—Polina —le dije—, dame tan solo una hora. Espera aquí exactamente una hora hasta que regrese. Sí, debes hacerlo. ¿Acaso no ves lo que quiero decir? Quédate aquí solo ese tiempo.
Y salí precipitadamente de la habitación sin tan siquiera responder a su mirada de interrogación. Gritó algo tras de mí, pero no regresé.
A veces sucede que el pensamiento más insano, la concepción más imposible, se fija de tal modo en la cabeza de uno que, a la larga, uno acaba creyendo que tal pensamiento o concepción es la realidad.
Además, si con el pensamiento o la concepción se combina un deseo fuerte, apasionado, uno llegará a considerar dicho pensamiento o concepción como algo fatídico, inevitable y preestipulado—algo destinado a suceder.
Ya sea que con esto se connote algo de la naturaleza de una combinación de presentimientos, o un gran esfuerzo de voluntad, o una autoanulación de las propias expectativas verdaderas, y así sucesivamente, no lo sé; pero, de todos modos, aquella noche me sucedió (una noche que nunca olvidaré) algo de la naturaleza de lo milagroso.
Aunque el suceso puede explicarse fácilmente mediante la aritmética, sigo creyendo que fue un milagro. Mas ¿por qué se apoderó de mí tal convicción en aquel momento y ha permanecido conmigo desde entonces? Antes, yo había pensado en la idea, no como un suceso que pudiera llegar a producirse jamás, sino como algo que nunca podría llegar a producirse.
Eran las once y cuarto cuando entré en el Casino en un estado de esperanza (aunque, al mismo tiempo, de agitación) como jamás había experimentado.
En las salas de juego todavía había un gran número de personas, pero ni la mitad de las que había habido por la mañana.