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nydus/The GamblerPublic
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XI

involuntaria me había revelado algo de su corazón, yo había notado que en la mayoría de los casos —de hecho, casi siempre—, o bien se había reído de esas revelaciones, o se había confundido, o les había dado a propósito un falso aspecto. Sí, debió de haberme ocultado muchísimo.

Pero yo tenía el presentimiento de que se acercaba el final de aquella situación tirante y misteriosa. Un golpe más, y todo habría terminado y salido a la luz. De mi propia fortuna, por mucho que el asunto me interesara, no hacía caso. Me encontraba en la extraña situación de poseer tan solo doscientos gülden, de andar a la deriva, de carecer de empleo, de medios de subsistencia, de un ápice de esperanza y de cualquier plan para el futuro, y sin embargo, todo eso me importaba un bledo. Si mi mente no hubiera estado tan llena de Polina, me habría entregado a la cónica picaresca del inminente desenlace y me habría reído a más no poder.

Pero el pensamiento de Polina era una tortura para mí. Que su destino estuviera decidido ya lo intuía; sin embargo, no era ese el pensamiento que me causaba tanta inquietud. Lo que realmente deseaba era penetrar en sus secretos. Quería que viniera a mí y me dijera: «Te amo»; y si no venía, o si esperar que alguna vez lo hiciera era un absurdo inconcebible, bueno, entonces ya no me quedaba nada más que desear.

Aun ahora no sé lo que estoy deseando. Me siento como un hombre que ha perdido el camino. Anhelo tan solo estar en su presencia, y dentro del círculo de su luz y su esplendor —estar ahí ahora, y por siempre, y durante toda mi vida. Más no sé. ¿Cómo podré jamás decidirme a dejarla?

Al llegar al tercer piso del hotel sufrí una conmoción. Justo pasaba por la suite del General cuando algo hizo que me volviera. ¡De una puerta a unos veinte pasos de distancia venía Polina! Titubeó un momento al verme y luego me hizo señas para que me acercara.

«¡Polina Alexándrovna!»

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