—No puedo decírselo. El matrimonio aún no es un asunto cerrado, pues están esperando noticias de Rusia. El general tiene transacciones comerciales que arreglar.
—¡Ah! Conectado, sin duda, con la señora su madre?
De Griers me dirigió una mirada de odio.
—Para abreviar —interrumpió—, tengo plena confianza en su cortesía natural, así como en su tacto y buen sentido. Estoy seguro de que hará lo que le sugiero, aunque solo sea por el bien de esta familia que lo ha recibido como a un pariente en su seno y que siempre lo ha querido y respetado.
—Tenga la bondad de observar —observé— que la misma familia acaba de expulsarme de su seno. Todo lo que está diciendo lo dice de cara a la galería; pero, cuando a uno acaban de decirle: «Desde luego que no deseamos echarle, mas, por cuestión de apariencia, ha de permitirse usted ser echado», ya nada puede importar demasiado.
—Muy bien —dijo con un tono más severo y arrogante—. Visto que mis súplicas no han surtido efecto en usted, es mi deber recordarle que se tomarán otras medidas. Debe recordar que aquí hay policía, y hoy mismo le pondrán de patitas en la calle. Que diable! ¡Pensar que un blanc-bec como usted se atreva a desafiar a un duelo a una persona como el barón! ¿Se figura que se le va a permitir hacer tales cosas? ¡Pruebe a hacerlas y verá si alguien le teme! La razón por la que le he pedido que desista es que veo que su conducta está causándole molestias al general. ¿Cree usted que el barón no podría ordenarle a su lacayo simplemente que lo eche a patadas?
—Sin embargo, no debo salir de casa —repliqué con absoluta calma—. Está usted sufriendo un delirio, Monsieur de Griers. El asunto se resolverá en mucha mejor forma de lo que imagina. Estaba a punto de