Sin embargo, tenía la intención de despedir a la anciana; y, por añadidura, me hallaba en un estado de ánimo expectante; no sé por qué, no hacía más pensar que algo iba a suceder; por lo cual no pude quedarme tranquilo en mi habitación, sino que salí al corredor y, de ahí, al Paseo de los Castaños para dar un paseo de unos minutos. Mi carta a Polina había sido clara y firme, y en la crisis actual, estaba seguro, resultaría definitiva. Me había enterado de la marcha de De Griers y, por mucho que Polina pudiera rechazarme como amigo, tal vez no me rechazara del todo como sirviente. Me necesitaría para hacerle los recados, y yo estaba dispuesto a hacerlo. ¿Cómo habría podido ser de otro modo?
Cerca de la hora de la salida del tren me apresuré a la estación y metí a la abuela en su compartimento; ella y su grupo ocupaban un salón familiar reservado.
—Gracias por su desinteresada ayuda —dijo al despedirse—. Ah, y por favor, recuérdale a Prascovia lo que le dije anoche. Espero verla pronto.
Luego regresé a casa. Al pasar por la puerta de las habitaciones del General, me encontré con la niñera y le pregunté por su amo. «No hay nada nuevo que informar, señor», respondió ella en voz baja. Sin embargo, decidí entrar, y estaba haciéndolo cuando me detuve estupefacto en el umbral. ¡Pues ante mí vi al General y a mademoiselle Blanche —riendo alegremente el uno con el otro!—, mientras a su lado, en el sofá, estaba sentada su madre. Es evidente que el General estaba casi fuera de sí de alegría, pues decía todo tipo necedades y desbordaba una risa nerviosa y prolongada, una risa que le arrugaba el rostro en innumerables pliegues y hacía casi desaparecer sus ojos.