artillería, minas, bombas y gases, y la disminución del combate personal, los que caen son cada vez más víctimas del azar.
Además de los muertos y los heridos de muerte, hay muchas muertes por enfermedad o por heridas que no eran necesariamente fatales. Probablemente el más selectivo de estos tres factores sea la resistencia variable a la enfermedad y a la infección, y el conocimiento y la valoración sumamente diversos de la necesidad de una vida higiénica demostrados por el individuo, como, por ejemplo, un consumo menos imprudente de agua no esterilizada. Pero aquí también, en la guerra moderna, este aspecto está volviéndose menos selectivo, con el avance de la disciplina y de la sanidad organizada.
La eficacia de la selección se verá afectada por el porcentaje que cada bando haya enviado al frente, si los combatientes están por encima o por debajo del promedio de la población. Una nación que envía a todos sus varones aptos al frente se verá afectada de manera distinta a su enemiga, que solo ha necesitado recurrir a la mitad de sus hombres aptos para ganar su causa.
Lejos de las líneas de combate de los bandos contendientes, las condiciones que imperan se vuelven en muchos aspectos más severas que en tiempos de paz.
La pobreza cunde, y la sanidad y el tratamiento médico suelen sacrificarse bajo la presión. Durante una guerra, esa mitigación de la acción de la selección natural que es hoy tan común entre las naciones civilizadas resulta algo menos eficaz que en tiempos de paz.
El flagelo del tifus en Serbia es una ilustración reciente y gráfica.
Una vez