La silla, con la anciana radiante en ella, fue alejada hacia las puertas del fondo del salón, mientras nuestro grupo se apresuraba a rodearla y a ofrecerle sus felicitaciones.
De hecho, por excéntrica que fuera su conducta, esta quedaba además eclipsada por su triunfo; con el resultado de que el general ya no temía verse públicamente comprometido por dejarse ver con una mujer tan extraña, sino que, sonriendo de un modo condescendiente y alegremente familiar, como si estuviera consolando a un niño, saludó a la anciana.
Al mismo tiempo, tanto él como el resto de los espectadores estaban visiblemente impresionados. Por todas partes la gente no dejaba de señalar a la Abuela y de hablar de ella. Mucho gente incluso caminaba junto a su sillón para contemplarla mejor, mientras que, a poca distancia, Astley mantenía una conversación sobre el tema con dos conocidos ingleses suyos.
De Griers desbordaba literalmente sonrisas y cumplidos, y varias damas elegantes miraban fijamente a la abuela como si fuera una rareza.
—¡Qué victoria! —exclamó De Griers.
—Mais, Madame, c’était du feu! añadió la señorita Blanche con una sonrisa escurridiza.
—Sí, he ganado doce mil florines —respondió la anciana—. Y luego está todo este oro. Con él, el total debe de rondar casi los trece mil. ¿Cuánto es eso en dinero ruso? ¿Seis mil rublos, me parece?
Sin embargo, calculé que la suma superaría los siete mil rublos —o, al cambio actual, incluso los ocho mil—.