más música y la quiere, esta vez, de la clase más ligera y alegre.
IX
Así terminó mi agitado primer día en Limmeridge House.
La señorita Halcombe y yo guardamos nuestro secreto. Tras el descubrimiento del parecido, parecía que ningún nuevo rayo de luz estaba destinado a arrojar claridad sobre el misterio de la mujer de blanco.
A la primera oportunidad segura, la señorita Halcombe condujo con cautela a su hermanastra a hablar de su madre, de los viejos tiempos y de Anne Catherick. Los recuerdos que la señorita Fairlie guardaba de la pequeña alumna de Limmeridge eran, sin embargo, de lo más vagos y generales. Recordaba el parecido entre ella y la alumna predilecta de su madre como algo que se había supuesto que existía en el pasado; pero no hizo mención al regalo de los vestidos blancos, ni a la singular fórmula de