Como si lo hubieran hecho a propósito, coincidió que en aquel momento todo el grupo se encontraba reunido en el despacho del General. Eran las 11 en punto, y al parecer se estaba planeando una excursión de algún tipo (en la que una parte del grupo iría en carruajes y otra a caballo, acompañada por uno o dos conocidos externos).
El General estaba presente, y también Polina, los niños, las niñeras de estos últimos, De Griers, Mlle. Blanche (ataviada con un hábito de amazona), su madre, el joven Príncipe y un sabio alemán a quien yo veía por primera vez.
En medio de esta asamblea, los lacayos transportaron a Madame en su silla y la depositaron a tres pasos del General!
¡Por el amor de Dios! ¡Jamás olvidaré el espectáculo que siguió!
Justo antes de nuestra entrada, el General había estado pontificando ante la compañía, con De Griers respaldándole. También puedo mencionar que, durante los últimos dos o tres días, mademoiselle Blanche y De Griers habían estado haciéndole grandes carantoñas al joven príncipe, ante las mismas narices del pobre General. En resumen, la compañía, aunque decorosa y convencional, se hallaba en un estado de ánimo alegre y familiar.
Pero no bien apareció la abuela, cuando el General se quedó mudo a mitad de palabra y, con la mandíbula caída, se quedó mirando fijamente a la anciana —con los ojos casi saliéndosele de las órbitas y la expresión tan hechizada como si acabara de ver un basilisco.
A cambio, la Abuela lo contempló en silencio y sin moverse, aunque con una mirada mezcla de desafío, triunfo y burla en los ojos. Durante diez segundos permanecieron ambos mirándose de esa manera, en medio del más profundo silencio de la concurrencia; y hasta De Griers se quedó petrificado, mientras una expresión extraordinaria de inquietud se dibujaba en su rostro.