“Le jeu est fait!”, anunció el crupier.
La rueda giró y se detuvo en el treinta. ¡Habíamos perdido!
—¡Otra vez, otra vez, otra vez! ¡Vuelve a apostar! —gritó la anciana.
Sin intentar oponerme más a ella, sino limitándome a encogerme de hombros, puse doce monedas más de diez gülden sobre la mesa.
La rueda giraba y giraba, mientras la Abuela se estremecía por completo al contemplar sus revoluciones.
—¿Piensa otra vez que el cero va a ser el golpe ganador? —pensé, mientras la miraba con asombro.
Sin embargo, una absoluta seguridad de ganar resplandecía en su rostro; parecía convencida de que el cero estaba a punto de cantarse de nuevo.
Por fin, la bola cayó en una de las muescas.
“¡Cero!”, gritó el crupier.
“¡Ah!”, gritó la anciana mientras se volvía hacia mí en un torbellino de triunfo.
Yo mismo era en el fondo un jugador. En aquel momento cobré aguda conciencia tanto de este hecho como de que me temblaban las manos y las rodillas, y de que la sangre me latía en las sienes. Por supuesto, aquello era una ocasión rara —una ocasión en la que el cero había salido ni más ni menos que tres veces en una docena de tiradas—; sin embargo, en un acontecimiento así no había nada tan sorprendente, dado que, apenas tres días atrás, yo mismo había sido testigo de que el cero saliera tres veces seguidas, ¡de modo que uno de los jugadores que anotaba las jugadas en un papel se vio movido a comentar que durante los días anteriores el cero no había salido en absoluto!