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nydus/The GamblerPublic
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XIV

“¡Trente-et-un!”, exclamó el crupier.

De nuevo había ganado, y ahora estaba en posesión de ochenta monedas de diez gülden. A continuación, pasé los ochenta enteros a doce números centrales (una apuesta que, de tener éxito, me reportaría un triple beneficio, pero que también implicaba un riesgo de dos oportunidades contra una). La rueda giró y se detuvo en el veinticuatro. Tras esto, me pagaron en billetes y oro hasta que tuve a mi lado una suma total de dos mil gülden.

Como en un delirio pasé la pila, en bloc, al rojo. De pronto volví en mí (aunque fue la única vez durante el juego de la noche en que el miedo me echó su sortilegio frío y se manifestó en un temblor de manos y rodillas). Pues con horror me había dado cuenta de que tenía que ganar, y de que de aquella apuesta dependía toda mi vida.

“¡Rojo!”, exclamó el crupier. Contuve la respiración y un escalofrío febril me recorrió todo el cuerpo. Me pagaron mis ganancias en billetes de banco —que ascendían, por supuesto, a un total de cuatro mil florines y ochocientos gülden (aún era capaz de calcular las cantidades)—.

Después de eso, recuerdo, volví a apostar dos mil florines a los doce números del centro, y perdí. De nuevo aposté todo mi oro, junto con ochocientos gülden en billetes, y perdí. Entonces pareció apoderarse de mi la locura y, tomando mis últimos dos mil florines, los aposté a doce de los primeros números, de manera totalmente casual y al azar, y sin ningún tipo de cálculo. Tras hacerlo sobrevino un momento de tensión solo comparable al que debió de experimentar Madame Blanchard cuando, en París, descendía a la tierra desde un globo aerostático.

“¡Cuatre!”, gritó el crupier.

Una vez más, con la adición de mi apuesta original, ¡estaba en posesión de seis mil florines!

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