pasa, y él mismo no sabe qué le pasa. Todos decimos que es de los nervios, y ninguno de nosotros sabe lo que quiere decir cuando lo dice. Comoquiera que sea, le aconsejo que le siga la corriente en sus pequeñas manías cuando lo vea hoy. Admire su colección de monedas, grabados y acuarelas, y se ganará su corazón.
Palabra de honor que, si puede conformarse con una apacible vida de campo, no veo por qué no habría de pasarlo muy bien aquí. Desde el desayuno hasta el almuerzo, los dibujos del señor Fairlie lo mantendrán ocupado. Después del almuerzo, la señorita Fairlie y yo cargamos con nuestros cuadernos de dibujo y salimos a tergiversar la Naturaleza, bajo sus órdenes. Tenga en cuenta que el dibujo es el capricho favorito de ella, no el mío. Las mujeres no saben dibujar; tienen la mente demasiado volátil y la vista demasiado distraída. No importa; a mi hermana le gusta, así que malgasto pintura y estropeo papel por amor a ella, tan tranquilamente como cualquier mujer de Inglaterra. En cuanto a las veladas, creo que podemos ayudarle a sobrellevarlas. La señorita Fairlie toca el piano de maravilla. Por lo que a mí respecta, pobrecito de mí, no distingo una nota musical de otra; pero puedo hacerle frente en el ajedrez, el chaquete, el écarté y (con los inevitables inconvenientes femeninos) incluso en el billar tan bien como cualquiera. ¿Qué le parece el programa? ¿Puede resignarse a nuestra apacible y ordenada vida? ¿O piensa mostrarse inquieto y suspirar en secreto por el cambio y la aventura en la monótona atmósfera de Limmeridge House?
Había seguido hablando hasta entonces, de su graciosa y burlona manera, sin más interrupciones por mi parte que las insignificantes respuestas que