no porque sea profesor de dibujo...
Ella esperó un momento, volvió su rostro por completo hacia mí y, alargando el brazo por encima de la mesa, apoyó la mano con firmeza en mi brazo.
—No porque usted sea profesor de dibujo —repitió ella—, sino porque Laura Fairlie está comprometida para casarse.
La última palabra entró como una bala en mi corazón. Mi brazo perdió toda sensación de la mano que lo aferraba. No me moví ni pronuncié palabra. La cortante brisa otoñal que dispersaba las hojas muertas a nuestros pies se me metió de golpe, tan fría como si mis propias locas esperanzas fueran también hojas muertas, arrolladas por el viento como las demás. ¡Esperanzas! Prometida o no prometida, ella estaba igualmente lejos de mí. ¿Se habrían acordado de eso otros hombres en mi lugar? No, si la hubieran amado como la amaba yo.
El