de una familia de cruzados, por ejemplo, salvo por motivos puramente sentimentales.
La ascendencia de un hombre o una mujer famosos no debe despreciarse. Es motivo de legítimo orgullo y felicitación. Pero las pretensiones de respeto basadas únicamente en ese motivo son, desde un punto de vista biológico, insignificantes, si el héroe se encuentra a varias generaciones de distancia. Lo que sir Francis Galton escribió sobre los pares de Inglaterra puede aplicarse, con ligeras modificaciones, de manera general a los descendientes de personas famosas:
"Un antiguo título nobiliario no tiene valor real para los dones naturales, salvo en la medida en que haya sido remozado por una sucesión de sabios matrimonios... No puedo pensar en ninguna pretensión de respeto, presentada en los tiempos modernos, que sea tan enteramente una impostura como la hecha por un par sobre la base de su linaje, que ni ha recibido una educación noble ni tiene ningún pariente eminente dentro de los tres grados".
Pero, protestará alguno, ¿no estamos acaso derribando el mismo edificio del que somos declarados defensores al negar así la fuerza de la herencia? En absoluto. Deseamos meramente recalcar que un hombre tiene dieciséis tatarabuelos, en lugar de uno, y que aquellos de las líneas maternas se pasan por alto con demasiada frecuencia, aunque desde un punto de vista biológico son tan importantes como los de las líneas paternas. Y deseamos además recalcar el punto de que son los parientes cercanos los que, en conjunto, representan lo que uno es. La gran familia que durante una o dos generaciones contrae matrimonios poco prudentes, debe vivir de su reputación pasada y ver