—No es eso, no es eso —volvió a interrumpir De Griers—. ¡Qué demonios! No la dejes sola, más bien aconséjala, persuádela, apártala de ahí. En cualquier caso, no la dejes jugar; búscale alguna distracción alternativa.
—¿Y cómo voy a hacer eso? ¡Si tan solo usted se encargara de la tarea, Monsieur de Griers!
Dije esto con la mayor inocencia posible, pero enseguida vi cruzar una rápida mirada de interrogación excitada de Mlle. Blanche a De Griers, mientras que en el rostro de este último también brilló algo que no pudo reprimir.
—Bueno, en el presente momento ella se negaría a aceptar mis servicios —dijo con un gesto—. Pero si, más tarde—
Aquí dirigió a la señorita Blanche otra mirada llena de significado; a lo cual ella avanzó hacia mí con una sonrisa cautivadora, y me cogió y apretó las manos.
¡Maldsea sea, pero cómo podía cambiar aquel rostro diabólico suyo! En