aparecía una docena más o menos de exteriores. Supongamos que la bola se detenía dos veces en una docena de cifras exteriores; luego pasaba a una docena de las primeras y, después, de nuevo a una docena de números centrales, cayendo en ellos tres o cuatro veces, para luego volver a una docena de exteriores; a partir de lo cual, tras otro par de rondas, la bola volvía a pasar a las primeras cifras, caía en ellas una vez y luego regresaba tres veces a la serie central, continuando así durante hora y media o dos horas. Uno, tres, dos: uno, tres, dos. Todo aquello era de lo más curioso. Asimismo, durante todo un día o una mañana, el rojo alternaba con el negro, pero casi sin ningún orden y de un momento a otro, de modo que apenas dos rondas consecutivas terminaban en el uno o en el otro. Sin embargo, al día siguiente, o tal vez a la tarde siguiente, salía únicamente el rojo, alcanzaba una racha de más de cuarenta aciertos y seguía así durante bastante tiempo, digamos, durante todo un día. La mayoría de estas circunstancias me fueron señaladas por el señor Astley, quien permaneció junto a la mesa de juego toda la mañana, aunque jamás apostó en persona ni una sola vez.
Por mi parte, perdí todo lo que llevaba encima, y con gran rapidez. Para empezar, aposté dos gülden a «par» y gané. Luego volví a apostar la misma cantidad y gané, y así dos o tres veces. En un momento dado debí de tener en mis manos —reunidos allí en el espacio de cinco minutos— unos 4.000 gülden. Aquel era, por supuesto, el momento oportuno para haberme retirado, pero surgió en mí una extraña sensación de desafío al destino, como el deseo de propinarle una bofetada en la mejilla y sacarle la lengua. En consecuencia, puse la mayor cantidad permitida por las reglas —a saber, 4.000 gülden— y los perdí. Excitado por este revés, saqué todo el dinero que me quedaba, lo aposté todo a la misma suerte y... ¡lo volví a perder! Entonces me levanté de la mesa sintiéndome como aturdido. No sabía qué me había pasado; pero, antes de almorzar, le conté a Polina mis pérdidas —lapso durante el cual estuve paseando por el Parque.