y peligrosamente disgénica, parece por tanto que la costumbre actual de que el padre sea el responsable del mantenimiento de la familia no solo es inevitable, sino deseable. Si es así, conviene evitar reducir demasiado los salarios de los hombres casados mediante la competencia de las mujeres solteras.
Para alcanzar este fin, sin cometer ninguna injusticia con las mujeres, parece prudente modificar su educación en general de tal manera que se prepare a las mujeres para los tipos de trabajo que mejor se adapten a sus capacidades y necesidades. Las mujeres estuvieron excluidas durante mucho tiempo de la educación superior y, cuando la consiguieron, no es de extrañar que quisieran el tipo de educación que recibían los hombres, en parte para demostrar que no eran intelectualmente inferiores a ellos. Dado que esta demostración ya está completa, la continuación de planes de estudio duplicados carece de justificación. Los colegios universitarios mixtos del oeste ya se están alejando del antiguo plan de estudios único y están facilitando la elección de cursos más diferenciados para las mujeres. Los colegios universitarios femeninos independientes del este sin duda acabarán haciéndolo, ya que sus propias graduadas y alumnas están cada vez más descontentas con los ideales actuales, estrechos y obsoletos. Si la educación superior de las mujeres, y gran parte de la educación elemental, se orienta a diferenciarlas de los hombres y a darles ocupaciones distintas (incluyendo principalmente el matrimonio y la maternidad) en lugar de formarlas para que lo único de lo que sean capaces sea competir con los hombres por los empleos de los hombres, la exigencia de "igual salario por igual trabajo"