Más tarde supe por boca de la propia mademoiselle Blanche que, tras despedir al príncipe y enterarse de las lágrimas del general, se le había ocurrido ir a consolar al viejo, y acababa de llegar con ese fin cuando yo entré. ¡Por fortuna, el pobre general no sabía que su suerte ya estaba echada, y que mademoiselle tenía hacía tiempo las maletas hechas, lista para tomar el primer tren matutino rumbo a París!
Vacilando un momento en el umbral, cambié de opinión acerca de entrar y me marché sin ser visto.
Al subir a mi propio cuarto y abrir la puerta, percibí en la penumbra una figura sentada en una silla, en el rincón junto a la ventana.
La figura no se levantó cuando entré, así que me acerqué a ella con rapidez, la miré de cerca y sentí que el corazón casi se me paraba.
¡La figura era Polina!