—¡Qué idea tan extraordinaria! —exclamó el General.
—¡Y qué idea tan rusa! —añadió el francés.
Sonreí, pues me alegraba bastante tener un pleito con ellos.
«¡Preferiría llevar una vida errante en tiendas de campaña —grité— que doblar la rodilla ante un ídolo alemán!».
—¿A qué ídolo? —exclamó el general, ya seriamente enfadado.
«Al método alemán de amontonar riquezas. No llevo aquí mucho tiempo, pero puedo decirles que lo que he visto y comprobado hace que mi sangre tártara hierva. ¡Dios mío! No quiero virtudes de esa clase. Ayer di un paseo de unas diez verstas; y en todas partes encontré que las cosas son tal como leemos en los buenos libros de estampas alemanes: que cada casa tiene su Vater, que es horriblemente benévolo y extraordinariamente honorable. Tan honorable es que da miedo tener algo que ver con él; y no puedo soportar a la gente de esa ralea. Cada Vater de esos tiene su familia y por las tardes leen en voz alta libros edificantes. Sobre sus tejados murmuran los olmos y los castaños; el sol se ha ido a descansar; una cigüeña reposa en el gablete; y todo es maravillosamente poético y conmovedor. No se enfade, General. Permítame contarle algo que es aún más conmovedor que eso. Puedo recordar cómo, al caer la tarde, mi propio padre, que ya ha muerto, solía sentarse bajo los tilos de su pequeño jardín y nos leía libros en voz alta a mí y a mi madre. Sí, ya sé cómo se deben hacer las cosas.
Sin embargo, cada familia alemana está atada a la esclavitud y a la sumisión a su «Vater». Trabajan como bueyes y amasan fortuna como judíos.