jardín”.
Cogió una sombrilla que había sobre una silla cerca de ella y abrió el camino hacia fuera por un largo ventanal al fondo de la estancia, que se abría al césped.
Casi sobra decir que dejamos a la señora Vesey aún sentada a la mesa, con sus manos hoyueladas cruzadas todavía en el borde de esta; aparentemente instalada en esa postura por el resto de la tarde.
Al cruzar el césped, la señorita Halcombe me miró significativamente y negó con la cabeza.
—Esa misteriosa aventura suya —dijo ella—, todavía sigue envuelta en su propia e imperpenetrable oscuridad. Me he pasado toda la mañana revisando las cartas de mi madre y aún no he hecho ningún descubrimiento. Sin embargo, no se desespere, señor Hartright. Esto es un asunto de curiosidad; y usted tiene a una mujer como aliada. En tales condiciones el éxito es seguro, tarde