terreno, y es meramente una cuestión de preferencia u oportunidad el enfatizar un lado o el otro. Se verá que cada una de las dos facciones, a las que a veces se considera opuestas, obtiene el mismo resultado final, a saber, el progreso humano.
No solo trabajan las dos escuelas por un mismo fin, sino que cada una debe depender de la otra de una manera adicional para poder avanzar.
El eugenista no puede ver sus medidas llevadas a la práctica sino a través de cambios en la ley y la costumbre, es decir, cambios euténicos. Él debe apelar y apela a la eutenesia para asegurar la acción.
El reformador social, por otra parte, no puede ver ninguna mejora realizada en la civilización excepto a través de los descubrimientos e invenciones de algunos ciudadanos que son intrínsecamente superiores en capacidad. Él, a su vez, debe depender de la eugenesia para cada avance que se logre.
Puede que la situación resulte más clara si se expone en los términos habituales de la filosofía biológica. La selección no desemboca necesariamente en una evolución progresiva. Se limita a propiciar la adaptación de una especie o un grupo a un entorno determinado. La solitaria es el ejemplo clásico. En la evolución humana, la naturaleza de este entorno determinará si su adaptación significa progreso o regresión, si deja a una raza más feliz y productiva, o lo contrario. Todo progreso racial, o eugenesia, depende por tanto de la creación de un buen entorno y de la adaptación de la raza a dicho entorno. Cada mejora en el entorno debería acarrear una adaptación biológica correspondiente.