hablar? En el primer caso, le aconsejo, como amigo, que no pruebe ese jamón frío que tiene al lado y que espere a que traiga la tortilla. En el segundo, le daré un poco de té para calmar sus ánimos, y haré todo lo que una mujer puede hacer (que es muy poco, a propósito) para callarme la boca.
Me entregó la taza de té, riendo alegremente.
Su ligera corriente de charla y su animada familiaridad de modales con un perfecto desconocido venían acompañadas de una naturalidad despreocupada y una fácil e innata confianza en sí misma y en su posición, lo cual le habría ganado el respeto del hombre más audaz sobre la faz de la tierra.
Si bien era imposible mantenerse formal y reservado en su compañía, resultaba más que imposible tomarse el más leve atisbo de libertad con ella, ni siquiera en pensamiento.
Sentí esto instintivamente, incluso mientras me contagiaba de su propia y radiante alegría de espíritu, incluso mientras hacía lo indecible por responderle de su misma manera franca y animada.
—Sí, sí —dijo ella, cuando hube sugerido la única explicación que podía ofrecer para justificar mi aire perplejo—, lo entiendo. Es usted un perfecto desconocido en esta casa, de modo que le desconciertan mis alusiones familiares a sus dignos habitantes. Es natural; debería haberlo pensado antes. De todos modos, puedo enmendarlo ahora. ¿Y si empiezo por mí misma, para liquidar esa parte del asunto lo antes posible? Me llamo Marian Halcombe, y soy tan inexacta como suelen ser las mujeres al llamar tío al señor Fairlie y hermana a la señorita Fairlie. Mi madre se casó dos veces: la primera con el señor Halcombe, mi padre; la segunda con el señor Fairlie, el padre de mi