había tomado los apartamentos que, la semana anterior, habían estado ocupados por la Gran Duquesa de N.
Mientras tanto, la causante de tal revuelo —la abuela— era llevada en volandas en su sillón. A cada persona con la que se cruza la examinaba con ojo inquisitivo, previo interrogatorio que me hacía sobre él o ella a voz en grito. Era de complexión robusta y, aunque no podía levantarse de la silla, uno sentía, desde el primer momento en que la miraba, que también era de gran estatura. Su espalda era recta como una tabla, y jamás se reclinaba en su asiento. Asimismo, su gran cabeza gris, de rasgos penetrantes y ásperos, permanecía siempre erguida mientras miraba a su alrededor de manera imperiosa y desafiante, con miradas y gestos que claramente no tenían nada de estudiados. Aunque había alcanzado su setenta y seis año, su rostro seguía estando fresco y sus dientes no se habían cariado. Por último, iba vestida con un traje de seda negra y una cofia blanca.
—Me interesa muchísimo —susurró el señor Astley mientras, sin dejar de fumar, caminaba a mi lado. Entretanto, yo reflexionaba sobre el hecho de que, probablemente, la anciana estuviera al corriente de todo lo relativo a los telegramas, e incluso de lo referente a De Griers, aunque supiera poco o nada acerca de mademoiselle Blanche. Se lo comenté así al señor Astley.
¡Pero qué criatura tan frágil es el hombre!
Apenas se hubo calmado mi primera sorpresa, me encontré regocijándome ante la conmoción que estábamos a punto de propinarle al General. Tanto me inspiró el pensamiento que marché al frente de la manera más alegre.
Nuestro grupo se hospedaba en el tercer piso. Sin llamar a la puerta, ni anunciar de ningún modo nuestra presencia, abrí de par en par los portones, y la Abuela fue llevada a través de ellos en triunfo.