Por fin, hacia el final del día, cuando era evidente que la abuela estaba a punto de jugarse su último billete de banco, se pudo ver de pie detrás de su silla a no menos de seis naturales de Polonia, personas que, hasta entonces, no habían sido ni audibles ni visibles; y apenas la anciana jugó el billete en cuestión, no le prestaron más atención, sino que se abrieron paso a empujones más allá de su silla hasta la mesa; se adueñaron del dinero y lo apostaron, gritando y discutiendo todo el tiempo, y disputando con el «caballero de honor» (que también se había olvidado de la existencia de la abuela), como si fuera su igual.
Aun cuando la Abuela lo había perdido todo y regresaba (alrededor de las ocho) al hotel, unos tres o cuatro polacos no se resignaban a dejarla, sino que seguían corriendo junto a su silla y protestando a voz en grito que la abuela los había timado, y que debían obligarla a devolver lo que no era suyo. Así llegó el grupo al hotel; de donde, al poco rato, la caterva de granujas fue echada con cajas destempladas.
Según los cálculos de Potapich, la Abuela perdió, aquel día, un total de noventa mil rublos, además del dinero que había perdido el día anterior. Todos los valores en papel que había traído consigo —bonos al cinco por ciento, títulos de empréstitos internos y qué sé yo qué más— los había convertido en efectivo. Asimismo, no pude menos que admirarme de la manera en que, durante siete u ocho horas seguidas, estuvo sentada en su sillón, sin levantarse casi nunca de la mesa. De nuevo, Potapich me contó que hubo tres ocasiones en las que realmente empezó a ganar; pero que, llevada por falsas esperanzas, fue incapaz de apartarse en el momento oportuno. Todo jugador sabe cómo una persona puede pasarse un día y una noche enteros a la baraja sin dirigir una sola mirada ni a la derecha ni a la izquierda.