije al ponerme a su altura.
—¿Ah, sí? Pues entonces apechuga con las consecuencias —respondió sin tan siquiera mirarme.
Luego se dirigió hacia la escalera.
Pasé el resto de la tarde caminando por el parque. De allí pasé al bosque y seguí caminando hasta que me encontré en un principado vecino. En un restaurante de la carretera tomé una tortilla y un poco de vino, y por aquel ágape idílico me cobraron un tálero y medio.
No regresé a casa hasta las once, para encontrarme con que me esperaba una citación del General.
Nuestro grupo ocupaba dos suites en el hotel; cada una de las cuales constaba de dos habitaciones. La primera (la suite más grande) comprendía un salón y una sala de fumadores, con el estudio del General contiguo a esta última. Fue allí donde él me aguardaba, de pie y en actitud majestuosa junto a su mesa de despacho. Recostado en un diván cercano se encontraba De Griers.