misma que la de la familia Hyde en América, que Alexander Graham Bell ha estudiado, es decir, alrededor de 250 por cada 1.000. Se puede deducir que las familias reales están bastante por debajo de la media en cuanto a solidez de constitución.76
Todos estos estudios coinciden plenamente en mostrar que la magnitud de la mortalidad infantil está determinada principalmente por la constitución física de los padres, medida por su longevidad.
A la luz de estos hechos, difícilmente puede malinterpretarse la naturaleza de la extraordinariamente baja mortalidad infantil que muestran las 340 familias de la Oficina de Registros Genealógicos, con las que iniciamos el estudio de este punto. Estas familias poseen la mejor constitución heredada posible y los demás estudios citados nos harían estar seguros de encontrar una baja mortalidad infantil entre ellas, incluso si no hubiéramos investigado directamente los hechos.
Si la interpretación que hemos dado es correcta, es inevitable llegar a la conclusión de que la mortalidad infantil es principalmente un problema de eugenesia, y que todos los demás factores son secundarios. No se encuentra justificación alguna para la afirmación, repetida tan a menudo de una forma u otra, de que «la causa fundamental de la tasa excesiva de mortalidad infantil en las comunidades industriales es la pobreza, los ingresos insuficientes y los bajos niveles de vida».77
La realeza y sus parientes principescos no se caracterizan por un bajo nivel de vida, y sin embargo la mortalidad infantil entre ellos es muy alta —alrededor de 400 por cada 1.000, en los casos en que uno de los padres murió joven. Si la pobreza es la responsable en