—Usted —me dijo el viejo chambelán—, la trató como debe tratarse a una dama, pero él... él la desplumaba a diestra y siniestra, como pude ver con mis propios ojos. Dos veces lo sorprendió en el acto y lo reprendió severamente. En una ocasión hasta le tiró del pelo, de modo que los presentes rompieron a reír a carcajadas. Sin embargo, lo perdió todo, señor... es decir, perdió todo lo que usted le había cambiado. Luego la trajimos a casa y, tras pedir un poco de agua y rezar sus oraciones, se fue a la cama. Estaba tan agotada que se durmió al instante. ¡Que Dios le mande sueños de ángeles!
¡Y esto es todo lo que nos ha aportado el turismo extranjero! ¡Oh, mi querida Moscú! ¿Qué no tendremos allí en casa, en Moscú? Un jardín y flores como jamás podrías ver aquí, y aire puro y manzanos en flor, y una hermosa vista que contemplar. ¡Ah, pero ella tenía que irse de viaje por el extranjero! ¡Ay, ay!