hombre de alcurnia y título —se repitió a sí misma—. ¡Gracias a Dios! En él sí puedo confiar”.
Hasta entonces me las había arreglado para dominar mi curiosidad por consideración a mi compañero; pero ahora pudo más que yo.
—Me temo que tiene graves motivos de queja contra algún hombre de rango y título —dije.
—Me temo que el baronet, cuyo nombre no quiere usted mencionarme, le ha hecho algún ultraje grave. ¿Es él la causa de que usted se encuentre aquí a estas horas tan extrañas de la noche?
—No me lo preguntes; no me hagas hablar de ello —respondió—. Ahora no estoy en condiciones. He sido cruelmente tratada y cruelmente injuriada. Serás más amable que nunca si caminas deprisa y no me hablas. Necesito desesperadamente tranquilizarme, si puedo.
Avanzamos de nuevo a paso ligero; y durante media hora, al menos, no cruzamos una