sino que además había pagado por completo la cuenta de mi hotel hace tres días.
Por consiguiente, me encontraba en condiciones de tentar de nuevo la suerte a la ruleta; y si ganaba algo, podría continuar jugando, mientras que, si perdía lo que entonces poseía, tendría una vez más que aceptar un puesto de lacayo, a menos que, como alternativa, lograse encontrar a una familia rusa que necesitara un tutor.
Sumido en estas reflexiones, emprendí mi paseo diario por el Parque y el bosque rumbo a un principado vecino. A veces, en ocasiones así, empleaba cuatro horas en el trayecto y regresaba a Homburg cansado y hambriento; pero, en esta ocasión en particular, apenas había salido de los jardines hacia el Parque cuando divisé a Astley sentado en un banco.
Apenas me advino, me llamó por mi nombre, y fui a sentarme a su lado; pero, al notar que parecía un poco rígido en sus modales, me apresuré a moderar la expresión de alegría que la vista de él había provocado.