trasero, y la señorita Fairlie y yo nos sentamos juntas delante, con el cuaderno de dibujo abierto entre ambas, por fin expuesto de verdad a mis ojos profesionales. Toda crítica seria a los dibujos, incluso de haber estado dispuesto a ofrecerla voluntariamente, se hizo imposible debido a la animada determinación de la señorita Halcombe de no ver más que el lado ridículo de las Bellas Artes, tal como las practicaban ella, su hermana y las damas en general. Recuerdo la conversación que tuvo lugar con mucha más facilidad que los bocetos que repasaba maquinalmente. Esa parte de la charla, especialmente aquella en la que la señorita Fairlie participó, sigue grabada en mi memoria con tanta viveza como si la hubiera escuchado hace apenas unas horas.
¡Sí! Permítanme confesar que en este primer día dejé que el encanto de su presencia me apartara del recuerdo de mí mismo y de mi posición.
La más baladí de las preguntas que me hacía sobre el uso del lápiz y la mezcla de los colores; las más leves alteraciones de expresión en aquellos hermosos ojos que miraban a los míos con un deseo tan ferviente de aprender todo lo que yo podía enseñar y de descubrir todo lo que yo podía mostrar, atrajeron más mi atención que el más bello paisaje que atravesamos, o que los más grandiosos cambios de luz y sombra mientras se fundían unos en otros sobre el páramo ondulante y la playa llana.
En cualquier momento, y bajo cualquier circunstancia de interés humano, ¿no es extraño ver cuán poca retención real pueden alcanzar en nuestros corazones y mentes los objetos del mundo natural en medio del cual vivimos? Acudimos a la Naturaleza en busca de consuelo en el sufrimiento, y de