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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. La historia comenzada por Walter Hartright, de Clement’s Inn, profesor de dibujo

y la misma cosa. Decidí caminar hacia casa por el aire más puro tomando el rodeo más largo posible; seguir los senderos blancos y sinuosos a través del solitario brezal, y acercarme a Londres por su suburbio más despejado incorporándome a Finchley Road, para regresar así, en el frescor de la nueva madrugada, por el lado oeste de Regent’s Park.

Fui bajando lentamente por el brezal, disfrutando de la divina quietud del paisaje y admirando las suaves alternancias de luces y sombras que se sucedían sobre el terreno accidentado a uno y otro lado.

Mientras avancé por esta primera y más hermosa parte de mi paseo nocturno, mi mente permaneció pasivamente abierta a las impresiones producidas por la vista; y pensé muy poco en ningún tema⁠—en verdad, por lo que respecta a mis propias sensaciones, apenas puedo decir que pensara en absoluto.

Pero cuando hube dejado atrás el brezo y doblado por el sendero, donde había menos cosas que ver, las ideas naturalmente engendradas por el próximo cambio en mis hábitos y ocupaciones atrajeron poco a poco y de manera exclusiva toda mi atención hacia sí mismas.

Para cuando hube llegado al final del camino, ya me encontraba completamente absorto en mis propias visiones fantasiosas de Limmeridge House, del señor Fairlie y de las dos damas cuya práctica en el arte de la pintura a la acarela yo no tardaría en supervisar.

Había llegado ya a ese punto exacto de mi paseo en el que convergían cuatro caminos: el de Hampstead, por el que había regresado, el de Finchley, el de West End y el de regreso a Londres. Me había desvíado mecánicamente en esta última dirección y caminaba distraído por la solitaria carretera —preguntándome ociosamente, según recuerdo, qué aspecto

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