son los valores más grandes que el hombre puede asegurar en la vida, —que hay algo más allá y superior a comer, beber y regocijarse—.
Si el criterio de la acción ética es la previsión que hace del futuro, entonces la ética del eugenesista debe ocupar un lugar elevado, ya que no solo mira hacia el futuro lejano, sino que toma medidas directas y eficaces para salvaguardarlo.
Teorénicamente, pues, hay un lugar para la eugenesia en todo tipo de religión. En la práctica, probablemente solo dejará huella en las religiones dinámicas, aquellas que realmente están logrando algo.
El budismo, por ejemplo, es tal vez demasiado contemplativo como para hacer algo. Pero el cristianismo, por encima de cualquier otro, parecería ser el aliado natural del eugenista. El cristianismo mismo está experimentando actualmente un rápido cambio en sus ideales, y parece imposible que esta evolución deje a sus seguidores tan ignorantes e indiferentes ante la eugenesia como lo han estado en el pasado, incluso durante la última generación.
Los seguidores de otras religiones, como este capítulo ha intentado demostrar, también pueden hacer de la eugenesia una parte de sus respectivas religiones. Si no lo hacen, entonces augura un mal futuro para su religión y para su raza.
No es difícil hacer que la gente vea el valor de la eugenesia, —otorgarle una adhesión intelectual—. Pero como la eugenesia a veces exige sacrificios aparentes, es mucho más difícil lograr que la gente actúe eugénicamente. Hemos enfatizado en numerosos puntos de este libro la necesidad de hacer que el llamamiento eugenésico sea emocional, aunque se base fundamentalmente en un razonamiento sólido a partir