—¿Dónde has estado hoy? —le pregunté, sorprendido de haberme olvidado hasta entonces de hacerle esa pregunta.
“A Fráncfort”.
“¿De viaje de negocios?”
“Por negocios.”
¿Qué más quedaba por preguntar después de aquello?
Lo acompañé hasta que, al ponernos a la altura del Hotel des Quatre Saisons, me hizo un repentino gesto con la cabeza y desapareció.
Por mi parte, regresé a casa y llegué a la conclusión de que, incluso de haberlo encontrado a las dos de la tarde, no habría aprendido de él nada más de lo que ya sabía a las cinco, por la sencilla razón de que no tenía ninguna pregunta concreta que hacerle.
Tenía que haber sido así. Para mí, formular la pregunta que en realidad deseaba hacer era una absoluta imposibilidad.
Polina se pasó todo ese día o bien paseando por el