en una clase limitada de casos patológicos; pero confían en que otros genetistas, con muy pocas excepciones, mantengan la misma actitud. No hay peligro de que esta campaña quirúrgica alcance jamás proporciones formidables, y el socialista, creemos, puede estar seguro de que el progreso de la eugenesia no infringirá injustificadamente el principio de la libertad individual, ni mediante la esterilización ni mediante el emparejamiento coercitivo.
- A los eugenistas se les acusa además de ignorar o prestar muy poca atención a la influencia del medio ambiente en la reforma social. Esta acusación a veces está bien fundada, pero no es un defecto inherente al programa de la eugenesia. El eugenista solo pide que se tengan en cuenta ambos factores, mientras que en el pasado el factor de la herencia se ha ignorado con demasiada frecuencia. En el último capítulo de este libro hacemos un esfuerzo por equilibrar ambos aspectos.
- Se alega, una vez más, que la eugenesia propone sustituir una democracia por una aristocracia. Ciertamente creemos que a quienes poseen una capacidad superior se les deben otorgar las mayores responsabilidades en el gobierno. Si aristocracia significa un gobierno formado por las personas más cualificadas para gobernar, entonces la eugenesia es lo que más puede esperar de un sistema aristodemocrático. Pero el acceso a los cargos públicos debe estar siempre abierto a cualquiera que demuestre la mejor capacidad; y la búsqueda de dicha capacidad deberá ser mucho más exhaustiva en el futuro de lo que ha sido en el pasado.
- Se acusa a los eugenistas de obstaculizar el progreso social al esforzarse por mantener a la mujer en la posición