mientras miraba a la mujer que tenía ante mí, la idea se abría paso a la fuerza en mi mente de que un solo cambio triste, en el futuro, era todo lo que faltaba para que el parecido fuera completo, el cual ahora veía tan imperfecto en los detalles. Si alguna vez la pena y el sufrimiento estamparan sus marcas profanadoras en la juventud y la belleza del rostro de la señorita Fairlie, entonces, y solo entonces, Anne Catherick y ella serían las hermanas gemelas de un parecido casual, los reflejos vivientes la una de la otra.
Me estremecí ante el pensamiento. Había algo horrible en aquella desconfianza ciega e irracional hacia el futuro que el mero hecho de que este cruzara por mi mente parecía implicar. Fue una interrupción bienvenida verme sacudido al sentir la mano de Anne Catherick apoyada en mi hombro. El tacto