de hechos de la biología.
El gran valor de la religión en este sentido es que proporciona un poder impulsor,71 una fuente de acción, que el intelecto por sí solo rara vez puede ofrecer. La razón misma suele ser un inhibidor de la acción. Son las emociones las que impulsan a uno a hacer las cosas. La utilización de las emociones para influir en la conducta no siempre forma parte de la religión, pero es la esencia de la religión. Sin abandonar el recurso a la razón, los eugenistas deben hacer todo lo posible por alistar en su bando a potentes fuerzas emocionales. No hay ninguna tan fuerte y disponible como la religión, y el eugenista puede recurrir a ella con la confianza de encontrar un aliado eficaz, si logra obtener su sanción.
La tarea, como este capítulo pretendía mostrar, es compleja, pero no vemos en ella obstáculos insuperables. La eugenesia puede no convertirse en una parte de la religión cristiana, en su conjunto, hasta que la educación científica esté mucho más extendida que en la actualidad, pero no es demasiado pronto para dar inicio, identificando los intereses de ambas siempre que tal identificación esté justificada y sea provechosa.
Nos hemos esforzado en señalar que a medida que una raza asciende, y el instinto pierde importancia para guiar la conducta de sus miembros, la religión a menudo ha puesto freno a la razón, guiando al individuo por caminos provechosos para la raza. ¿Qué ha de suceder cuando la religión cede? El egoísmo desenfrenado toma las riendas con demasiada frecuencia, y los intereses de la especie son ignorados. La