—La estuve vigilando todo el tiempo, señora —temblequeó Marta—, y le pregunté a Potapich qué era lo que intentaba hacer la ama. ¡Y, palabra! ¡Qué montones y montones de dinero había sobre la mesa! En mi vida había visto tanto dinero. Y había gente bien alrededor, y otra gente bien sentada. Así que le pregunté a Potapich de dónde había salido toda esa nobleza; porque, pensé, tal vez la Santísima Madre de Dios ayude a nuestra ama entre ellos. Sí, recé por usted, señora, y se me encogió el corazón, de modo que no paraba de temblar y temblar. ¡Que el Señor esté con ella!, pensé para mis adentros; ¡y en respuesta a mi oración es ahora cuando le ha mandado lo que le ha mandado! Aún tiemblo, tiemblo de pensarlo todo.
—Alejo Ivánovich —dijo la anciana—, después de almorzar, es decir, sobre las cuatro, prepárate para volver a salir conmigo. Pero entretanto, adiós. No olvides llamar a un médico, pues debo tomar las aguas. Ahora vete a descansar un poco.
Me retiré de la presencia de la Abuela en un estado de desconcierto.
En vano me esforcé por imaginar qué sería de nuestro grupo, o qué rumbo tomaría a continuación el asunto. Podía percatarme de que ninguno de los nuestros había recuperado aún la presencia de ánimo, y menos que nadie el General. El factor de la aparición de la Abuela en lugar del telegrama que se aguardaba a cada hora para anunciar su muerte (con los consiguientes legados, por supuesto) había trastornado de tal modo todo el plan de intenciones y proyectos que los conspiradores contemplaban con un sentimiento decidido de aprensión y una creciente parálisis cualquier actuación futura de la anciana en la ruleta. Con todo, este segundo factor no era tan importante como el primero, pues, aunque la Abuela había declarado en dos ocasiones que no tenía intención de darle dinero al General, tal declaración no constituía un fundamento absoluto para abandonar la esperanza. Ciertamente, De Griers, quien, junto con el General, estaba metido hasta el cuello en el