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nydus/The Woman in WhitePublic
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I. Blackwater Park, Hampshire.

I

Blackwater Park, Hampshire.

11 de junio de 1850.—¡Seis meses que quedan atrás, seis meses largos y solitarios desde que Laura y yo nos vimos por última vez!

¿Cuántos días me quedan aún por esperar? ¡Tan solo uno! Mañana, el doce, los viajeros regresan a Inglaterra. Apenas puedo dar crédito a mi propia felicidad⁠—apenas puedo creer que las próximas veinticuatro horas completarán el último día de separación entre Laura y yo.

Ella y su marido han estado en Italia todo el invierno, y después en el Tirol. Regresan acompañados del conde Fosco y su mujer, quienes se proponen instalarse en algún lugar de los alrededores de Londres y se han comprometido a hospedarse en Blackwater Park durante los meses de verano antes de decidir un lugar de residencia. Con tal de que Laura regrese, no importa quién vuelva con ella. Sir Percival puede llenar la casa de suelo a techo, si le apetece, a condición de que su esposa y yo la habitemos juntas.

Mientras tanto, heme aquí, establecida en Blackwater Park, «la antigua e interesante finca» (como la historia del condado me informa amablemente) «de Sir Percival Glyde, baronet», y el futuro hogar (como ahora me atrevo a añadir por mi cuenta) de la sencilla Marian Halcombe, soltera, instalada ya en una pequeña y acogedora salita, con una taza de té a su lado y todas sus pertenencias dispuestas a su alrededor en tres baúles y un bolso.

Salí de Limmeridge ayer, habiendo recibido la encantadora carta de Laura desde París el día antes. Al principio no sabía con certeza si iba a reunirme con ellos en Londres o en Hampshire, pero esta última carta me informó de que Sir Percival se proponía desembarcar en Southampton y viajar directamente a su casa de campo. Ha gastado tanto dinero en el extranjero que no le queda nada para sufragar los gastos de vivir en Londres el resto de la temporada, y ha decidido con prudencia pasar el verano y el otoño tranquilamente en Blackwater. Laura ha tenido más que de sobra con la emoción y el cambio de aire, y está encantada con la perspectiva de tranquilidad y retiro campestre que le proporciona la sensatez de su marido. En cuanto a mí, estoy dispuesta a ser feliz en cualquier parte a su lado. Todas estamos, por tanto, muy contentas a nuestra manera para empezar.

Anoche dormí en Londres, y hoy me detuve allí tanto tiempo debido a varias visitas y recados, que no llegué a Blackwater esta tarde hasta después del anochecer.

A juzgar por mis vagas impresiones del lugar hasta ahora, es el polo opuesto de Limmeridge.

La casa está situada en un llano absoluto, y parece estar encerrada —casi sofocada, para mis costumbres norteñas— por los árboles. No he visto a nadie salvo al criado que me abrió la puerta y al ama de llaves, una persona muy educada que me indicó el camino a mi habitación y me preparó el té. Tengo un pequeño y agradable tocador y dormitorio al final de un largo pasillo en el primer piso. Los criados y algunas de las habitaciones de invitados están en el segundo piso, y todas las salas de estar se encuentran en la planta baja. Todavía no he visto ninguna y no sé nada de la casa, excepto que se dice que un ala de ella tiene quinientos años, que una vez estuvo rodeada por un foso y que debe su nombre de Blackwater a un lago en el parque.

Acaban de dar las once de manera fantasmal y solemne desde una torrecilla sobre el centro de la casa, que vi al entrar. Un perro grande se ha despertado, Aparentemente por el sonido de la campana, y aúlla y bosteza lúgubremente en algún lugar a la vuelta de una esquina. Oigo pasos que resuenan en los pasillos de abajo y el golpe metálico de los cerrojos y pestillos en la puerta de la casa. Los criados se van a la cama, evidentemente. ¿Deberé seguir su ejemplo?

No, no tengo ni la mitad de sueño. ¿Sueño, he dicho? Siento como si no fuera a cerrar los ojos nunca más. La mera perspectiva de ver ese querido rostro y escuchar esa voz tan conocida mañana me mantiene en un perpetuo estado de fiebre y emoción. Si al menos tuviera los privilegios de un hombre, ordenaría ensillar inmediatamente el mejor caballo de Sir Percival y saldría disparada en una galopada nocturna hacia el este, para salir al encuentro del sol naciente: un galope largo, duro, intenso e incesante de horas y horas, como el de aquel famoso bandolero en su carrera a York. Como no soy, sin embargo, más que una mujer, condenada de por vida a la paciencia, al decoro y a las enaguas, debo respetar la opinión del ama de llaves e intentar calmarme de alguna forma débil y femenina.

Leer está fuera de lugar: no puedo fijar la atención en los libros. Dejadme ver si consigo escribir hasta que me entre sueño y fatiga. Mi diario ha estado muy descuidado últimamente. ¿Qué puedo recordar —encontrándome ahora, como me encuentro, en el umbral de una nueva vida— de personas y acontecimientos, de azares y cambios durante los últimos seis meses, el largo, tedioso y vacío intervalo transcurrido desde el día de la boda de Laura?

Walter Hartright es quien ocupa el primer plano en mi memoria, y es el primero en desfilar en la sombría procesión de mis amigos ausentes. Recibí unas pocas líneas suyas tras el desembarco de la expedición en Honduras, escritas con más alegría y esperanza que las anteriores. Un mes o mes y medio después vi un extracto de un periódico estadounidense que describía la marcha de los aventureros en su viaje tierra adentro. Se les vio por última vez adentrándose en un denso bosque virgen, cada hombre con su rifle al hombro y el equipaje a la espalda. Desde entonces, la civilización ha perdido todo rastro de ellos. No he vuelto a recibir ni una sola línea de Walter, ni ha aparecido ningún fragmento de noticias sobre la expedición en la prensa pública.

La misma densa y desalentadora oscuridad se cierne sobre el destino y la suerte de Anne Catherick y de su compañera, la señora Clements. No se ha sabido absolutamente nada de ninguna de las dos. Nadie sabe si están en el país o fuera de él, si viven o han muerto. Incluso el procurador de Sir Percival ha perdido toda esperanza y ha ordenado que se abandone definitivamente la inútil búsqueda de las fugitivas.

Nuestro buen y viejo amigo el señor Gilmore ha sufrido un duro revés en su activa carrera profesional. A principios de la primavera nos alarmó la noticia de que lo habían encontrado inconsciente en su escritorio y que el ataque se había diagnosticado como un derrame cerebral. Llevaba tiempo quejándose de pesadez y opresión en la cabeza, y su médico le había advertido de las consecuencias que acarrearía su insistencia en seguir trabajando, de sol a sol, como si todavía fuera un joven. El resultado ahora es que se le ha ordenado tajantemente mantenerse alejado de su despacho durante al menos un año, y buscar el reposo corporal y el alivio mental cambiando por completo su modo de vida habitual. Por consiguiente, el negocio ha quedado en manos de su socio, y él se encuentra en este momento de viaje en Alemania, visitando a unos familiares asentados allí en asuntos mercantiles. De este modo, otro verdadero amigo y consejero de confianza se nos ha perdido —perdido, espero y confío firmemente, solo por un tiempo.

La pobre señora Vesey viajó conmigo hasta Londres. Era imposible abandonarla a la soledad en Limmeridge después de que Laura y yo hubiéramos dejado la casa, y hemos dispuesto que viva con una hermana menor soltera que tiene una escuela en Clapham. Vendrá aquí este otoño a visitar a su alumna⁠—casi podría decir que a su hija adoptiva. Dejé a la buena y anciana señora sana y salva en su destino y al cuidado de su pariente, tranquilamente feliz ante la perspectiva de volver a ver a Laura dentro de pocos meses.

En cuanto al señor Fairlie, creo que no cometo ninguna injusticia si lo describo como indeciblemente aliviado por tener la casa libre de mujeres. La idea de que eche de menos a su sobrina es sencillamente absurda: en los viejos tiempos solía dejar pasar los meses sin intentar verla⁠—y, en el caso de la señora Vesey y en el mío, me tomo la libertad de considerar que el habernos dicho a ambas que estaba medio desolado por nuestra marcha equivale a una confesión de que se alegraba en secreto de vernos fuera de allí. Su último capricho le ha llevado a mantener a dos fotógrafos trabajando sin cesar en la obtención de imágenes al sol de todos los tesoros y curiosidades en su poder. Una copia completa de la colección de fotografías será entregada a la Institución de Mecánicos de Carlisle, montada sobre el cartón más fino y con ostentosas inscripciones en letras rojas que rezan: «Virgen con el Niño, de Rafael. En posesión de Frederick Fairlie, Esquire». «Moneda de cobre de la época de Tiglatpileser. En posesión de Frederick Fairlie, Esquire». «Grabado único de Rembrandt. Conocido en toda Europa como La Mancha , debido a una mancha de imprenta en la esquina que no existe en ningún otro ejemplar. Valorado en trescientas guineas. En posesión de Frederick Fairlie, Esq. » Docenas de fotografías de este tipo, y todas inscritas de esta manera, estaban terminadas antes de que yo abandonara Cumberland, y quedan cientos más por hacer. Con este nuevo interés para ocupar su tiempo, el señor Fairlie será un hombre feliz durante meses y meses, y los dos desdichados fotógrafos compartirán el martirio social que hasta ahora él había infligido únicamente a su ayuda de cámara.

Hasta aquí las personas y los acontecimientos que ocupan el primer plano en mi memoria. ¿Qué hay a continuación de la única persona que ocupa el primer plano en mi corazón? Laura ha estado presente en mis pensamientos todo el tiempo que he estado escribiendo estas líneas. ¿Qué puedo recordar de ella durante los últimos seis meses, antes de cerrar mi diario por esta noche?

Solo tengo sus cartas como guía, y en la más importante de todas las cuestiones que nuestra correspondencia puede debatir, cada una de esas cartas me deja a oscuras.

¿La trata con amabilidad? ¿Es más feliz ahora que cuando me despedí de ella el día de la boda? Todas mis cartas han contenido estas dos preguntas, formuladas de manera más o menos directa, ya de un modo, ya de otro, y todas, solo en ese punto, han permanecido sin respuesta o han sido contestadas como si mis preguntas se refirieran meramente a su estado de salud. Me comunica una y otra vez que se encuentra perfectamente, que los viajes le sientan bien, que está pasando el invierno por primera vez en su vida sin coger un catarro⁠—pero no encuentro por ningún lado una sola palabra que me diga claramente que está reconciliada con su matrimonio y que ahora puede mirar atrás al veindicós de diciembre sin amargos sentimientos de arrepentimiento y pesadumbre. El nombre de su marido solo se menciona en sus cartas tal y como podría mencionar el nombre de un amigo que viajaba con ellos y que se había comprometido a hacer todos los preparativos para el viaje. «Sir Percival» ha decidido que partamos tal día⁠—«Sir Percival» ha determinado que viajemos por tal ruta. A veces escribe únicamente «Percival», pero muy raras veces; en nueve de cada diez casos le confiere su título.

No encuentro que sus costumbres y opiniones hayan cambiado y matizado las suyas en ningún aspecto. La habitual transformación moral que se opera de forma imperceptible en una mujer joven, fresca y sensible a causa de su matrimonio parece no haberse producido jamás en Laura. Escribe sobre sus pensamientos e impresiones, en medio de todas las maravillas que ha visto, exactamente como le habría escrito a cualquier otra persona si yo hubiera viajado con ella en lugar de su marido. No veo por ninguna parte rastro alguno de afinidad de ningún tipo entre ellos. Incluso cuando se aparta del tema de sus viajes y se ocupa de las perspectivas que la aguardan en Inglaterra, sus especulaciones se centran en su futuro como mi hermana, y omiten persistentemente mencionar su futuro como esposa de Sir Percival. En todo esto no hay ningún tono velado de queja que me advierta de que es absolutamente infeliz en su vida conyugal. La impresión que he extraído de nuestra correspondencia no me conduce, gracias a Dios, a una conclusión tan angustiosa. Tan solo veo un triste sopor, una indiferencia inalterable, cuando aparto mi mente de ella en su antiguo papel de hermana y la contemplo, a través del prisma de sus cartas, en su nuevo papel de esposa. En otras palabras, es siempre Laura Fairlie la que me ha estado escribiendo durante los últimos seis meses, y nunca Lady Glyde.

El extraño silencio que mantiene sobre el tema del carácter y la conducta de su marido lo preserva con casi igual resolución en las escasas referencias que sus últimas cartas contienen al nombre del íntimo amigo de su esposo, el conde Fosco.

Por alguna razón inexplicable, el conde y su mujer parecen haber cambiado de planes drásticamente a finales del otoño pasado, y se fueron a Viena en lugar de ir a Roma, ciudad en la que Sir Percival esperaba encontrarlos cuando salió de Inglaterra. Tan solo abandonaron Viena en primavera y viajaron hasta el Tirol para encontrarse con los recién casados en su viaje de regreso. Laura escribe con bastante soltura acerca del encuentro con la madame Fosco, y me asegura que ha encontrado a su tía tan sumamente mejorada⁠—tan mucho más tranquila y tan mucho más sensata como esposa de lo que era siendo soltera⁠— que apenas la reconoceré cuando la vea aquí. Pero sobre el asunto del conde Fosco (que me interesa infinitamente más que su esposa), Laura se muestra exasperantemente circunspecta y silenciosa. Se limita a decir que la desconcierta y que no me revelará cuál es su impresión de él hasta que lo haya visto y se haya formado su propia opinión primero.

Esto, a mi modo de ver, pinta mal para el conde. Laura ha conservado, de forma mucho más perfecta de lo que la mayoría de la gente hace en la edad adulta, la sutil facultad infantil de reconocer a un amigo por instinto, y si estoy en lo cierto al suponer que su primera impresión del conde Fosco no ha sido favorable, yo al menos corro el riesgo de dudar y desconfiar de ese ilustre extranjero antes siquiera de haber puesto los ojos en él. Pero paciencia, paciencia⁠—esta incertidumbre, y otras muchas incertidumbres más, no pueden durar mucho tiempo. Mañana hará que todas mis dudas se encaren a un claro esclarecimiento, tarde o temprano.

Han dado las doce, y acabo de volver para cerrar estas páginas, después de asomarme a mi ventana abierta.

Es una noche quieta, sofocada y sin luna. Las estrellas son apagadas y escasas. Los árboles que bloquean la vista por todas partes se ven oscuramente negros y macizos a lo distancia, como una gran muralla de roca. Oigo el croar de las ranas, tenue y lejano, y los ecos del gran reloj zumban en la calma sin aire mucho después de que los campanazos hayan cesado. Me pregunto qué aspecto tendrá Blackwater Park a la luz del día. No me gusta del todo por la noche.

12 de julio.⁠—Un día de investigaciones y descubrimientos; un día mucho más interesante, por muchas razones, de lo que me había atrevido a anticipar.

Empecé mis turismo, por supuesto, por la casa.

El cuerpo principal del edificio data de la época de esa mujer tan sobrevalorada que fue la reina Isabel. En la planta baja hay dos galerías larguísimas, con techos bajos y paralelas entre sí, a las que unos horribles retratos familiares, que me dan ganas de quemar a todos, confieren un aspecto todavía más oscuro y lúgubre. Las habitaciones del piso superior a las dos galerías se conservan en un estado de reparación tolerable, pero rara vez se usan. La amable ama de llaves, que hizo de guía, se ofreció a enseñármelas, aunque añadió con consideración que temía que las encontrara algo descuidadas. Mi respeto por la integridad de mis propias enaguas y medias supera con creces mi respeto por todos los dormitorios isabelinos del reino, así que decliné rotundamente explorar las regiones superiores de polvo y suciedad a riesgo de ensuciar mi bonita y limpia ropa. El ama de llaves dijo: «Opino exactamente igual que usted, señorita», y pareció considerarme la mujer más sensata que había conocido en mucho tiempo.

Hasta aquí, pues, el edificio principal. A cada uno de sus extremos se le añadieron dos alas. El ala semirruinosa de la izquierda (según se entra en la casa) fue en su día una residencia independiente y data del siglo XIV. Uno de los antepasados maternos de sir Percival —no recuerdo cuál, ni me importa— la adosó al cuerpo principal, en ángulo recto, en la época de la reina Isabel antes mencionada. El ama de llaves me dijo que la arquitectura de «la vieja ala», tanto por fuera como por dentro, era considerada sumamente bella por los entendidos. Tras una investigación más detallada descubrí que los entendidos solo podían poner a prueba su criterio sobre la antigüedad de sir Percival si previamente desterraban de su mente todo temor a la humedad, la oscuridad y las ratas. En tales circunstancias, admití sin vacilar que no entendía de nada y sugerí que tratáramos «la vieja ala» exactamente igual que habíamos tratado los dormitorios isabelinos. Una vez más, el ama de llaves dijo: «Opino exactamente igual que usted, señorita», y una vez más me miró con una admiración nada disimulada hacia mi extraordinario sentido común.

Fuimos a continuación al ala de la derecha, que se construyó a modo de colofón para el maravilloso batiburrillo arquitectónico de Blackwater Park en la época de Jorge II.

Esta es la parte habitable de la casa, que ha sido reparada y redecorada por dentro por causa de Laura. Mis dos habitaciones, junto con el resto de los buenos dormitorios, están en el primer piso; y la planta baja alberga un salón, un comedor, una salita, una biblioteca y un coqueto y pequeño gabinete para Laura, todo muy primorosamente adornado al estilo moderno y luminoso, y elegantemente amueblado con las más deliciosas comodidades de hoy en día. Ninguna de las estancias es ni de lejos tan grande y luminosa como las de Limmeridge, pero todas parecen agradables para vivir en ellas. Por lo que había oído de Blackwater Park, me aterraba la idea de tropezar con pesadas sillas antiguas, lúgubres vidrieras, cortinajes rancios y mohosos, y todo ese bárbaro trasterío que la gente nacida sin sentido del confort acumula a su alrededor, desatendiendo la comodidad de sus amigos. Es un alivio indescriptible comprobar que el siglo XIX ha invadido este extraño y futuro hogar mío y ha barrido los sucios «viejos buenos tiempos» de nuestro día a día.

Pasé la mañana holgazaneando: un rato en las habitaciones de abajo y otro al aire libre en el gran patio cuadrado formado por los tres lados de la casa y por las altas verjas y portones de hierro que la protegen por delante. Un gran estanque circular de peces, con rebordes de piedra y un monstruo alegórico de plomo en el medio, ocupa el centro de la plaza. El estanque está lleno de peces dorados y plateados, y lo rodea una ancha franja de la hierba más suave que he pisado jamás. Me detuve aquí, en la zona de sombra, de lo más a gusto hasta la hora de comer; y, después, cogí mi gran sombrero de paja y salí a pasear sola bajo la cálida y hermosa luz del sol para explorar los terrenos.

La luz del día confirmó la impresión que había tenido la noche anterior: en Blackwater hay demasiados árboles. La casa está ahogada por ellos. Son, en su mayoría, jóvenes y están plantados demasiado juntos. Sospecho que debió de haber una tala devastadora de madera en toda la hacienda antes de la época de sir Percival, seguida de un ansia furiosa por parte del nuevo propietario de rellenar todos los huecos con la mayor densidad y rapidez posibles. Tras mirar a mi alrededor frente a la fachada, vi un jardín de flores a mi izquierda y caminé hacia él para ver qué descubría por allí.

Visto de cerca, el jardín resultó ser pequeño, pobre y descuidado. Lo dejé atrás, abrí una pequeña cancela en una valla perimetral y me adentré en un pinar.

Un bonito sendero serpenteante, hecho artificialmente, me guio entre los árboles, y mi experiencia norteña pronto me indicó que me estaba acercando a un terreno arenoso y de brezos. Tras caminar algo más de media milla, a ojo, entre los pinos, el sendero dio una curva cerrada: los árboles desaparecieron abruptamente a ambos lados y de pronto me encontré en el borde de un vasto espacio abierto, contemplando desde lo alto el lago Blackwater, del que la casa toma su nombre.

El terreno que descendía ante mí era todo arena, salpicado de algunos montículos de brezo que rompían la monotonía en ciertos puntos. Evidentemente, el agua del lago había bañado antaño el lugar donde me encontraba, y se había ido reduciendo y secando gradualmente hasta ocupar menos de un tercio de su tamaño original. Vi sus aguas quietas y estancadas, a un cuarto de milla de distancia en la hondonada, divididas en charcas y estanques por juncos y carrizos entrelazados y pequeños montículos de tierra. En la orilla opuesta, los árboles volvían a alzarse espesos, bloqueando la vista y proyectando sus negras sombras sobre el agua perezosa y somera. Al bajar hacia el lago, observé que el terreno del otro lado era húmedo y cenagoso, cubierto de hierba alta y sauces lúgubres. El agua, bastante clara en la orilla arenosa y soleada, parecía negra y venenosa enfrente de mí, donde yacía más profunda bajo la sombra de las riberas esponjosas, la maleza espesa y colgante y los árboles enmarañados. Las ranas croaban y las ratas entraban y salían furtivas del agua sombría, pareciendo ellas mismas sombras vivas, a medida que me acercaba a la orilla pantanosa. Vi allí, medio dentro y medio fuera del agua, los restos podridos de una vieja barca volteada, con un sickly rayo de sol que titilaba a través de un hueco entre los árboles sobre su superficie seca y una serpiente tomando el sol en medio de la mancha, enroscada con caprichoso barroquismo y traicioneramente inmóvil. La vista, tanto a lo lejos como de cerca, transmitía las mismas sombrías impresiones de soledad y decadencia, y el brillo glorioso del cielo veraniego sobre nuestras cabezas parecía solo avivar y endurecer la penumbra y la desolación del yermo en el que resplandecía. Di media vuelta y desanduve mis pasos hacia el terreno alto y cubierto de brezos, desviándome un poco del camino anterior hacia un cobertizo de madera viejo y ruinoso que se alzaba en el linde exterior del pinar y que hasta entonces había sido demasiado insignificante como para competir con la amplia y agreste perspectiva del lago.

Al acercarme al cobertizo descubrí que en su día había sido un bote y que al parecer se había intentado convertir después en una especie de cenador rústico colocando dentro un banco de pino, unos cuantos taburetes y una mesa. Entré y me senté un rato a descansar y recuperar el aliento.

No llevaría ni un minuto en el cobertizo cuando me percaté de que el sonido de mi propia respiración acelerada se reflejaba de un modo muy extraño en algo que había debajo de mí. Escuché con atención un instante y oí una respiración ronca, baja y sofocada que parecía brotar del suelo bajo el banco en el que estaba sentada. Mis nervios no se alteran fácilmente por naderías, pero en esta ocasión me puse en pie de un salto y asustada, grité, no obtuve respuesta, recobré mi cobarde valor y miré debajo del banco.

Allí, acurrucado en el rincón más alejado, yacía el desdichado origen de mi pavor bajo la forma de un perrito pobre y desvalido: un spaniel blanco y negro. La criatura gimió débilmente cuando lo miré y lo llamé, pero no se inmutó. Aparte el banco y miré más de cerca. Al pobre perrito se le estaban nublando los ojos a pasos agigantados y tenía manchas de sangre en su lustroso costado blanco. La miseria de una criatura débil, indefensa y muda es sin duda uno de los espectáculos más tristes que puede ofrecer este mundo. Tomé al perrito en brazos con la mayor suavidad posible improvisando una especie de hamaca en la que pudiera tumbarme al recoger la parte delantera de mi vestido a su alrededor. Así transporté al animal, causándole el menor dolor posible y con la mayor rapidez, de vuelta a la casa.

Al no ver a nadie en el vestíbulo, subí directamente a mi sala de estar, preparé un lecho para el perro con uno de mis viejos chales y tiré del cordón de la campana. La doncella más grande y gorda posible acudió a la llamada con una estúpida alegría que habría puesto a prueba la paciencia de un santo. La cara redonda e informe de la muchacha se estiró en una amplia sonrisa al ver a la criatura herida en el suelo.

—¿Qué ves ahí que te haga gracia? —le pregunté, con tanta ira como si hubiera sido una criada mía—. ¿Sabes de quién es este perro?

—No, señorita, eso desde luego que no. —Se inclinó, miró el costado lesionado del spaniel, se iluminó de pronto con el destello de una nueva idea y, señalando la herida con una risita de satisfacción, dijo—: Eso es cosa de Baxter, eso es.

Estaba tan exasperada que le habría dado una bofetada. —¿Baxter? —dije—. ¿Quién es esa bestia a la que llamas Baxter?

La muchacha volvió a sonreír con más alborozo que antes. —¡Válgame Dios, señorita! Baxter es el guardabosque, y cuando encuentra perros extraños merodeando por ahí, va y les pega un tiro. Es su deber de guardabosque, señorita. Me da que ese perro se va a morir. Aquí es donde le han dado el tiro, ¿verdad? Eso es cosa de Baxter, eso es. Cosa de Baxter, señorita, y deber de Baxter.

Estuve a punto de desear maliciosamente que Baxter le hubiera pegado un tiro a la criada en lugar de al perro. Al ver que era totalmente inútil esperar que aquella persona de impenetrable espesura me ayudara a socorrer a la criatura doliente que teníamos a los pies, le pedí que le rogara al ama de llaves que acudiera de mi parte. Salió exactamente igual que había entrado, con una sonrisa de oreja a oreja. Mientras se cerraba la puerta tras ella, se dijo en voz baja: «Es cosa de Baxter y deber de Baxter, eso es lo que es».

El ama de llaves, una persona con cierta educación e inteligencia, subió discretamente con algo de leche y agua tibia. En cuanto vio al perro en el suelo, se sobresaltó y mudó de color.

—¡Válgame el Señor! —exclamó el ama de llaves—. ¡Ese debe de ser el perro de la señora Catherick!

—¿De quién? —pregunté sumamente asombrada.

—De la señora Catherick. ¿Acaso conoce usted a la señora Catherick, señorita Halcombe?

—Personalmente no, pero he oído hablar de ella. ¿Vive aquí? ¿Ha tenido noticias de su hija?

—No, señorita Halcombe, vino a preguntar si había noticias.

—¿Cuándo?

—Ayer mismo. Dijo que alguien había informado de que se había visto en nuestros alrededores a una desconocida cuya descripción coincidía con la de su hija. Ningún informe semejante nos ha llegado aquí ni se conocía en el pueblo cuando mandé a hacer indagaciones por cuenta de la señora Catherick. Se trajo sin duda a este pobrecito perro cuando vino, y lo vi salir trotando detrás de ella cuando se marchó. Supongo que la criatura se extravió por los pinares y le dieron un tiro. ¿Dónde lo encontró, señorita Halcombe?

—En el viejo cobertizo que da al lago.

—Ah, sí, ese es el lado del pinar, y el pobrecito se arrastró, supongo, hasta el primer refugio que halló, como hacen los perros, para morir. Si puede humedecerle los labios con la leche, señorita Halcombe, yo le lavaré el pelo apelmazado de la herida. Me temo muchísimo que sea demasiado tarde para hacer nada. No obstante, por probar que no quede.

¡La señora Catherick! El nombre seguía resonando en mis oídos como si el ama de llaves acabara de sorprenderme al pronunciarlo en ese mismo instante. Mientras atendíamos al perro, acudieron a mi memoria las palabras de advertencia que me había dirigido Walter Hartright: «Si alguna vez se cruza en su camino Anne Catherick, aproveche la ocasión mejor de lo que lo hice yo, señorita Halcombe». El hallazgo del spaniel herido ya me había conducido al descubrimiento de la visita de la señora Catherick a Blackwater Park, y tal suceso podría llevar a su vez a algo más. Estaba resuelta a aprovechar al máximo la oportunidad que se me presentaba y a recabar toda la información posible.

—¿Ha dicho que la señora Catherick vive en este vecindario? —pregunté.

—¡Dios libre a usted, no! —contestó el ama de llaves—. Vive en Welmingham, al otro extremo del condado, al menos a veinticinco millas de distancia.

—Supongo que conocerá a la señora Catherick desde hace unos años.

—Al contrario, señorita Halcombe, nunca la había visto hasta que vino ayer. Había oído hablar de ella, por supuesto, porque me enteré de la bondad de sir Percival al poner a su hija bajo cuidados médicos. La señora Catherick tiene unos modales un tanto extraños, pero un aspecto sumamente respetable. Parecía de lo más contrariada y molesta al descubrir que no había fundamento alguno —ninguno, al menos, que ninguno de nosotros pudiera hallar— en los rumores de que se había visto a su hija por estos contornos.

—Tengo cierto interés por la señora Catherick —proseguí, estirando la conversación todo lo posible—. Ojalá hubiera llegado a tiempo para verla ayer. ¿Se quedó mucho rato?

—Sí —respondió el ama de llaves—, se quedó un buen rato; y creo que se habría quedado más si no me hubiesen llamado para atender a un caballero extraño; un caballero que vino a preguntar cuándo se esperaba de vuelta a sir Percival. La señora Catherick se levantó y se fue en cuanto oyó a la criada contarme a qué venía el visitante. Al despedirse, me dijo que no hacía falta que le contara a sir Percival que había estado aquí. Me pareció un comentario un tanto raro, sobre todo viniendo de alguien en mi puesto de responsabilidad.

También a mí me pareció un comentario raro. Sir Percival me había inducido a creer en Limmeridge, con total certeza, que entre él y la señora Catherick reinaba la más absoluta confianza. De ser así, ¿por qué iba a importarle que su visita a Blackwater Park se mantuviera en secreto para él?

—Probablemente —dije, al ver que el ama de llaves esperaba que emitiera una opinión sobre las palabras de despedida de la señora Catherick—, pensó que anunciar su visita podría disgustar a sir Percival inútilmente al recordarle que su hija perdida aún no ha aparecido. ¿Habló mucho de ese tema?

—Muy poco —replicó el ama de llaves—. Habló principalmente de sir Percival y formuló un sinfín de preguntas sobre los lugares por los que había viajado y cómo era la dama de su nueva esposa. Parecía más agria y contrariada que afligida por no haber hallado rastro alguno de su hija por estos parajes. «La doy por perdida», fueron las últimas palabras que le recuerdo; «la doy por perdida, señora». Y de ahí pasó directo a sus preguntas acerca de lady Glyde, queriendo saber si era una dama hermosa y afable, agraciada, sana y joven... ¡Ay, Dios! Ya me figuraba yo cómo acabaría esto. ¡Mire, señorita Halcombe, a la pobrecita criatura se le han acabado por fin los sufrimientos!

El perro había muerto. Había emitido un quejido débil y sofocado, había sufrido una convulsión instantánea en las patas, justo en el momento en que esas últimas palabras —«agraciada, sana y joven»— salían de los labios del ama de llaves. El cambio se había producido con una rapidez pasmosa: en un segundo el animal yacía sin vida bajo nuestras manos.

Las ocho. Acabo de regresar de cenar abajo, en solitaria majestad. La puesta de sol tiñe de un rojo encendido el mar de árboles que veo desde mi ventana, y repaso una vez más mi diario para calmar mi impaciencia por el regreso de los viajeros. De acuerdo con mis cálculos, ya deberían haber llegado. ¡Qué silenciosa y solitaria está la casa en la soporífera quietud del atardecer! ¡Ay de mí! ¿Cuántos minutos faltarán todavía para que oiga las ruedas del carruaje y corra escaleras abajo a refugiarme en los brazos de Laura?

¡El pobrecito perro! Ojalá mi primer día en Blackwater Park no se hubiera visto asociado a la muerte, aunque solo se trate de la muerte de un animal callejero.

Welmingham... Veo, al repasar estas páginas mías tan privadas, que Welmingham es el nombre del lugar donde vive la señora Catherick. Aún conservo su nota, la nota de respuesta a aquella carta sobre su desdichada hija que sir Percival me obligó a escribir. Un día de estos, cuando encuentre una ocasión propicia, me llevaré la nota a modo de presentación e intentaré sacarle algo en claro a la señora Catherick en una entrevista personal. No comprendo que quiera ocultar a sir Percival su visita a este lugar, y ni mucho menos me creo, como parece hacerlo el ama de llaves, que su hija Anne no esté en el vecindario después de todo. ¿Qué habría dicho Walter Hartright ante esta emergencia? ¡Pobre y querido Hartright! Ya empiezo a echar en falta sus sinceros consejos y su buena disposición para ayudar.

Seguro que he oído algo. ¿Habrá sido jaleo de pasos abajo? ¡Sí! Oigo las pezuñas de los caballos... oigo el rodar de las ruedas...

II

15 de junio.⁠—El desconcierto de su llegada ya ha tenido tiempo de aplacarse. Han pasado dos días desde el regreso de los viajeros, y ese intervalo ha bastado para poner la nueva maquinaria de nuestras vidas en Blackwater Park en un buen funcionamiento. Ya puedo volver a mi diario, con bastantes probabilidades de poder continuar las anotaciones con la compostura de costumbre.

Creo que debo empezar por consignar un comentario curioso que se me ha venido a la cabeza desde que Laura volvió.

Cuando dos miembros de una familia o dos amigos íntimos se separan, y uno se va al extranjero y el otro se queda en casa, el regreso del pariente o amigo que ha estado viajando siempre parece situar al pariente o amigo que se ha quedado en casa en una dolorosa desventaja en el momento en que ambos se encuentran por primera vez. El repentino choque de los nuevos pensamientos y nuevos hábitos adquiridos con entusiasmo en el primer caso, con los viejos pensamientos y viejos hábitos conservados pasivamente en el segundo, parece separar al principio las simpatías de los parientes más amorosos y de los amigos más entrañables, y levantar entre ambos un extraño aislamiento repentino, imprevisto e incontrolable por ambas partes. Una vez pasado el primer momento de felicidad por mi reencuentro con Laura, después de habernos sentado juntas de la mano para recobrar el aliento y la calma suficientes para hablar, sentí esta extrañeza al instante, y pude ver que ella también la sentía. Se ha disipado en parte, ahora que hemos vuelto a la mayoría de nuestros viejos hábitos, y probablemente desaparecerá dentro de poco. Pero sin duda ha influido en las primeras impresiones que me he formado de ella, ahora que volvemos a vivir juntas⁠—y solo por esa razón he considerado oportuno mencionarlo aquí.

Me ha encontrado inalterada, pero yo a ella la he encontrado cambiada.

Cambiada en su persona y, en un aspecto, cambiada de carácter. No puedo decir exactamente que sea menos hermosa de lo que solía ser⁠—solo puedo decir que es menos hermosa para mí .

Otros, que no la miran con mis ojos y mis recuerdos, probablemente la encontrarían mejorada. Su rostro tiene más color, más decisión y más redondez de óvalo que antes, y su figura parece más firme, más segura y más suelta en todos sus movimientos que en sus días de soltera. Pero echo de menos algo cuando la miro⁠—algo que antes pertenecía a la vida feliz e inocente de Laura Fairlie, y que no puedo encontrar en Lady Glyde. Había antiguamente en su rostro una frescura, una suavidad, una ternura de belleza tan variada y a la vez tan constante, cuyo encanto es imposible expresar con palabras o, como solía decir a menudo el pobre Hartright, tampoco en la pintura. Esto se ha desvanecido. Me pareció ver un débil reflejo de ello por un momento cuando ella enaltecía su rostro, pálida por la agitación de nuestro repentino encuentro la víspera de su regreso, pero no ha vuelto a aparecer desde entonces. Ninguna de sus cartas me había preparado para un cambio personal en ella. Al contrario, me habían llevado a esperar que su matrimonio la había dejado, al menos en apariencia, completamente inalterada. ¿Quizás leí mal sus cartas en el pasado y ahora estoy leyendo mal su rostro en el presente? ¡No importa! Ya haya ganado o perdido su belleza en los últimos seis meses, la separación en cualquier caso ha hecho que su querido ser sea para mí más precioso que nunca, ¡y ese es un buen resultado de su matrimonio, al menos!

El segundo cambio, el cambio que he observado en su carácter, no me ha sorprendido, porque en este caso ya estaba preparada por el tono de sus cartas. Ahora que está de vuelta en casa, la encuentro tan reacia a entrar en ningún detalle sobre el tema de su vida matrimonial como lo había estado durante todo el tiempo de nuestra separación, cuando solo podíamos comunicarnos por escrito. Al primer amago que hice hacia el tema prohibido, me puso la mano en los labios con una mirada y un gesto que me recordaron conmovida, casi dolorosamente, los días de su infancia y el feliz tiempo pasado en que no había secretos entre nosotras.

«Siempre que tú y yo estemos juntas, Marian⁠—dijo⁠—, estaremos más felices y cómodas la una con la otra si aceptamos mi vida matrimonial por lo que es, y hablamos y pensamos lo menos posible en ella. Te lo contaría todo, cariño, sobre mí misma⁠—continuó, abrochando y desabrochando nerviosamente la cinta de mi cintura⁠—, si mis confidencias pudieran terminar ahí. Pero no podrían; también me llevarían a hacer confidencias sobre mi esposo; y ahora que estoy casada, creo que es mejor evitarlas, por su bien, por el tuyo y por el mío. No digo que te fueran a angustiar, ni que me fueran a angustiar a mí⁠—no querría que pensaras eso por nada del mundo. Pero⁠—quiero ser tan feliz, ahora que te he recuperado, y quiero que tú también seas tan feliz...» Se interrumpió de golpe y miró alrededor de la habitación, mi propia salita, en la que estábamos hablando. «¡Ah!⁠—exclamó, palmeando con una brillante sonrisa de reconocimiento⁠—, ¡otro viejo amigo ya encontrado! Tu librería, Marian⁠—tu entrañable, pequeña, ajada y vieja librería de madera de satén⁠—, ¡cuánto me alegra que la hayas traído contigo desde Limmeridge! ¡Y el horrible y pesado paraguas de hombre con el que siempre te empeñabas en salir cuando llovía! Y, por encima de todo, ¡tu propia y querida cara de gitana, morena y avispada, mirándome exactamente igual que siempre! Es tan parecido a estar en casa estar aquí. ¿Cómo podemos hacer que se parezca aún más a casa? Pondré el retrato de mi padre en tu habitación en lugar de en la mía⁠—y guardaré aquí todos mis pequeños tesoros de Limmeridge⁠— y pasaremos horas y horas todos los días con estas cuatro paredes amigas rodeándonos». Oh, Marian!⁠—dijo, sentándose de repente en un escabel a mis rodillas y mirándome con fijeza a la cara⁠—, prométeme que nunca te casarás y me dejarás. Es egoísta decirlo, pero estás mucho mejor siendo una mujer soltera⁠—a no ser que⁠—a no ser que estés muy encariñada con tu marido⁠—, pero no estarás muy encariñada con nadie más que conmigo, ¿verdad? Se detuvo de nuevo, cruzó mis manos en mi regazo y apoyó su rostro en ellas. «¿Has estado escribiendo muchas cartas y recibiendo muchas cartas últimamente?⁠—preguntó con voz baja y repentinamente alterada». Comprendí lo que significaba la pregunta, pero creí que era mi deber no animarla siguiéndole el juego. «¿Has tenido noticias de él?⁠—prosiguió, halagándome para que le perdonara la apelación más directa a la que ahora se arriesgaba, mientras besaba mis manos, sobre las cuales aún descansaba su rostro⁠—. ¿Está bien y feliz, y le va bien en su profesión? ¿Se ha recuperado y me ha olvidado ?»

No debería haber hecho esas preguntas. Debería haber recordado su propia resolución, en la mañana en que Sir Percival la obligó a cumplir su compromiso matrimonial y cuando puso el libro de los dibujos de Hartright en mis manos para siempre. Pero, ¡ay de mí! ¿Dónde está la criatura humana sin tacha que pueda perseverar en una buena resolución sin flaquear ni caer de vez en cuando? ¿Dónde está la mujer que haya arrancado jamás de su corazón la imagen que una vez se grabó en él por un amor sincero? Los libros nos dicen que han existido tales criaturas sobrenaturales⁠—, pero ¿qué dice nuestra propia experiencia en respuesta a los libros?

No intenté reprenderla: tal vez porque apreciaba sinceramente la valiente franqueza que me permitía ver lo que otras mujeres en su posición habrían tenido razones para ocultar incluso a sus amigas más íntimas; tal vez porque sentía, en mi propio corazón y en mi conciencia, que en su lugar yo habría hecho las mismas preguntas y habría tenido los mismos pensamientos. Todo lo que pude hacer honestamente fue responder que no le había escrito ni había tenido noticias suyas últimamente, y luego desviar la conversación hacia temas menos peligrosos.

Hay mucho que me entristece en nuestra entrevista⁠—mi primera entrevista confidencial con ella desde su regreso—. El cambio que su matrimonio ha producido en nuestras relaciones mutuas, al interponer un tema prohibido entre nosotras por primera vez en nuestras vidas; la melancólica convicción de la escasez de toda calidez afectiva, de toda simpatía estrecha, entre su marido y ella, que sus propias palabras reacias me obligan ahora a admitir en la mente; el angustioso descubrimiento de que la influencia de ese fatídico apego sigue (por muy inocentemente, por muy inofensivamente que sea) tan profundamente arraigada como siempre en su corazón⁠—todo esto son revelaciones capaces de entristecer a cualquier mujer que la quiera tanto y sienta tanta compasión por ella como yo.

Solo hay un consuelo para contraponer a todo ello⁠—un consuelo que debería reconfortarme, y que de hecho me reconforta. Todas las gracias y la dulzura de su carácter⁠—todo el afecto franco de su naturaleza⁠—todos los encantos femeninos, dulces y sencillos, que solían hacer de ella la niña de mis ojos y la delicia de cuantos se acercaban a ella, han vuelto a mí con ella misma. De mis otras impresiones a veces me inclino un poco a dudar. De esta última, la mejor y la más feliz de todas las impresiones, me siento cada hora del día más y más segura.

Permítaseme pasar ahora de ella a sus compañeros de viaje. Su marido debe acaparar mi atención en primer lugar. ¿Qué he observado en Sir Percival desde su regreso que mejore mi opinión sobre él?

Apenas sabría decirlo. Pequeñas vexaciones y molestias parecen acosarle desde que volvió, y ningún hombre, en esas circunstancias, muestra nunca su mejor cara. Me parece que está más delgado que cuando salió de Inglaterra. Su fastidiosa tos y su incómoda inquietud han aumentado sin duda. Sus modales⁠—al menos sus modales hacia mí⁠—son mucho más bruscos que antes. Me saludó la noche de su regreso con poca o ninguna de la ceremonia y la cortesanía de antaño⁠—sin palabras educadas de bienvenida⁠—sin muestras de extraordinario agrado al verme⁠—nada más que un seco apretón de manos y un cortante: «¿Qué tal, señorita Halcombe; me alegro de verla otra vez». Parecía aceptarme como uno de los accesorios necesarios de Blackwater Park, sentirse satisfecho al verme establecida en mi lugar correspondiente, y luego pasar de mí por completo.

La mayoría de los hombres muestran en sus propias casas algo de su carácter que han ocultado en otros lugares, y Sir Percival ya ha manifestado una manía por el orden y la regularidad que resulta una revelación totalmente nueva en él, por lo que a mi conocimiento previo de su carácter se refiere. Si cojo un libro de la biblioteca y lo dejo sobre la mesa, me sigue y lo vuelve a guardar. Si me levanto de una silla y la dejo donde he estado sentada, la devuelve cuidadosamente a su sitio contra la pared. Recoge del suelo los pétalos de flores caídos y murmura para sus adentros con tanto descontento como si fueran ascuas que le queman agujeros, y chilla a los sirvientes si hay una arruga en el mantel o falta un cubierto en su sitio en la mesa con tanta furia como si le hubieran insultado personalmente.

Ya me he referidos a las pequeñas molestias que parecen haberle afligido desde su regreso. Gran parte de la alteración a peor que he notado en él puede deberse a esto. Intento persuadirme de que es así, porque no deseo desanimarme ya respecto al futuro. Desde luego, pone a prueba el temple de cualquiera tropezarse con un disgusto en el preciso instante en que pone el pie en su propia casa tras una larga ausencia, y esta circunstancia molesta le ocurrió realmente a Sir Percival en mi presencia.

La noche de su llegada, el ama de llaves me siguió hasta el vestíbulo para recibir a su amo, a su señora y a sus invitados. En cuanto la vio, Sir Percival preguntó si alguien había llamado últimamente. El ama de llaves le mencionó en respuesta lo que ya me había mencionado a mí: la visita del caballero desconocido para informarse sobre la fecha del regreso de su amo. Él preguntó inmediatamente por el nombre del caballero. No se había dejado ningún nombre. ¿El asunto del caballero? No se había mencionado ningún asunto. ¿Cómo era el caballero? El ama de llaves intentó describirlo, pero no supo distinguir al visitante sin nombre con ninguna peculiaridad física que su amo pudiera reconocer. Sir Percival frunció el ceño, pisoteó con ira el suelo y entró en la casa sin hacer caso a nadie. Por qué debió de des componerse tanto por una minucia, no sabría decirlo⁠—pero estuvo gravemente descompuesto, de eso no cabe la menor duda.

En conjunto, tal vez sea mejor que me abstenga de formarme una opinión definitiva sobre sus modales, su lenguaje y su conducta en su propia casa, hasta que el tiempo le permita sacudirse las preocupaciones, sean cuales sean, que ahora es evidente que le turban la mente en secreto. Pasaré la página y mi pluma dejará en paz al marido de Laura por el momento.

Los dos invitados⁠—el conde y la condesa Fosco⁠— ocupan el siguiente lugar en mi catálogo. Despacharé primero a la condesa, para acabar con la mujer lo antes posible.

Laura ciertamente no incurrió en ninguna exageración al escribirme que apenas reconocería a su tía cuando nos reuniéramos. Jamás antes había presenciado en una mujer un cambio semejante al producido en Madame Fosco por su matrimonio.

Como Eleanor Fairlie (de treinta y siete años), siempre andaba diciendo tonterías pretenciosas y amargando a los desgraciados hombres con cada pequeña exigencia que una mujer vana e insensata puede imponer a la sufrida humanidad masculina. Como Madame Fosco (de cuarenta y tres años), se sienta horas enteras sin decir una sola palabra, replegada de la forma más extraña en sí misma. Los horriblemente ridículos rizos postizos que solían colgar a ambos lados de su cara han sido reemplazados ahora por rígidas hileras de rizos muy cortos, de los que se ven en las pelucas a la antigua usanza. Una toca sobria y maternal le cubre la cabeza y hace que parezca, por primera vez en su vida desde que la recuerdo, una mujer decente. Nadie (dejando a su marido a un lado, por supuesto) ve ya en ella lo que todo el mundo vio una vez⁠—me refiero a la estructura del esqueleto femenino en la región superior de las clavículas y los omóplatos. Ataviada con sencillos vestidos negros o grises, abrochados hasta la garganta⁠—vestidos de los que se habría reído o ante los que habría gritado según el capricho del momento en sus días de soltera⁠—, se sienta muda en los rincones; sus secas manos blancas (tan secas que los poros de su piel parecen de tiza) ocupadas incesantemente ya sea en un monótono trabajo de bordado, ya sea en liar interminables cigarrillos para el uso particular del conde. En las raras ocasiones en que sus fríos ojos azules se apartan de su labor, suelen volverse hacia su marido con la mirada de muda y sumisa indagación que todos conocemos en los ojos de un perro fiel. El único indicio de deshielo interior que hasta ahora he detectado bajo su capa exterior de helada reserva se ha manifestado, una o dos veces, en forma de una celotipia reprimida y tigresca hacia cualquier mujer de la casa (sirvientas incluidas) a la que el conde dirija la palabra o mire con algo parecido a un interés o atención especial. Salvo en este único aspecto, permanece siempre, de mañana, tarde y noche, dentro y fuera de casa, haga buen o mal tiempo, tan fría como una estatua e impenetrable como la piedra de la que está tallada. Para los usos corrientes de la sociedad, el extraordinario cambio operado en ella es, sin género de dudas, un cambio a mejor, puesto que la ha transformado en una mujer educada, silenciosa y discreta que nunca estorba. Hasta qué punto está realmente reformada o deteriorada en su fuero interno es otra cuestión. He visto una o dos veces cambios repentinos de expresión en sus labios apretados y he escuchado inflexiones repentinas de tono en su voz tranquila que me han llevado a sospechar que su actual estado de represión puede haber sellado algo peligroso en su naturaleza, que antes se evaporaba inofensivamente en la libertad de su vida pasada. Es muy posible que esté totalmente equivocada en esta idea. No obstante, mi propia impresión es que acierto. El tiempo lo dirá.

¿Y el mago que ha obrado esta maravillosa transformación⁠—el marido extranjero que ha domesticado a esta otrora indómita mujer inglesa hasta el punto de que sus propios parientes apenas la reconocen⁠—, el conde en persona? ¿Qué hay del conde?

Esto en dos palabras: tiene trazas de ser un hombre capaz de domesticar cualquier cosa. Si se hubiera casado con una tigresa en lugar de con una mujer, habría domesticado a la tigresa. Si se hubiera casado conmigo , le habría hecho los cigarrillos como hace su esposa⁠—habría guardado silencio cuando él me mirara, tal como lo guarda ella.

Casi me da miedo confesarlo, ni que sea en estas páginas secretas. El hombre me ha interesado, me ha atraído, me ha obligado a que me caiga bien. En dos escasos días se ha abierto camino directamente hacia mi estima, y cómo ha obrado el milagro es algo que pasa de mi comprensión.

¡Me asusta verdaderamente, ahora que lo tengo en mente, ver con qué claridad lo visualizo!⁠—¡mucho más claramente que a Sir Percival, a Mr. Fairlie, a Walter Hartright o a cualquier otra persona ausente en la que piense, a la única excepción de la propia Laura! Puedo oír su voz como si estuviera hablando en este preciso instante. Conozco su conversación de ayer tan bien como si la estuviera oyendo ahora. ¿Cómo voy a describirlo? Hay peculiaridades en su aspecto físico, en sus hábitos y en sus diversiones que yo censuraría en los términos más audaces, o ridiculizaría sin piedad, si las hubiera visto en otro hombre. ¿Qué es lo que me incapacita para censurarlas, o para ridiculizarlas en él ?

Por ejemplo, es inmensamente gordo. Hasta la fecha, siempre me ha disgustado especialmente la humanidad corpulenta. Siempre he sostenido que la noción popular de vincular una gordura excesiva y un buen humor excesivo como aliados inseparables equivalía a declarar, o bien que solo las personas amables llegan a engordar, o bien que la adición accidental de tantos kilos de carne ejerce una influencia directamente favorable sobre el temperamento de la persona sobre cuyo cuerpo se acumulan. Invariablemente he combatido ambas afirmaciones absurdas citando ejemplos de personas obesas que eran tan mezquinas, viciosas y crueles como el más flaco y el peor de sus vecinos. ¿He preguntado acaso si Enrique VIII era un personaje amable? ¿Si el papa Alejandro VI fue un buen hombre? ¿Si el asesino y la asesina Manning no eran ambos inusualmente fornidos? ¿Si las enfermeras de profesión, proverbialmente tan crueles como cualquier grupo de mujeres de toda Inglaterra, no eran en su mayor parte también tan corpulentas como cualquiera que se pueda hallar en todo Inglaterra?⁠—y así sucesivamente, a través de decenas de otros ejemplos modernos y antiguos, nativos y extranjeros, humildes y elevados. Sosteniendo estas firmes opiniones sobre el tema con uñas y dientes como lo hago en este momento, aquí está, sin embargo, el conde Fosco, tan gordo como el propio Enrique VIII, instalado en mi favor en veinticinco horas, sin trabas ni estorbos de su odiosa corpulencia. ¡Verdaderamente maravilloso!

¿Es su rostro lo que le ha recomendado?

Puede ser su rostro. Guarda un parecido extraordinario, a escala grande, con el gran Napoleón. Sus facciones tienen la magnífica regularidad de Napoleón⁠—su expresión recuerda la grandiosamente calma e inamovible potencia del rostro del Gran Soldado. Este llamativo parecido me impresionó sin duda para empezar; pero hay algo en él además del parecido que me ha impresionado todavía más. Creo que la influencia que ahora intento hallar reside en sus ojos. Son los ojos grises más insondables que he visto jamás, y tienen a veces un brillo frío, claro, hermoso e irresistible que me obliga a mirarle, y que al mismo tiempo me provoca sensaciones, al mirarle, que preferiría no sentir. Otras partes de su rostro y de su cabeza tienen sus extrañas peculiaridades. Su tez, por ejemplo, presenta una singular palidez cetrina, tan en desacuerdo con el color castaño oscuro de su cabello que sospecho que este último es una peluca, y su rostro, rasurado por completo, es más terso y está más libre de marcas y arrugas que el mío, a pesar de que (según el relato que me dio Sir Percival) raya en los sesenta años. Pero estas no son las características físicas prominentes que lo distinguen, a mi entender, de todos los demás hombres que he visto en mi vida. La marcada peculiaridad que lo aparta de la multitud y del montón de la humanidad radica por completo, hasta donde puedo apreciar por ahora, en la extraordinaria expresión y la extraordinaria fuerza de sus ojos.

Sus modales y su dominio de nuestra lengua también pueden haberle ayudado, en cierta medida, a ganarse mi buena opinión. Tiene esa deferencia silenciosa, esa mirada de complacido y atento interés al escuchar a una mujer, y esa secreta dulzura en la voz al hablarle a una mujer a la que, digamos lo que digamos, ninguna de nosotras puede resistirse. Aquí también le ayuda necesariamente su inusual dominio de la lengua inglesa. Había oído hablar a menudo de la extraordinaria aptitud que muchos italianos muestran para dominar nuestra áspera, dura y norteña lengua; pero, hasta que vi al conde Fosco, jamás había considerado posible que ningún extranjero hablara inglés como lo habla él. Hay momentos en los que resulta casi imposible detectar por su acento que no es compatriota nuestro, y en cuanto a la fluidez, hay muy pocos ingleses natos que puedan hablar con tan pocas interrupciones y repeticiones como el conde. Podrá construir sus frases de un modo más o menos extranjero, pero jamás le he oído usar una expresión incorrecta ni titubear un solo instante al elegir una palabra.

Todos los pequeños rasgos de este extraño hombre tienen algo marcadamente original y desconcertantemente contradictorio. Por muy gordo y viejo que sea, sus movimientos son asombrosamente ligeros y airosos. Es tan silencioso en una habitación como cualquiera de nosotras, las mujeres; y, más aún, con todo su aspecto de inequívoca firmeza y poder mental, es tan sensible y nervioso como la más débil de nosotras. Se sobresalta ante ruidos fortuitos tan inveteradamente como la propia Laura. Ayer se encogió y se estreme-ció cuando Sir Percival golpeó a uno de los spaniels, hasta el punto de que me avergoncé de mi propia falta de ternura y sensibilidad en comparación con el conde.

El relato de este último incidente me trae a la memoria una de sus peculiaridades más curiosas, que todavía no he mencionado⁠—su extraordinaria debilidad por los animales de compañía.

Algunos de los suyos los ha dejado en el continente, pero se ha traído a esta casa una cacatúa, dos canarios y toda una familia de ratones blancos. Él mismo atiende a todas las necesidades de estos extraños favoritos, y ha enseñado a las criaturas a encariñarse con él y a familiarizarse con él de forma sorprendente. La cacatúa, un pájaro de lo más vicioso y traicionero con todo el mundo, parece adorarlo por completo. Cuando la deja salir de la jaula, le salta a las rodillas, trepa a gatas por su inmenso cuerpo y frota su penacho contra su cetrina papada de la forma más cariñosa que uno pueda imaginar. Le basta con abrir las puertas de las jaulas de los canarios y llamarlos para que los bonitos pajaritos, adiestrados con tanta destreza, se posen sin miedo en su mano, trepen uno a uno por sus gordos dedos extendidos cuando les dice «suban arriba» y canten juntos como si quisieran reventarse el gaznate de puro júbilo al llegar al dedo más alto. Sus ratones blancos viven en una pequeña pagoda de alambre pintado de colores, diseñada y fabricada por él mismo. Son casi tan mansos como los canarios, y se les deja sueltos continuamente igual que a ellos. Trepan por todo su cuerpo, asomándose y ocultándose en su chaleco, y se sientan por parejas, blancos como la nieve, sobre sus cap充足es hombros. Parece tener todavía más debilidad por sus ratones que por sus otras mascotas, les sonríe, los besa y los llama con toda clase de nombres cariñosos. Si fuera posible concebir a un inglés con algún gusto por intereses y diversiones tan infantiles como estos, ese inglés sin duda se sentiría bastante avergonzado de ellos y se an-siaría por disculparse en compañía de personas adultas. Pero el conde, al parecer, no ve nada ridículo en el asombroso contraste entre su colosal persona y sus frágiles mascotas. Besaría plácidamente a sus ratones blancos y gorjearía con sus canarios en medio de una asamblea de cazadores de zorros ingleses, y solo se compadecería de ellos por bárbaros cuando estuvieran riéndose a carcajadas a su costa.

Cuesta creerlo mientras lo escribo, pero es indudablemente cierto que este mismo hombre, que tiene toda la sensiblería de una solterona por su cacatúa y todas las destrezas de organillero al manejar sus ratones blancos, es capaz de hablar, cuando algo le incita a ello, con una audaz independencia de pensamiento, un conocimiento de libros en cualquier idioma y una experiencia de la sociedad en la mitad de las capitales de Europa que lo harían destacar en cualquier asamblea del mundo civilizado. Este domador de canarios, este arquitecto de una pagoda para ratones blancos, es (según me ha dicho el propio Sir Percival) uno de los primeros químicos experimentales vivientes, y ha descubierto, entre otros maravillosos inventos, un medio para petrificar el cuerpo tras la muerte, a fin de conservarlo, tan duro como el mármol, hasta el fin de los tiempos. Este hombre gordo, indolente y maduro, cuyos nervios están tan finamente templados que se sobresalta ante ruidos fortuitos y se encoge al ver que zurran a un spaniel de la casa, fue al patio de las caballerizas la mañana después de su llegada y puso la mano sobre la cabeza de un sabueso encadenado⁠—una bestia tan salvaje que hasta el mozo de cuadra que lo alimenta se mantiene fuera de su alcance. Su esposa y yo estábamos presentes, y no olvidaré la escena que siguió, por corta que fuese.

—Cuidado con ese perro, señor⁠—dijo el mozo⁠—; ¡se le tira a todo el mundo!

—Hace eso, amigo mío⁠—replicó el conde con calma⁠—, porque todo el mundo le tiene miedo. Vamos a ver si se me tira a mí .⁠—Y posó sus dedos regordetes, de color blanco amarillento, en los que diez minutos antes se habían estado posando los canarios, sobre la cabeza de aquel formidable bruto, y lo miró fijamente a los ojos—. Los perros grandes sois todos unos cobardes⁠—le dijo, dirigiéndose al animal con desprecio, con la cara y la de aquel a menos de una pulgada de distancia—. Mataríais a un pobre gato, maldito cobarde. Os le tiraríais a un mendigo hambriento, maldito cobarde. Cualquier cosa a la que podáis pillar por sorpresa⁠—cualquier cosa que tenga miedo de vuestro cuerpo grande, de vuestros malvados dientes blancos y de vuestra boca babosa y sedienta de sangre⁠— es a la que os gusta saltarle al cuello. Podríais estrangularme en este preciso momento, mezquino y miserable matón, y ni siquiera os atrevéis a mirarme a la cara porque no os tengo miedo. ¿Lo pensaréis mejor y clavaréis los dientes en mi gordo cuello? ¡Bah! ¡Qué va!⁠—Se dio la vuelta, riéndose del asombro de los hombres en el patio, y el perro volvió a arrastrarse sumiso hacia su caseta—. ¡Ah, mi bonito chaleco!⁠—exclamó lastimero⁠—: Siento haber venido aquí. Parte de la baba de ese bruto ha caído en mi bonito chaleco limpio». Esas palabras expresan otra de sus incomprensibles excentricidades. Le chifla la buena ropa como al más tonto de los vivientes, y ya ha aparecido con cuatro chalecos magníficos⁠—todos de colores claros y chillones, y todos inmensamente grandes incluso para él⁠—en los dos días que lleva instalado en Blackwater Park.

Su tacto y su habilidad en las pequeñas cosas resultan tan patentes como las singulares contradicciones de su carácter y la infantil trivialidad de sus gustos y ocupaciones ordinarias.

Ya puedo advertir que pretende vivir en excelentes términos con todos nosotros durante el período de su estancia en este lugar. Es evidente que ha descubierto que a Laura le disgusta en secreto (me lo confesó cuando le insistí sobre el tema)⁠—, pero también ha averiguado que a ella le apasionan las flores. Cada vez que quiere un ramillete, él se lo consigue, cortado y dispuesto por él mismo, y para gran diversión mía, va siempre provisto astutamente de un duplicado, compuesto exactamente por las mismas flores y agrupado de la misma manera, para aplacar a su gélidamente celosa esposa antes de que esta pueda llegar a considerarse agraviada. Su manejo de la condesa (en público) es digno de verse. Le hace reverencias, se dirige a ella habitualmente como «mi ángel», lleva a sus canarios a hacerle pequeñas visitas en los dedos para que le canten, le besa la mano cuando ella le entrega los cigarrillos; le regala a cambio caramelos que le introduce en la boca juguetonamente desde una caja que lleva en el bolsillo. La vara de hierro con la que la gobierna nunca se ve en compañía⁠—es una vara privada que siempre guardan arriba.

Su método para congraciarse conmigo es totalmente distinto. Lisonjea mi vanidad hablándome con tanta seriedad y sensatez como si fuera un hombre. ¡Sí! Soy capaz de pillarlo cuando estoy lejos de él⁠—sé que halaga mi vanidad cuando pienso en él aquí arriba en mi cuarto⁠— y, sin embargo, cuando bajo y vuelvo a su compañía, ¡él me volverá a cegar y yo me sentiré halagada de nuevo, exactamente como si nunca lo hubiera descubierto del todo! Puede manejarme a mí tal como maneja a su esposa y a Laura, tal como manejó al sabueso en el patio de las caballerizas, tal como maneja al propio Sir Percival, a cada hora del día. «¡Mi buen Percival! ¡Cómo me gusta tu rudo humor inglés!»⁠—«¡Mi buen Percival! ¡Cómo disfruto de tu sólido sentido inglés!». Aparta con tranquilidad las observaciones más groseras que Sir Percival pueda hacer sobre sus gustos y diversiones afeminados de ese modo⁠—llamando siempre al baronet por su nombre de pila, sonriéndole con la más calmada superioridad, dándole palmadas en el hombro y soportándolo benévolamente como un padre bonachón soporta a un hijo caprichoso.

El interés que realmente no puedo evitar sentir por este hombre tan extrañamente original me ha llevado a interrogar a Sir Percival sobre su pasado.

Sir Percival o bien sabe poco, o bien quiere contarme poco al respecto. Él y el conde se conocieron por primera vez hace muchos años en Roma, bajo las circunstancias peligrosas a las que he aludido en otra parte. Desde entonces han estado incesantemente juntos en Londres, en París y en Viena⁠—pero nunca más en Italia; pues el conde, curiosamente, no ha cruzado las fronteras de su tierra natal desde hace años. ¿Quizás ha sido víctima de alguna persecución política? Sea como fuere, parece estar patrióticamente ansioso por no perder de vista a ninguno de sus compatriotas que pueda encontrarse por casualidad en Inglaterra. La noche de su llegada preguntó a qué distancia estábamos del pueblo más próximo y si conocíamos a algún caballero italiano que pudiera haberse instalado allí. Ciertamente mantiene correspondencia con gente del continente, pues sus cartas llevan toda clase de extraños matasellos, y esta mañana vi una esperándole en su sitio de la mesa del desayuno, con un enorme sello de aspecto oficial. ¿Quizás mantiene correspondencia con su gobierno? Y, sin embargo, eso apenas concuerda con mi otra idea de que pueda ser un exilio político.

¡Cuánto parece que he escrito sobre el conde Fosco! ¿Y en qué se resume todo?⁠—como preguntaría el pobre y querido Mr. Gilmore a su impenetrable estilo profesional⁠— Solo puedo repetir que ciertamente siento, a pesar de este breve conocimiento, un extraño afecto, a medias voluntarioso y a medias renuente, hacia el conde. Parece haber establecido sobre mí el mismo género de ascendiente que es evidente que ha ganado sobre Sir Percival. Por muy libre, e incluso grosero, que pueda mostrarse ocasionalmente en sus modales hacia su gordo amigo, Sir Percival le teme a pesar de todo, como puedo ver claramente, a la hora de ofender gravemente al conde. ¿Me temo yo también, me pregunto? Desde luego, jamás he visto en toda mi experiencia a un hombre de quien me pesara tanto tener por enemigo. ¿Es porque me cae bien, o porque le temo? ¿Chi sa? ⁠—como diría el conde Fosco en su propia lengua. ¿Quién sabe?

16 de junio⁠.—Hoy hay algo que consignar además de mis propias ideas e impresiones. Ha llegado un visitante⁠—completamente desconocido para Laura y para mí, y al parecer también muy inesperado para sir Percival.

Estábamos todos almorzando en la habitación de los nuevos ventanales franceses que se abren a la galería, y el conde (que devora pasteles como jamás he visto devorarlos a ningún ser humano, salvo a las alumnas de los internados) acababa de divertirnos pidiendo muy serio su cuarta tarta⁠—cuando el criado entró para anunciar al visitante.

—El señor Merriman acaba de llegar, sir Percival, y desea verle inmediatamente.

Sir Percival dio un sobresalto y miró al hombre con una expresión de enfadada alarma.

—¡El señor Merriman! —repitió, como si creyera que sus propios oídos lo habían engañado.

—Sí, sir Percival⁠— el señor Merriman, de Londres.

—¿Dónde está?

—En la biblioteca, sir Percival.

Abandonó la mesa en cuanto se dio la última respuesta y salió apresuradamente de la habitación sin decirnos una sola palabra.

—¿Quién es el señor Merriman? —preguntó Laura, dirigiéndose a mí.

—No tengo la menor idea⁠— fue todo lo que pude responder.

El conde se había terminado su cuarta tarta y se había acercado a una mesa auxiliar para atender a su malvada cacatúa. Se volvió hacia nosotros con el ave percha sobre su hombro.

—El señor Merriman es el abogado de sir Percival⁠— dijo con calma.

El abogado de sir Percival. Era una respuesta perfectamente directa a la pregunta de Laura y, sin embargo, dadas las circunstancias, no resultaba satisfactoria. Si el señor Merriman hubiera sido mandado a llamar expresamente por su cliente, no habría nada de extraño en que hubiera dejado la ciudad para obedecer la citación. Pero cuando un abogado viaja de Londres a Hampshire sin que lo hayan mandado a llamar, y cuando su llegada a la mansión de un caballero altera gravemente al propio caballero, puede darse por sentado sin temor a equivocarse que el visitante legal es portador de noticias muy importantes y muy inesperadas⁠—noticias que podrán ser muy buenas o muy malas, pero que en ningún caso pueden ser del tipo corriente y cotidiano.

Laura y yo nos quedamos sentadas a la mesa durante un cuarto de hora o más, preguntándonos con inquietud qué había pasado y esperando la posibilidad de que sir Percival regresara pronto. No había señales de su vuelta, y nos levantamos para salir de la habitación.

El conde, atento como de costumbre, avanzó desde el rincón donde había estado alimentando a su cacatúa, con el ave aún posada en el hombro, y nos abrió la puerta. Laura y madame Fosco salieron primero. Justo cuando estaba a punto de seguirlas, hizo una seña con la mano y me habló, antes de que pasara a su lado, de la manera más extraña.

—Sí —dijo, respondiendo en voz baja a la idea no expresada que en ese momento cruzaba por mi mente, como si se la hubiera confiado claramente con palabras⁠—, sí, señorita Halcombe, algo ha sucedido.

Estuve a punto de responder: «Yo no he dicho tal cosa», pero la malvada cacatúa erizó sus alas recortadas y soltó un chillido que puso mis nervios de punta al instante, haciéndome sentir más que aliviada de salir de la habitación.

Me reuní con Laura al pie de la escalera. El pensamiento en su mente era el mismo que el pensamiento en la mía, que el conde Fosco había adivinado, y cuando habló, sus palabras fueron casi el eco de las de él. Ella también me dijo en secreto que temía que hubiera pasado algo.

III

16 de junio.⁠—Tengo algunas líneas más que añadir a la anotación de hoy antes de irme a la cama esta noche.

Unas dos horas después de que Sir Percival se levantara de la mesa del almuerzo para recibir a su procurador, el Sr. Merriman, en la biblioteca, salí de mi habitación sola para dar un paseo por las plantaciones. Justo cuando llegaba al final del descansillo, la puerta de la biblioteca se abrió y los dos caballeros salieron. Pensando que era mejor no molestarlos apareciendo en las escaleras, decidí posponer la bajada hasta que hubieran atravesado el vestíbulo. Aunque se hablaron en tonos reservados, sus palabras se pronunciaron con la suficiente claridad como para llegar a mis oídos.

—Quédese tranquilo, Sir Percival⁠ —oí decir al abogado—; todo depende de Lady Glyde.

Me había girado para volver a mi propia habitación por uno o dos minutos, pero el sonido del nombre de Laura en labios de un extraño me detuvo al instante. Supongo que estuvo muy mal y fue muy desacreditado escuchar en secreto, pero ¿dónde está la mujer, en todo el ámbito de nuestro sexo, que pueda regular sus acciones según los principios abstractos del honor cuando esos principios apuntan hacia un lado, y cuando sus afectos, y los intereses que de ellos se derivan, apuntan hacia el otro?

Escuché⁠—y bajo circunstancias similares volvería a escuchar⁠—, ¡sí!, con la oreja en la cerradura, si de ningún otro modo pudiera arreglármelas.

—Lo entiende perfectamente, Sir Percival⁠ —prosiguió el abogado—. Lady Glyde ha de firmar su nombre en presencia de un testigo, o de dos testigos, si desea ser particularmente cauto, y luego ha de poner el dedo sobre el sello y decir: «Entrego esto como mi acto y mi declaración». Si eso se hace en el plazo de una semana, el acuerdo será un éxito rotundo y toda la inquietud habrá terminado. Si no⁠—

—¿Qué quiere decir con «si no»?⁠ —preguntó Sir Percival enfadado—. Si la cosa tiene que hacerse, se hará. Se lo prometo, Merriman.

—Así es, Sir Percival, así es; pero hay dos alternativas en todas las transacciones, y a los abogados nos gusta mirar a ambas a la cara con valentía. Si por alguna circunstancia extraordinaria el acuerdo no llegara a realizarse, creo que podré conseguir que las partes acepten letras a tres meses. Pero cómo se va a conseguir el dinero cuando las letras venzan⁠—

—¡Que le den a las letras! El dinero solo se puede conseguir de una manera, y de esa manera, se lo repito, se conseguirá. Tómese una copa de vino, Merriman, antes de irse.

—Muy agradecido, Sir Percival; no tengo un momento que perder si quiero coger el tren de subida. ¿Me avisará tan pronto como el acuerdo esté completo? Y no olvidará la precaución que le recomendé⁠—

—Por supuesto que no. Ahí fuera está el carruaje en la puerta para usted. Mi mozo lo llevará a la estación en un abrir y cerrar de ojos. ¡Benjamin, conduzca como un loco! Súbase. Si el Sr. Merriman pierde el tren, usted pierde su puesto. Agfrérrese bien, Merriman, y si vuelca, confiérese al diablo para que salve a los suyos.

Con esa bendición de despedida, el baronet dio media vuelta y regresó a la biblioteca.

No había oído mucho, pero lo poco que había llegado a mis oídos bastaba para hacerme sentir inquieta. El «algo» que «había sucedido» era, con demasiada claridad, un grave apuro económico, y el alivio de Sir Percival dependía de Laura. La perspectiva de verla envuelta en los secretos y difíciles asuntos de su marido me llenó de consternación, exagerada, sin duda, por mi ignorancia de los negocios y mi arraigada desconfianza hacia Sir Percival. En lugar de salir, como me había propuesto, volví inmediatamente a la habitación de Laura para contarle lo que había oído.

Recibió mis malas noticias con tanta compostura que me sorprendió. Evidentemente, sabe más del carácter y de los apuros de su marido de lo que yo había sospechado hasta ahora.

—Me temía algo así⁠ —dijo— cuando oí hablar de ese extraño caballero que llamó y se negó a dar su nombre.

—¿Quién cree que era el caballero entonces?⁠ —le pregunté.

—Alguna persona que tiene fuertes reclamaciones contra Sir Percival⁠ —respondió—, y que ha sido la causa de la visita del Sr. Merriman aquí hoy.

—¿Sabe algo de esas reclamaciones?

—No, no conozco ningún detalle.

—¿No firmarás nada, Laura, sin echarle un vistazo antes?

—Desde luego que no, Marian. Todo lo que pueda hacer inofensiva y honestamente para ayudarle lo haré⁠—con el fin de hacer que tu vida y la mía, cariño, sean lo más fáciles y felices posible. Pero no haré nada a ciegas de lo que, algún día, podamos tener motivos para avergonzarnos. No hablemos más del asunto por ahora. Tienes el sombrero puesto; ¿qué tal si vamos a pasar la tarde soñando despiertas por los jardines?

Al salir de la casa dirigimos nuestros pasos hacia la sombra más cercana.

Al pasar por un espacio abierto entre los árboles frente a la casa, allí estaba el conde Fosco, paseando lentamente de un lado a otro sobre la hierba, tomando el sol en el pleno fulgor de la calurosa tarde de junio. Llevaba un sombrero de paja de ala ancha con una cinta de color violeta alrededor. Una blusa azul, con profusos adornos blancos de fantasía sobre el pecho, cubría su prodigioso cuerpo, ceñida alrededor del lugar donde antaño debió de estar su cintura con un ancho cinturón de cuero escarlata. Unos pantalones de mahón, que dejaban ver más adornos blancos de fantasía sobre los tobillos, y unas zapatillas de charol morado adornaban sus extremidades inferiores. Iba cantando la famosa aria de Fígaro de El barbero de Sevilla, con esa vocalización nítida y fluida que no se escucha en ninguna otra garganta que no sea italiana, acompañándose con la concertina, que tocaba con arrobadores lanzamientos de brazos y elegantes giros y vueltas de cabeza, como un gordo san Cecilia disfrazado de hombre. «¡Figaro qua! ¡Figaro là! ¡Figaro su! ¡Figaro giu!», cantaba el conde, arrojando alegremente la concertina con el brazo estirado y saludándonos, a un lado del instrumento, con la airosa gracia y elegancia de un Fígaro de veinte años.

—Créeme, Laura, ese hombre sabe algo de los apuros de Sir Percival⁠ —dije, mientras devolvíamos el saludo del conde desde una distancia prudente.

—¿Qué te hace pensar eso?⁠ —preguntó.

—De otro modo, ¿cómo habría sabido que el Sr. Merriman era el procurador de Sir Percival?⁠ —repliqué—. Además, cuando te seguí al salir del comedor, me dijo, sin que yo le hiciera la más mínima pregunta, que algo había sucedido. ¡Depende de él, sabe más que nosotras!

—No le hagas ninguna pregunta si es así. ¡No lo pongas en nuestra confianza!

—Parece que te desagrada, Laura, de un modo muy decidido. ¿Qué ha dicho o hecho para justificarte?

—Nada, Marian. Al contrario, fue todo amabilidad y atención en nuestro viaje de vuelta, y en varias ocasiones frenó los arrebatos de mal genio de Sir Percival de la manera más considerada hacia mí. Quizás no me guste porque tiene mucho más poder sobre mi marido que yo. Quizás hiera mi orgullo estar bajo cualquier obligación a su interferencia. Todo lo que sé es que no me agrada.

El resto del día y de la noche transcurrieron con bastante tranquilidad. El conde y yo jugamos al ajedrez. En las dos primeras partidas me permitió cortésmente que le venciera, y luego, cuando vio que le había calado, me pidió perdón, y en la tercera partida me dio jaque mate en diez minutos. Sir Percival no volvió a mencionar en toda la noche la visita del abogado. Pero aquel acontecimiento, o alguna otra cosa, había provocado en él una singular alteración para mejor. Estaba tan amable y simpático con todos nosotros como solía serlo en los días de su noviazgo en Limmeridge, y fue tan increíblemente atento y bondadoso con su esposa que hasta la glacial Madame Fosco se vio incitada a mirarle con una sombría sorpresa. ¿Qué significa esto? Creo que puedo adivinarlo⁠—me temo que Laura puede adivinarlo⁠— y estoy segura de que el conde Fosco lo sabe. Pillé a Sir Percival mirándolo en busca de aprobación más de una vez en el transcurso de la noche.

17 de junio.—Un día lleno de acontecimientos. Ruego fervientemente que no tenga que añadir que también un día de desastres.

Sir Percival estuvo tan silencioso en el desayuno como la tarde anterior respecto al misterioso «acuerdo» (como lo llamó el abogado) que pende sobre nuestras cabezas. Sin embargo, una hora después, entró de repente en la salita donde su esposa y yo esperábamos, con los sombreros puestos, a que Madame Fosco se nos uniera, y preguntó por el conde.

—Esperamos verlo aquí en cualquier momento —dije.

—El caso es —continuó Sir Percival, paseándose nervioso por la habitación—, que necesito a Fosco y a su mujer en la biblioteca para una mera formalidad de negocios, y también te quiero allí a ti, Laura, por un minuto. —Se detuvo y pareció notar, por primera vez, que íbamos vestidas para salir—. ¿Acaban de llegar? —preguntó—, ¿o estaban a punto de salir?

—Todas pensábamos ir al lago esta mañana —dijo Laura—. Pero si tiene algún otro arreglo que proponer...

—No, no —respondió apresuradamente—. Mi arreglo puede esperar. Después de almuerzo servirá igual que después del desayuno. ¿Todas al lago, eh? Una buena idea. Pasemos una mañana ociosas; yo me uno al grupo.

No había lugar a equívoco en sus modales, ni aunque hubiera sido posible equivocarse ante la insólita disposición que expresaban sus palabras de someter sus propios planes y proyectos a la comodidad de los demás. Al parecer, se sintió aliviado al encontrar cualquier excusa para retrasar el trámite de negocios en la biblioteca, al que sus propias palabras habían hecho referencia. Mi corazón se encogió al sacar la inevitable deducción.

El conde y su esposa se nos unieron en ese momento. La señora llevaba el estuche de tabaco bordado de su marido y su provisión de papel en la mano para la fabricación de los eternos cigarrillos. El caballero, vestido, como de costumbre, con su blusa y su sombrero de paja, llevaba la alegre jaulita en forma de pagoda con sus queridos ratones blancos dentro, y les sonreía a ellos y a nosotros con una suave amabilidad a la que era imposible resistirse.

—Con su amable permiso —dijo el conde—, sacaré a pasear a mi pequeña familia —mis pobrecitos, inofensivos y bonitos ratoncitos— junto con nosotros. Hay perros por la casa, ¿y voy a dejar a mis desamparados hijos blancos a merced de los perros? ¡Ah, jamás!

Les dirigió un arrullo paternal a sus pequeños hijos blancos a través de los barrotes de la pagoda, y todos salimos de la casa hacia el lago.

En la plantación, Sir Percival se alejó de nosotros. Parece ser parte de su temperamento inquieto separarse siempre de sus compañeros en estas ocasiones, y dedicarse siempre, cuando está solo, a cortar nuevos bastones para su uso personal. El mero acto de cortar y podar al azar parece complacerle. Ha llenado la casa de bastones hechos por él mismo, de los cuales no vuelve a tomar ni uno solo por segunda vez. Una vez utilizados, su interés por ellos se agota por completo, y solo piensa en seguir adelante y hacer más.

Junto al viejo cobertizo para botes volvió a reunirse con nosotros. Anotaré la conversación que siguió una vez que nos acomodamos en nuestros sitios, exactamente tal como transcurrió. Es una conversación importante, al menos por lo que a mí respecta, pues me ha inclinado seriamente a desconfiar de la influencia que el conde Fosco ha ejercido sobre mis pensamientos y sentimientos, y a resistirme a ella en el futuro con tanta resolución como pueda.

El cobertizo era lo bastante grande como para caber todos, pero Sir Percival se quedó afuera afilando el último bastón nuevo con su hacha de bolsillo. Las tres mujeres encontramos espacio de sobra en el asiento grande. Laura tomó su labor y Madame Fosco comenzó sus cigarrillos. Yo, como de costumbre, no tenía nada que hacer. Mis manos siempre han sido, y siempre serán, tan torpes como las de un hombre. El conde, de buen humor, tomó un taburete de varias tallas más pequeño que él y se balanceó sobre él con la espalda apoyada en la pared del cobertizo, que crujía y gemía bajo su peso. Puso la jaula-pagoda sobre su regazo y dejó salir a los ratones para que treparan por su cuerpo como de costumbre. Son criaturas bonitas, de aspecto inocente, pero verlos reptar por el cuerpo de un hombre me resulta desagradable por alguna razón. Despierta un extraño escalofrío correspondiente en mis propios nervios y sugiere ideas espantosas de hombres muriendo en prisión con las criaturas trepadoras de la mazmorra devorándolos sin que nadie los moleste.

La mañana era ventosa y nublada, y las rápidas alternancias de sombra y luz solar sobre la extensión del lago hacían que el paisaje pareciera doblemente agreste, fantasmal y sombrío.

—Alguna gente llama a eso pintoresco —dijo Sir Percival, señalando el amplio panorama con su bastón medio acabado—. Yo lo llamo una mancha en la propiedad de un caballero. En tiempos de mi bisabuelo, el lago llegaba hasta este lugar. ¡Mírenlo ahora! No tiene cuatro pies de profundidad en ninguna parte, y todo son charcos y cenagales. Ojalá pudiera permitirme drenarlo y plantarlo entero. Mi capataz (un idiota supersticioso) dice estar segurísimo de que el lago tiene una maldición, como el mar Muerto. ¿Qué opinas, Fosco? Parece el lugar idóneo para un asesinato, ¿verdad?

—Mi querido Percival —repuso el conde con tono de reproche—. ¿En qué está pensando su sólido sentido inglés? El agua es demasiado poco profunda para ocultar un cadáver, y hay arena por todas partes para imprimir las huellas del asesino. Es, en conjunto, el peor lugar posible para cometer un asesinato que jamás han visto mis ojos.

—¡Pamplinas! —dijo Sir Percival, cortando con furia su bastón—. Ya sabes a qué me refiero. El paisaje desolado, la situación solitaria. Si te da la gana entenderme, puedes; si no te da la gana, no me voy a tomar la molestia de explicar mi significado.

—¿Y por qué no —preguntó el conde—, cuando cualquiera puede explicar su significado en dos palabras? Si un tonto fuera a cometer un asesinato, su lago sería el primer lugar que elegiría para ello. Si un hombre sabio fuera a cometer un asesinato, su lago sería el último lugar que elegiría para ello. ¿Es ese su significado? Si es así, ahí tiene su explicación ya hecha. Tómala, Percival, con la bendición de su buen Fosco.

Laura miró al conde con su aversión hacia él asomando de forma demasiado evidente en su rostro. Él estaba tan ocupado con sus ratones que no la notó.

—Lamento oír que la vista del lago se asocia con algo tan horrible como la idea de un asesinato —dijo ella—. Y si el conde Fosco debe dividir a los asesinos en clases, creo que ha sido muy desafortunado en su elección de expresiones. Describirlos como tontos solo parece tratarlos con una indulgencia a la que no tienen derecho. Y describirlos como hombres sabios me suena a una absoluta contradicción en los términos. Siempre he oído que los hombres verdaderamente sabios son hombres verdaderamente buenos, y sienten horror por el crimen.

—Mi querida dama —dijo el conde—, esos son sentimientos admirables, y los he visto impresos en la parte superior de los cuadernos de caligrafía. —Alzó a uno de los ratones blancos en la palma de su mano y le habló a su manera caprichosa—. Mi pequeño y suave granuja blanco —dijo—, aquí tienes una lección moral. Un ratón verdaderamente sabio es un ratón verdaderamente bueno. Menciona eso, por favor, a tus compañeros, y no vuelvas a roer los barrotes de tu jaula en toda tu vida.

—Es fácil tomarlo todo a risa —dijo Laura con resolución—; pero no le será tan fácil, conde Fosco, darme un ejemplo de un hombre sabio que haya sido un gran criminal.

El conde se encogió de hombros de forma descomunal y sonrió a Laura de la manera más amistosa.

—¡Muy cierto! —dijo—. El crimen del tonto es el crimen que se descubre, y el crimen del hombre sabio es el crimen que no se descubre. Si pudiera darle un ejemplo, no sería el ejemplo de un hombre sabio. Querida Lady Glyde, su sensato sentido común inglés me ha superado. ¿Es jaque mate para mí esta vez, señorita Halcombe —eh?

—Mantén tu postura, Laura —espetó Sir Percival, que había estado escuchando desde su sitio en la puerta—. Dígale también que los crímenes provocan su propio descubrimiento. Ahí tiene otra migaja de moralidad de cuaderno de caligrafía para usted, Fosco. Los crímenes provocan su propio descubrimiento. ¡Qué maldita patraña!

—Creo que es verdad —dijo Laura en voz baja.

Sir Percival se echó a reír con tanta fuerza, de forma tan escandalosa, que nos sobresaltó a todos, al conde más que a nadie.

—Yo también lo creo —dije, acudiendo en rescate de Laura.

Sir Percival, que se había mostrado inexplicablemente divertido por el comentario de su esposa, se sintió igual de inexplicablemente irritado por el mío. Golpeó el nuevo bastón con fiereza contra la arena y se alejó de nosotros.

—¡Pobre y querido Percival! —exclamó el conde Fosco, mirándolo marcharse con alegría—. ¡Es víctima de la melancolía inglesa! Pero, mi querida señorita Halcombe, mi querida Lady Glyde, ¿de verdad creen que los crímenes provocan su propio descubrimiento? Y usted, mi ángel —continuó, volviéndose hacia su esposa, que aún no había pronunciado una sola palabra—, ¿opina lo mismo?

—Espero a ser instruida —respondió la condesa con un tono de helado reproche, dirigido a Laura y a mí—, antes de aventurarme a dar mi opinión en presencia de hombres bien informados.

—¿De verdad? —dije—. Recuerdo la época, condesa, en que usted defendía los derechos de las mujeres, y la libertad de opinión femenina era uno de ellos.

—¿Cuál es su punto de vista sobre el tema, conde? —preguntó Madame Fosco, continuando tranquilamente con sus cigarrillos y sin prestarme la menor atención.

El conde acarició a uno de sus ratones blancos de manera reflexiva con su regordete dedito antes de responder.

—Es verdaderamente maravilloso —dijo— lo fácil que la sociedad puede consolarse de sus peores defectos con un poco de retórica vacía. La maquinaria que ha creado para el descubrimiento del crimen es lamentablemente ineficaz, y sin embargo, basta con inventar un epigrama moral que diga que funciona bien para cegar a todo el mundo ante sus errores desde ese mismo instante. ¿Los crímenes provocan su propio descubrimiento, verdad? ¿Y el crimen siempre sale a la luz (otro epigrama moral), verdad? Pregunten a los forenses que presiden las investigaciones en las grandes ciudades si eso es cierto, Lady Glyde. Pregunten a los secretarios de las compañías de seguros de vida si eso es cierto, señorita Halcombe. Lean sus propios periódicos públicos. En los pocos casos que llegan a los periódicos, ¿no hay ejemplos de cadáveres encontrados cuyos asesinos jamás se descubren? Multipliquen los casos que se denuncian por los que no se denuncian, y los cuerpos que se encuentran por los que no se encuentran, y ¿a qué conclusión llegan? A esta: que hay criminales tontos que son descubiertos y criminales sabios que escapan. El encubrimiento de un crimen o el descubrimiento de un crimen, ¿qué es? Una prueba de habilidad entre la policía, por un lado, y el individuo, por el otro. Cuando el criminal es un tonto brutal e ignorante, la policía gana nueve de cada diez veces. Cuando el criminal es un hombre resuelto, educado y altamente inteligente, la policía pierde nueve de cada diez veces. Si la policía gana, por lo general se entera de todo. Si la policía pierde, por lo general no se entera de nada. ¡Y sobre este cimiento tambaleante construyen su cómodo tópico moral de que el crimen provoca su propio descubrimiento! Sí, todo el crimen del que se tiene noticia. ¿Y qué pasa con el resto?

—¡Malditamente cierto y muy bien expuesto! —gritó una voz en la entrada del cobertizo. Sir Percival había recuperado la ecuanimidad y había regresado mientras escuchábamos al conde.

—Parte de eso puede ser verdad —dije—, y todo ello puede estar muy bien expuesto. Pero no veo por qué el conde Fosco debe celebrar la victoria del criminal sobre la sociedad con tanta exultación, ni por qué usted, Sir Percival, debe aplaudirle tan fuertemente por hacerlo.

—¿Oyó eso, Fosco? —preguntó Sir Percival—. Siga mi consejo y haga las paces con su audiencia. Diga que la virtud es algo hermoso; eso les gusta, se lo aseguro.

El conde rió por dentro, en silencio, y dos de los ratones blancos dentro de su chaleco, alarmados por la convulsión interna que se producía bajo ellos, salieron a toda prisa y volvieron a meterse a duras penas en su jaula.

—Las damas, mi buen Percival, me hablarán de la virtud —dijo—. Ellas son mejores autoridades que yo, porque saben lo que es la virtud y yo no.

—¿Lo oyen? —dijo Sir Percival—. ¿No es espantoso?

—Es la verdad —dijo el conde con tranquilidad—. Soy un ciudadano del mundo y he conocido, en mi tiempo, a tantas clases distintas de virtud que, en mi vejez, me confunde decir cuál es la clase correcta y cuál la equivocada. Aquí, en Inglaterra, hay una virtud. Y allí, en China, hay otra virtud. Y Juan el Inglés dice que mi virtud es la genuina. Y Juan el Chino dice que mi virtud es la genuina. Y yo digo que sí a uno, o que no al otro, y estoy tan desconcertado al respecto en el caso de Juan con las botas altas como en el caso de Juan con la coleta. ¡Ah, pequeño y simpático ratoncito! Ven, bésame. ¿Cuál es tu propia noción privada de un hombre virtuoso, mi pre-pre-precioso? Un hombre que te abrita y te da mucho de comer. Y es una buena noción también, pues resulta inteligible, al menos.

—Espere un minuto, conde —interrupí—. Aceptando su ejemplo, seguramente tenemos en Inglaterra una virtud indiscutible de la que carecen en China. Las autoridades chinas matan a miles de personas inocentes con los pretextos más frívolos. Nosotros en Inglaterra estamos libres de toda culpa de esa índole; no cometemos un crimen tan espantoso; aborrecemos el derramamiento de sangre imprudente con todo nuestro corazón.

—Muy bien dicho, Marian —aprobó Laura—. Bien pensado y bien expresado.

—Por favor, dejen continuar al conde —dijo Madame Fosco con severa cortesía—. Verán, jovencitas, que él nunca habla sin tener excelentes razones para todo lo que dice.

—Gracias, mi ángel —respondió el conde—. ¿Quieres un bombón? —Sacó de su bolsillo una cajita primorosamente incrustada y la colocó abierta sobre la mesa—. Chocolat à la vanille —exclamó el hombre impenetrable, agitando alegremente los dulces en la caja y haciendo reverencias a diestro y siniestro—. Ofrecido por Fosco como acto de homenaje a esta encantadora sociedad.

—Sea tan amable de continuar, conde —dijo su esposa, con una alusión maliciosa hacia mí—. Hágame el favor de responder a la señorita Halcombe.

—La señorita Halcombe es irrebatible —respondió el educado italiano—, es decir, hasta donde llega. ¡Sí! Estoy de acuerdo con ella. Juan Bull aborrece los crímenes de Juan Chino. Es el viejo más rápido en descubrir los defectos que son de sus vecinos, y el viejo más lento en descubrir los defectos que son suyos propios, de cuantos existen sobre la faz de la creación. ¿Es acaso mucho mejor de esta manera que la gente a la que condena a su manera? La sociedad inglesa, señorita Halcombe, es tan frecuentemente cómplice como enemiga del crimen. ¡Sí, sí! El crimen en este país es lo que el crimen en otros países: un buen amigo para un hombre y para los que le rodean tan a menudo como un enemigo. Un gran granuja provee a su esposa y a su familia. Cuanto peor es, más los convierte en objeto de la simpatía de ustedes. A menudo también provee para sí mismo. Un derrochador libertino que siempre está pidiendo dinero prestado conseguirá más de sus amigos que el hombre rígidamente honesto que solo les pide prestado una vez, bajo la presión de la más extrema necesidad. En un caso los amigos no se sorprenderán en absoluto y darán. En el otro caso se sorprenderán mucho y dudarán. ¿Es el asilo en el que vive el señor Canalla al final de su carrera un lugar más incómodo que el hospicio en el que vive el señor Honradez al final de su suya? Cuando el filántropo John Howard quiere aliviar la miseria, la busca en las prisiones, donde el crimen es desgraciado, no en las chozas y tugurios, donde la virtud también es desgraciada. ¿Quién es el poeta inglés que se ha ganado la simpatía más universal, quién resulta el tema más fácil de todos para la escritura patética y la pintura patética? Esa simpática personita que comenzó su vida con una falsificación y la terminó con un suicidio: su querido, romántico e interesante Chatterton. ¿A cuál le va mejor, en su opinión, de dos costureras pobres y hambrientas: a la mujer que resiste la tentación y es honesta, o a la mujer que cae en la tentación y roba? Todas saben que el robo es la fortuna de esa segunda mujer; se le hace publicidad por todo lo ancho de la Inglaterra bondadosa y caritativa, y se la socorre, por quebrantar un mandamiento, cuando se la habría dejado morir de hambre por cumplirlo. ¡Ven aquí, mi alegre ratoncito! ¡Hocus, pocus, chás! Te transformo, temporalmente, en una dama respetable. Quédate ahí, en la palma de mi grandísima mano, querida, y escucha. Te casas con el pobre hombre al que amas, ratoncito, y la mitad de tus amigos te compadecen y la otra mitad te culpan. Y ahora, por el contrario, te vendes por oro a un hombre que no te importa, y todos tus amigos se regocijan por ti, y un ministro de culto religioso santifica el base horror del más vil de todos los tratos humanos, y sonríe y hace muecas después en tu mesa, si eres lo suficientemente educada como para invitarlo a desayunar. ¡Hocus, pocus, chás! Vuelve a ser un ratón y chilla. Si sigues siendo una dama mucho más tiempo, harás que me digas que la sociedad aborrece el crimen, y entonces, ratoncito, dudaré de que tus propios ojos y oídos te sirvan realmente para algo. ¡Ah! Soy un mal hombre, Lady Glyde, ¿no es así? Digo lo que los demás solo piensan, y cuando el resto del mundo está confabulado para aceptar la máscara como el verdadero rostro, la mía es la mano temeraria que arranca el cartón pintado y muestra los huesos desnudos que hay debajo. ¡Me levantaré sobre mis grandes patas de elefante, antes de hacerme más daño en sus estimables estimaciones; me levantaré y daré un pequeño paseo al aire libre por mi cuenta! Queridas damas, como decía su excelente Sheridan, me voy... y dejo mi reputación atrás.

Se levantó, puso la jaula sobre la mesa y se detuvo un momento a contar los ratones que había dentro. —Uno, dos, tres, cuatro... ¡Ah! —exclamó con cara de horror—, ¿dónde, en nombre del cielo, está el quinto... el más joven, el más blanco, el más amable de todos... mi benjamín de los ratones!

Ni Laura ni yo estábamos en disposición favorable de divertirnos. El cínico y fluido cinismo del conde había revelado una nueva faceta de su naturaleza ante la cual ambas retrocedimos. Pero era imposible resistirse al cómico desconsuelo de un hombre tan grandísimo por la pérdida de un ratón tan pequeñísimo. Reímos a pesar nuestro; y cuando Madame Fosco se levantó para dar el ejemplo de dejar el cobertizo vacío, de modo que su marido pudiera registrarlo hasta en sus rincones más recónditos, nosotras nos levantamos también para seguirla afuera.

Antes de que hubiéramos dado tres pasos, la aguda mirada del conde descubrió al ratón perdido bajo el banco que habíamos estado ocupando. Apartó el banco, cogió al animalito con la mano y de repente se detuvo, de rodillas, mirando fijamente un lugar determinado en el suelo justo debajo de él.

Cuando volvió a ponerse en pie, su mano temblaba de tal modo que apenas pudo devolver el ratón a la jaula, y su rostro presentaba un tono pálido y cetrino en su totalidad.

—¡Percival! —dijo en un susurro—. ¡Percival! Ven aquí.

Sir Percival no había prestado atención a ninguna de nosotras en los últimos diez minutos. Había estado completamente absorto dibujando cifras en la arena y borrándolas después con la punta de su bastón.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, acercándose con desgana y despreocupación al interior del cobertizo.

—¿No ves nada ahí? —dijo el conde, asiéndolo nerviosamente del cuello con una mano y señalando con la otra el lugar cerca del cual había hallado al ratón.

—Veo un montón de arena seca —respondió Sir Percival—, y una mancha de suciedad en medio.

—No es suciedad —susurró el conde, aferrando la otra mano de repente al cuello de Sir Percival y sacudiéndolo en su agitación—. Sangre.

Laura estaba lo bastante cerca como para oír la última palabra, por suave que la hubiera susurrado. Se volvió hacia mí con una mirada de terror.

—Tonterías, querida —dije—. No hay por qué alarmarse. Es solo la sangre de un pobre perrito callejero.

Todo el mundo se quedó atónito, y los ojos de todos se fijaron en mí de manera inquisitiva.

—¿Cómo sabes eso? —preguntó Sir Percival, hablando el primero.

—Encontré al perro aquí, muriéndose, el día en que todos ustedes regresaron del extranjero —respondí—. El pobre animal se había extraviado en la plantación y había sido disparado por su guardabosques.

—¿De quién era el perro? —inquirió Sir Percival—. ¿Ninguno de los míos?

—¿Intentaste salvar al pobre animal? —preguntó Laura con seriedad—. Seguro que intentaste salvarlo, ¿verdad, Marian?

—Sí —dije—, el ama de llaves y yo hicimos cuanto pudimos, pero el perro estaba mortalmente herido y murió entre nuestras manos.

—¿De quién era el perro? —insistió Sir Percival, repitiendo su pregunta con un punto de irritación—. ¿Uno de los míos?

—No, de los tuyos no.

—¿De quién entonces? ¿Lo sabía el ama de llaves?

El informe del ama de llaves sobre el deseo de la señora Catherick de ocultar su visita a Blackwater Park a Sir Percival acudió a mi memoria en el momento exacto en que él hizo esa última pregunta, y dudé a medias de la prudencia de responder; pero en mi ansiedad por calificar la alarma general, me había adelantado imprudentemente demasiado como para dar marcha atrás, salvo a riesgo de despertar sospechas que solo empeorarían las cosas. No había más remedio que responder de inmediato, sin pensar en las consecuencias.

—Sí —dije—. El ama de llaves lo sabía. Me dijo que era el perro de la señora Catherick.

Sir Percival había permanecido hasta entonces en el fondo del cobertizo con el conde Fosco, mientras yo le hablaba desde la puerta. Pero en cuanto el nombre de la señora Catherick cruzó mis labios, apartó al conde de un empujón brusco y se colocó cara a cara conmigo bajo la luz abierta del día.

—¿Cómo llegó el ama de llaves a saber que era el perro de la señora Catherick? —preguntó, fijando sus ojos en los míos con un interés y una atención ceñuda que a la vez me enojaron y me sobresaltaron.

—Lo sabía —dije con tranquilidad— porque la señora Catherick trajo al perro con ella.

—¿Lo trajo con ella? ¿Dónde lo trajo con ella?

—A esta casa.

—¿Qué diablos quería la señora Catherick en esta casa?

El modo en que planteó la pregunta era aún más ofensivo que el lenguaje con el que la expresó. Dejé patente mi opinión sobre su falta de educación elemental apartándome de él en silencio.

Justo cuando me apartaba, la mano persuasiva del conde se posó en su hombro y la voz meliflua de este intervino para apaciguarlo.

—¡Mi querido Percival!... ¡con calma... con calma!

Sir Percival se volvió con su gesto más airado. El conde se limitó a sonreír y repitió la aplicación calmante.

—¡Con calma, buen amigo... con calma!

Sir Percival dudó, me siguió unos pasos y, para mi gran sorpresa, me ofreció una disculpa.

—Le pido perdón, señorita Halcombe —dijo—. Últimamente no me encuentro bien y me temo que estoy un poco irascible. Pero me gustaría saber qué podría querer la señora Catherick por aquí. ¿Cuándo vino? ¿Fue el ama de llaves la única persona que la vio?

—La única persona —respondí—, hasta donde sé.

El conde intervino de nuevo.

—En ese caso, ¿por qué no interrogar al ama de llaves? —dijo—. ¿Por qué no ir, Percival, a la fuente misma de la información de inmediato?

—¡Muy bien dicho! —dijo Sir Percival—. Por supuesto, el ama de llaves es la primera persona a la que interrogar. Qué estupidez por mi parte no haberme dado cuenta yo mismo. —Con esas palabras nos dejó al instante para regresar a la casa.

El motivo de la intervención del conde, que al principio me había desconcertado, se reveló cuando Sir Percival le dio la espalda. Tenía una multitud de preguntas que hacerme acerca de la señora Catherick y de los motivos de su visita a Blackwater Park, las cuales apenas habría podido formular en presencia de su amigo. Di mis respuestas tan breves como pude por cortesía, pues ya había decidido frenar el menor atisbo de intercambio de confidencias entre el conde Fosco y yo. Laura, sin embargo, le ayudó inconscientemente a extraer toda mi información al hacer preguntas por su cuenta, lo que no me dejó más alternativa que responderle o parecer bajo la muy poco envidiable y falsa condición de depositaria de los secretos de Sir Percival. El resultado fue que, en unos diez minutos, el conde supo tanto como yo sobre la señora Catherick y sobre los acontecimientos que nos han vinculado de forma tan extraña con su hija Anne, desde el momento en que Hartright la conoció hasta el día de hoy.

El efecto de mi información sobre él fue, en cierto modo, bastante curioso.

Por mucho que conozca íntimamente a Sir Percival y por muy estrechamente vinculado que parezca estar a los asuntos privados de Sir Percival en general, es indudable que él se encuentra tan lejos como yo de saber nada de la verdadera historia de Anne Catherick. El misterio sin resolver en relación con esta infeliz mujer se vuelve ahora doblemente sospechoso a mis ojos, debido a la absoluta convicción que tengo de que la pista ha sido ocultada por Sir Percival al amigo más íntimo que tiene en el mundo. Era imposible equivocarse ante la ávida curiosidad de la mirada y los modales del conde mientras absorbía ávidamente cada palabra que salía de mis labios. Sé que hay muchas clases de curiosidad, pero no hay forma de malinterpretar la curiosidad de la sorpresa en blanco: si alguna vez la vi en mi vida, la vi en el rostro del conde.

Mientras transcurrían las preguntas y respuestas, habíamos ido paseando tranquilamente de regreso a través de la plantación. Tan pronto como llegamos a la casa, el primer objeto que vimos frente a ella fue el carruaje de Sir Percival, con el caballo enganchado y el mozo de cuadra esperando junto a él con su chaqueta de cuadra. Si se podía dar crédito a estas apariciones imprevistas, el interrogatorio al ama de llaves ya había dado importantes resultados.

—Un hermoso caballo, amigo mío —dijo el conde, dirigiéndose al mozo con la más cautivadora familiaridad en los modales—. ¿Va a salir a dar un paseo?

—No voy a salir, señor —respondió el hombre, mirando su chaqueta y preguntándose evidentemente si el caballero extranjero la tomaba por su librea—. Mi amo conduce él mismo.

—¡Ah, vaya! —dijo el conde—. ¿De verdad? Me extraña que se tome la molestia cuando le tiene a usted para conducir por él. ¿Va a fatigar a ese caballo tan bonito, brillante y valiente llevándolo muy lejos hoy?

—No lo sé, señor —respondió el hombre—. Si le parece bien, el señor, el caballo es una yegua. Es el animal con más brío que tenemos en las cuadras. Se llama Brown Molly, señor, y es capaz de correr hasta caer rendida. Sir Percival suele llevar a Isaac de York para las distancias cortas.

—¿Y a su brillante y valiente Brown Molly para las largas?

—Sí, señor.

—Inferencia lógica, señorita Halcombe —continuó el conde, girando en redondo con agilidad y dirigiéndose a mí—. Sir Percival va a hacer un largo recorrido hoy.

No respondí. Tenía mis propias deducciones que sacar de lo que sabía a través del ama de llaves y de lo que tenía ante mis ojos, y no me apetecía compartirlas con el conde Fosco.

Cuando Sir Percival estuvo en Cumbria (pensé para mí), caminó una gran distancia, por causa de Anne, para interrogar a la familia en Todd's Corner. Ahora que está en Hampshire, ¿va a conducir una gran distancia, también por causa de Anne, para interrogar a la señora Catherick en Welmingham?

Entramos todos en la casa. Al cruzar el vestíbulo, Sir Percival salió de la biblioteca a nuestro encuentro. Parecía apresurado, pálido y ansioso, pero a pesar de todo, se mostró de lo más cortés al hablarnos.

—Lamento decir que me veo obligado a marcharme —comenzó—; un viaje largo, un asunto que no puedo posponer fácilmente. Estaré de vuelta a buena hora mañana, pero antes de irme me gustaría que ese pequeño trámite de negocios del que hablé esta mañana quedara zanjado. Laura, ¿quieres venir a la biblioteca? No nos llevará ni un minuto, una mera formalidad. Condesa, ¿molestaría a usted también? Quiero que usted y la condesa, Fosco, sean testigos de una firma, nada más. Pasen de una vez y acabemos con esto.

Mantuvo la puerta de la biblioteca abierta hasta que hubieron entrado, los siguió y la cerró con suavidad.

Me quedé un momento después sola en el vestíbulo, con el corazón latiendo con fuerza y la mente augurándome tristes presagios. Luego me encaminé hacia la escalera y subí lentamente a mi habitación.

IV

17 de junio.—Justo cuando iba a poner la mano en el picaporte de mi habitación, oí la voz de sir Percival que me llamaba desde abajo.

—Te ruego que vuelves a bajar —dijo—. Es culpa de Fosco, señorita Halcombe, no mía. Ha puesto alguna objeción absurda a que su esposa sea una de las testigos, y me ha obligado a pedirle que nos acompañe en la biblioteca.

Entré en la estancia de inmediato con sir Percival. Laura estaba junto al bargueño, retorciendo y girando su sombrero de jardín con inquietud entre las manos. Madame Fosco se sentaba cerca de ella, en un sillón, admirando con imperturbabilidad a su esposo, quien permanecía solo en el otro extremo de la biblioteca, quitando las hojas secas de las flores en la ventana.

En cuanto aparecí, el conde se adelantó para recibirme y darme sus explicaciones.

—Mil perdones, señorita Halcombe —dijo—. ¿Conoce la fama que el buen Juan Pueblo atribuye a mis compatriotas? En su opinión, los italianos somos todos taimados y suspicaces por naturaleza. Créame a mí, por favor, tan falto de nobleza como el resto de mi raza. Soy un italiano taimado y un italiano suspicaz. Usted misma lo ha pensado, querida señora, ¿no es así? ¡Bien! Forma parte de mi timidez y de mi suspicacia oponerse a que Madame Fosco sea testigo de la firma de lady Glyde, cuando yo mismo soy también testigo.

—No hay ni sombra de razón para su objeción —interpuso sir Percival—. Le he explicado que la ley de Inglaterra permite a Madame Fosco ser testigo de una firma tanto como a su marido.

—Lo admito —retomó el conde—. La ley de Inglaterra dice que Sí, pero la conciencia de Fosco dice que No. —Extendió sus gordos dedos sobre el pecho de su blusa e hizo una reverencia solemne, como si quisiera presentarnos a su conciencia en calidad de incorporación ilustre a la sociedad—. Qué sea este documento que lady Glyde va a firmar —continuó—, ni lo sé ni deseo saberlo. Solo digo esto: en el futuro pueden darse circunstancias que obliguen a Percival, o a sus representantes, a apelar a los dos testigos, en cuyo caso resulta sin duda conveniente que dichos testigos representen dos opiniones perfectamente independientes la una de la otra. Esto no puede ser si mi esposa firma además de mí, porque entre ambos tenemos una sola opinión, y esa opinión es la mía. No quiero que me echen en cara, algún día venidero, que Madame Fosco actuó bajo mi coacción y que no fue, a decir verdad, testigo en absoluto. Hablo en interés de Percival cuando propongo que aparezca mi nombre (como el amigo más cercano del marido) y el suyo, señorita Halcombe (como la amiga más cercana de la esposa). Soy un jesuita, si así le place pensarlo; un buscador de cinco pies al gato; un hombre de minucias, caprichos y escrúpulos; pero se dignará complacerme, espero, por consideración piadosa hacia mi suspicaz carácter italiano y mi incómoda conciencia italiana. —Hizo una reverencia de nuevo, retrocedió unos pasos y retiró su conciencia de nuestra sociedad con tanta cortesía como la había introducido.

Los escrúpulos del conde podían ser lo bastante honorables y razonables, pero había algo en su modo de expresarlos que acrecentaba mi reticencia a verme involucrada en el asunto de la firma. Ninguna consideración de menor importancia que mi afecto por Laura me habría inducido a consentir en ser testigo. Una sola mirada, sin embargo, a su rostro angustiado me decidió a arriesgarlo todo antes que abandonarla.

—Me quedaré en la estancia con mucho gusto —dije—. Y si no encuentro motivo para albergar escrúpulos nimios por mi parte, puede contar conmigo como testigo.

Sir Percival me miró fijamente, como si fuera a decir algo. Pero en el mismo instante, Madame Fosco atrajo su atención al levantarse de su silla. Había pillado la mirada de su esposo y, evidentemente, había recibido órdenes de abandonar la estancia.

—No hace falta que te vayas —dijo sir Percival.

Madame Fosco volvió a buscar sus órdenes, las volvió a obtener, dijo que prefería dejarnos con nuestros asuntos y salió con paso firme. El conde encendió un cigarrillo, volvió a las flores de la ventana y lanzó nubecillas de humo hacia las hojas, con aire de la más profunda preocupación por acabar con los insectos.

Mientras tanto, sir Percival abrió un armario bajo una de las librerías y sacó de él un fragmento de pergamino, doblado longitudinalmente muchas veces. Lo colocó sobre la mesa, abrió únicamente el último doblez y mantuvo la mano sobre el resto. El último pliegue dejaba ver una tira de pergamino en blanco con pequeñas obleas pegadas en ciertos lugares. Cada línea de escritura quedaba oculta en la parte que él aún sostenía doblada bajo su mano. Laura y yo nos miramos. Su rostro estaba pálido, pero no mostraba indecisión ni temor.

Sir Percival mojó una pluma en tinta y se la tendió a su esposa. —Firma con tu nombre ahí —dijo, señalando el lugar—. Usted y Fosco firmarán después, señorita Halcombe, frente a esas dos obleas. ¡Ven aquí, Fosco! Ser testigo de una firma no es cosa de empanarse mirando por la ventana y exhalando humo hacia las flores.

El conde tiró su cigarrillo y se nos unió en la mesa, con las manos metidas descuidadamente en el ceñidor escarlata de su blusa y los ojos fijos con firmeza en el rostro de sir Percival. Laura, que estaba al otro lado de su marido con la pluma en la mano, lo miró también. Él se interpuso entre ambas sujetando el pergamino doblado con firmeza sobre la mesa, y lanzándome una rápida mirada a mí, que me sentaba enfrente, con una mezcla tan siniestra de suspicacia y desconcierto en el rostro que parecía más un reo ante el tribunal que un caballero en su propia casa.

—Firma ahí —repitió, volviéndose de repente hacia Laura y señalando una vez más el lugar en el pergamino.

—¿Qué es lo que he de firmar? —preguntó ella con calma.

—No tengo tiempo para explicarlo —respondió—. El pescante está en la puerta y debo marcharme de inmediato. Además, si tuviera tiempo, no lo entenderías. Es un documento puramente formal, lleno de tecnicismos legales y toda esa clase de cosas. ¡Vamos, vamos! Firma con tu nombre y acabemos cuanto antes.

—Debería saber con certeza lo que firmo, sir Percival, antes de estampar mi firma, ¿no?

—¿Tonterías! ¿Qué tienen que ver las mujeres con los negocios? Te lo repito, no puedes entenderlo.

—Al menos, déjeme intentar entenderlo. Cada vez que el señor Gilmore tenía algún asunto que encomendarme, me lo explicaba primero y yo siempre lo comprendía.

—Me lo creo. Él era tu sirviente y estaba obligado a dar explicaciones. Yo soy tu esposo y no estoy obligado. ¿Cuánto tiempo más piensas tenerme aquí? Te lo repito una vez más, no hay tiempo para leer nada; el pescante está aguardando en la puerta. De una vez por todas, ¿vas a firmar o no?

Aún tenía la pluma en la mano, pero no hizo ademán alguno de firmar con ella.

—Si mi firma me compromete a algo —dijo—, seguramente tengo algún derecho a saber en qué consiste ese compromiso.

Él levantó el pergamino y lo golpeó con ira sobre la mesa.

—¡Habla sin rodeos! —dijo—. Siempre fuiste famosa por decir la verdad. No te importe la señorita Halcombe, no te importe Fosco; di, en términos claros, que desconfías de mí.

El conde sacó una de sus manos del ceñidor y la puso sobre el hombro de sir Percival. Sir Percival la sacudió con irritación. El conde volvió a colocarla con imperturbable ecuanimidad.

—Controla tu desafortunado carácter, Percival —dijo—. Lady Glyde tiene razón.

—¡Razón! —exclamó sir Percival—. ¡Una esposa con razón para desconfiar de su marido!

—Es injusto y cruel acusarme de desconfiar de usted —dijo Laura—. Pregúntale a Marian si no estoy justificada al querer saber qué me exige este escrito antes de firmarlo.

—¡No consentiré que se hagan apelaciones a la señorita Halcombe! —replicó sir Percival—. La señorita Halcombe no tiene nada que ver en el asunto.

Yo no había hablado hasta entonces y habría preferido mucho no hablar ahora. Pero la expresión de angustia en el rostro de Laura al volverse hacia mí, y la insolente injusticia de la conducta de su esposo, no me dejaban más alternativa que dar mi opinión, por su bien, tan pronto como se me requirió.

—Dispense, sir Percival —dije—, pero como una de las testigos de la firma, me atrevo a pensar que sí tengo algo que ver en el asunto. La objeción de Laura me parece perfectamente justa y, hablando solo por mí, no puedo asumir la responsabilidad de ser testigo de su firma a menos que ella comprenda primero qué es el escrito que desea que firme.

—¡Una declaración bien fresca, a fe mía! —exclamó sir Percival—. La próxima vez que se invite a sí misma a la casa de un hombre, señorita Halcombe, le recomiendo que no pague su hospitalidad poniéndose de parte de su esposa contra él en un asunto que no le concierne.

Me puse en pie de un salto, tan repentinamente como si me hubiera golpeado. Si hubiera sido un hombre, lo habría derribado en el umbral de su propia puerta y habría abandonado su casa para no volver a pisarla jamás bajo ninguna circunstancia terrenal. ¡Pero yo era solo una mujer... y amaba tanto a su esposa!

Gracias a Dios, ese amor fiel me ayudó y volví a sentarme sin decir una palabra. Ella sabía lo que yo había sufrido y lo que había reprimido. Corrió hacia mí con lágrimas brotando de los ojos. —¡Oh, Marian! —susurró con suavidad—. ¡Si mi madre hubiera estado viva, no habría podido hacer más por mí!

—¡Vuelve y firma! —gritó sir Percival desde el otro lado de la mesa.

—¿Debo hacerlo? —preguntó ella junto a mi oído—. Lo haré si me lo dices.

—No —respondí—. La rectitud y la verdad están de tu parte; no firmes nada a menos que lo hayas leído antes.

—¡Vuelve y firma! —reiteró él con su tono más alto y enfurecido.

El conde, que había observado a Laura y a mí con atención estrecha y silenciosa, intervino por segunda vez.

—¡Percival! —dijo—. Recuerdo que me encuentro en presencia de señoras. Ten la amabilidad, por favor, de recordarlo tú también.

Sir Percival se volvió hacia él mudo de furia. La firme mano del conde apretó lentamente su presa sobre el hombro de este, y la voz pausada del conde repitió en voz baja: «Ten la amabilidad, por favor, de recordarlo tú también».

Ambos se miraron. Sir Percival retiró despacio su hombro de debajo de la mano del conde, apartó con lentitud el rostro de los ojos del conde, miró con tozudez durante un momento el pergamino sobre la mesa y luego habló, con la sumisión hosca de un animal domesticado antes que con la digna resignación de un hombre convencido.

—No quiero ofender a nadie —dijo—, pero la obstinación de mi esposa basta para poner a prueba la paciencia de un santo. Le he dicho que esto es meramente un documento formal, ¿y qué más puede desear? Podéis decir lo que os plazca, pero no forma parte de los deberes de una mujer desafiar a su marido. Una vez más, lady Glyde, y por última vez, ¿vas a firmar o no?

Laura regresó a su lado de la mesa y tomó la pluma de nuevo.

—Firmaré con mucho gusto —dijo—, si tan solo me tratas como a un ser responsable. Poco me importa qué sacrificio se me exija, si no afecta a nadie más y no conduce a malos resultados...

—¿Quién ha hablado de que se te exija ningún sacrificio? —interrumpió él, con un retorno medio reprimido de su violencia anterior.

—Solo quería decir —prosiguió ella— que no rechazaría ninguna concesión que pudiera hacer honrosamente. Si tengo escrúpulos en estampar mi firma en un compromiso del que no sé nada, ¿por qué habrías de castigármelo con tanta severidad? Me parece bastante duro, creo yo, tratar los escrúpulos del conde Fosco con tanta más indulgencia de la que has tenido con los míos.

Esta desafortunada y a la vez de lo más natural alusión al extraordinario poder del conde sobre su esposo, por indirecta que fuera, volvió a encender al instante el temperamento latente de sir Percival.

—¡Escrúpulos! —repitió—. ¡Tus escrúpulos! Es un poco tarde para que vengas a mostrarte escrupulosa. Hubiera pensado que ya habías superado toda debilidad de esa clase cuando hiciste de la necesidad virtud al casarte conmigo.

Al instante de pronunciar esas palabras, Laura arrojó la pluma, lo miró con una expresión en los ojos que, en toda mi experiencia con ella, jamás les había visto antes, y le dio la espalda en un silencio absoluto.

Esta rotunda manifestación del desprecio más abierto y amargo era tan totalmente impropia de ella, tan ajena a su carácter, que nos dejó a todos callados. Había algo oculto, sin lugar a dudas, bajo la pura brutalidad superficial de las palabras que su esposo acababa de dirigirle. Había algún insulto latente bajo ellas, del cual yo estaba por completo ignorante, pero que había dejado la marca de su profanación tan claramente en su rostro que incluso un desconocido habría podido advertirlo.

El conde, que no era ningún desconocido, lo vio con tanta claridad como yo. Cuando me levanté de la silla para reunirme con Laura, le oí susurrar en voz baja a sir Percival: «¡Estúpido!».

Laura caminó delante de mí hacia la puerta mientras avanzaba, y al mismo tiempo su marido le habló una vez más.

—¿Te niegas rotundamente, entonces, a darme tu firma? —dijo, con el tono alterado de un hombre consciente de que su propia laxitud de lenguaje le había perjudicado gravemente.

—Después de lo que acaba de decirme —respondió ella con firmeza—, niego mi firma hasta haber leído cada línea de ese pergamino, desde la primera palabra hasta la última. Vámonos, Marian, ya hemos estado aquí bastante tiempo.

—¡Un momento! —interpuso el conde antes de que sir Percival pudiera hablar de nuevo—, ¡un momento, lady Glyde, se lo suplico!

Laura se habría marchado de la estancia sin prestarle atención, pero la detuve.

—¡No te hagas enemiga al conde! —le susurré—. ¡Hagas lo que hagas, no te hagas enemiga al conde!

Ella cedió ante mí. Volví a cerrar la puerta y nos quedamos junto a ella esperando. Sir Percival se sentó a la mesa, con el codo sobre el pergamino doblado y la cabeza apoyada en el puño cerrado. El conde se interpuso entre ambas, dueño de la terrible situación en la que nos hallábamos, como era dueño de todo lo demás.

—Lady Glyde —dijo, con una suavidad que parecía dirigirse a nuestra desolada situación en lugar de a nosotras mismas—, le ruego que me perdone si me atrevo a ofrecer una sugerencia, y le ruego que crea que hablo desde mi profundo respeto y mi afectuoso miramiento hacia la señora de esta casa. —Se volvió bruscamente hacia sir Percival—. ¿Es absolutamente necesario —preguntó— que este objeto de aquí, bajo tu codo, sea firmado hoy?

—Es necesario para mis planes y deseos —respondió el otro con hostilidad—. Pero esa consideración, como habréis podido notar, no influye en lady Glyde.

—Responde a mi sencilla pregunta con claridad. ¿Puede aplazarse el asunto de la firma hasta mañana, sí o no?

—Sí, si así lo quieres.

—Entonces, ¿a qué pierdes el tiempo aquí? Deja que la firma espere hasta mañana; deja que espere hasta que regreses.

Sir Percival alzó la vista con el ceño fruncido y un juramento.

—Estás adoptando un tono conmigo que no me gusta —dijo—. Un tono que no le toleraré a ningún hombre.

—Te aconsejo por tu bien —replicó el conde con una sonrisa de silencioso desprecio—. Date tiempo, dale tiempo a lady Glyde. ¿Has olvidado que tu pescante espera en la puerta? Mi tono te sorprende, ¿eh? Supongo que sí; es el tono de un hombre que sabe conservar la calma. ¿Cuántas dosis de buenos consejos te he dado en mi tiempo? Más de las que puedes contar. ¿Alguna vez me he equivocado? Te desafío a que me cites un solo ejemplo. ¡Vete! Da tu paseo. El asunto de la firma puede esperar hasta mañana. Deja que espere y reanúdalo cuando vuelvas.

Sir Percival vaciló y miró su reloj. Su inquietud por el viaje secreto que debía realizar aquel día, avivada por las palabras del conde, disputaba ahora claramente el dominio de su mente con su anhelo de obtener la firma de Laura. Meditó unos instantes y luego se levantó de la silla.

—Es fácil rebatirme —dijo— cuando no tengo tiempo para responderte. Seguiré tu consejo, Fosco; no porque lo quiera o crea en él, sino porque no puedo seguir deteniéndome aquí. —Hizo una pausa y miró con oscuridad a su esposa—. ¡Si no me das tu firma cuando regrese mañana...! —El resto se perdió en el ruido de su apertura del armario de la librería y su nuevo cierre con llave del pergamino. Tomó su sombrero y sus guantes de la mesa y se encamino hacia la puerta. Laura y yo nos apartamos para dejarle pasar—. ¡Recuerda mañana! —le dijo a su esposa, y salió.

Aguardamos para darle tiempo a cruzar el vestíbulo y alejarse en carruaje. El conde se nos acercó mientras permanecíamos cerca de la puerta.

—Acaban de ver a Percival en su peor momento, señorita Halcombe —dijo—. Como su viejo amigo, lo siento por él y me avergüenzo de él. Como su viejo amigo, les prometo que mañana no volverá a estallar de la misma manera vergonzosa en que ha estallado hoy.

Laura se había aferrado a mi brazo mientras él hablaba y lo apretó de manera significativa al terminar. Habría sido una dura prueba para cualquier mujer presenciar cómo el papel de apologista de la mala conducta de su esposo era asumido con tranquilidad por su amigo varón en su propia casa, y fue una prueba para ella. Agradecí al conde cortésmente y la dejé salir. ¡Sí! Le di las gracias: porque sentía ya, con una sensación de inexpresible impotencia y humillación, que era o bien su interés o su capricho asegurarse de que yo continuara residiendo en Blackwater Park, y sabía, tras la conducta de sir Percival conmigo, que sin el respaldo de la influencia del conde no podía albergar esperanzas de permanecer allí. ¡Su influencia, la influencia de todas las que más temía, era en realidad el único vínculo que ahora me retenía junto a Laura en la hora de su extrema necesidad!

Oímos las ruedas del pescante crujir sobre la grava de la calzada al entrar en el vestíbulo. Sir Percival había emprendido su viaje.

—¿A dónde va, Marian? —susurró Laura—. Cada cosa nueva que hace parece aterrorizarme respecto al futuro. ¿Tienes alguna sospecha?

Tras lo que había padecido aquella mañana, me renuía a revelarle mis sospechas.

—¿Cómo voy a conocer sus secretos? —dije evasivamente.

—¿Crees que el ama de llaves lo sabrá? —insistió ella.

—Ciertamente no —repliqué—. Debe de estar tan ignorante como nosotras.

Laura negó con la cabeza llena de dudas.

—¿No oíste al ama de llaves decir que había rumores de que se había visto a Anne Catherick por los alrededores? ¿No crees que se haya ido a buscarla?

—Preferiría serenarme, Laura, no pensando en ello en absoluto, y tras lo ocurrido, harías bien en seguir mi ejemplo. Ven a mi habitación, descansa y cálmate un poco.

Nos sentamos juntas cerca de la ventana y dejamos que el fragante aire veraniego nos bañara el rostro.

—Me avergüenza mirarte, Marian —dijo—, después de lo que toleraste abajo por mi bien. ¡Oh, mi propio amor, tengo el corazón casi destrozado cuando lo pienso! ¡Pero intentaré enmendártelo, te lo juro!

—¡Sh, sh! —repliqué—; no hables así. ¿Qué es la insignificante mortificación de mi orgullo comparada con el terrible sacrificio de tu felicidad?

—¿Oíste lo que me dijo? —continuó ella con rapidez y vehemencia—. Oíste las palabras, pero no sabes lo que significaban; no sabes por qué tiré la pluma y le di la espalda. —Se levantó con repentina agitación y paseó por la habitación—. He guardado muchas cosas de tu conocimiento, Marian, por miedo a angustiarte y hacerte infeliz en los albores de nuestra nueva vida. No sabes cómo me ha tratado. Y sin embargo deberías saberlo, pues viste cómo me trató hoy. Le oíste mofarse de que me atreviera a ser escrupulosa; le oíste decir que había hecho de la necesidad virtud al casarme con él. —Volvió a sentarse, con el rostro intensamente encendido y las manos entrelazadas en su regazo—. No puedo contártelo ahora —dijo—; estallaré a llorar si te lo cuento ahora; más tarde, Marian, cuando esté más segura de mí misma. Me duele la pobre cabeza, cariño; me duele, me duele, me duele. ¿Dónde está tu frasco de sales? Déjame hablarte de ti. Ojalá le hubiera dado mi firma, por tu bien. ¿Se la daré mañana? Prefiero comprometerme yo misma antes que comprometerte a ti. Después de que me defendieras frente a él, él echará toda la culpa sobre ti si me niego otra vez. ¿Qué vamos a hacer? ¡Oh, si tuviéramos un amigo que nos ayudara y nos aconsejara; un amigo en quien pudiéramos confiar de verdad!

Suspiró con amargura. Vi en su rostro que estaba pensando en Hartright; lo vi con mayor claridad porque sus últimas palabras me llevaron a pensar en él a mí también. A los seis meses escasos de su matrimonio necesitábamos el fiel servicio que nos había ofrecido en sus palabras de despedida. ¡Qué poco llegué a pensar jamás que íbamos a necesitarlo!

—Debemos hacer lo que podamos para ayudarnos nosotras mismas —dije—. Intentemos hablarlo con calma, Laura; hagamos todo lo que esté en nuestra mano para decidir lo mejor.

Uniendo lo que ella sabía de los apuros económicos de su marido y lo que yo había oído de su conversación con el abogado, llegamos necesariamente a la conclusión de que el pergamino de la biblioteca se había redactado con el propósito de pedir dinero prestado, y que la firma de Laura era absolutamente indispensable para adecuarlo a la consecución del objetivo de sir Percival.

La segunda cuestión, relativa a la naturaleza del contrato legal mediante el cual se iba a obtener el dinero, y al grado de responsabilidad personal al que Laura podría someterse si lo firmaba a ciegas, implicaba consideraciones que escapaban por completo a cualquier conocimiento y experiencia que ambas poseyéramos. Mis propias convicciones me inclinaban a creer que el contenido oculto del pergamino encubría una transacción de la índole más mezquina y fraudulenta.

No había llegado a esta conclusión a raíz de la negativa de sir Percival a mostrar el escrito o a explicarlo, pues tal negativa bien podría haber dimanado de su disposición obstinada y su genio dominante por sí solos. Mi único motivo para desconfiar de su honradez surgía del cambio que había observado en su lenguaje y sus modales en Blackwater Park, un cambio que me convencía de que había estado representando un papel durante todo el periodo de su noviazgo en Limmeridge House. Su refinamiento esmerado, su cortesía ceremonial que armonizaba de forma tan grata con las ideas chapadas a la antigua del señor Gilmore, su modestia con Laura, su franqueza conmigo, su moderación con el señor Fairlie; todos esos eran los artificios de un hombre mezquino, taimado y brutal, que se había quitado el disfraz cuando su duplicidad practicada había alcanzado su fin, y se había mostrado abiertamente en la biblioteca ese mismo día. Nada digo de la pena que este descubrimiento me causó por causa de Laura, pues no puede expresarse con mis palabras. Tan solo lo menciono porque me decidió a oponerme a que firmara el pergamino, cualesquiera que fuesen las consecuencias, a menos que se le dieran a conocer previamente los contenidos.

En tales circunstancias, nuestra única oportunidad al llegar el día de mañana era contar con una objeción para no otorgar la firma que se fundamentara en bases comerciales o jurídicas lo suficientemente firmes como para tambalear la resolución de sir Percival y hacerle sospechar que nosotras dos, mujeres, comprendíamos las leyes y obligaciones de los negocios tan bien como él.

Tras meditarlo un poco, decidí escribir al único hombre honrado a nuestro alcance en quien pudiéramos confiar para que nos ayudara con discreción en nuestra desolada situación. Ese hombre era el socio del señor Gilmore, el señor Kyrle, quien llevaba los asuntos ahora que nuestro viejo amigo se había visto obligado a retirarse y abandonar Londres por motivos de salud. Le expliqué a Laura que contaba con la propia autoridad del señor Gilmore para depositar ciega confianza en la integridad, la discreción y el conocimiento preciso de todos sus asuntos por parte de su socio, y con su plena aprobación me senté al instante a redactar la carta. Comencé exponiendo nuestra situación al señor Kyrle tal cual era, y le pedí después su consejo, expresado en términos claros y directos que él pudiera comprender sin peligro de malas interpretaciones y errores. Mi carta fue tan breve como pude hacerla y estuvo, eso espero, libre de excusas innecesarias y detalles superfluos.

Justo cuando iba a poner la dirección en el sobre, Laura descubrió un obstáculo que, en el esfuerzo y la abstracción de la escritura, se me había escapado por completo de la memoria.

—¿Cómo vamos a recibir la respuesta a tiempo? —preguntó—. Tu carta no será entregada en Londres antes de mañana por la mañana, y el correo no traerá la réplica aquí hasta pasado mañana.

La única forma de sortear esta dificultad era lograr que la respuesta nos fuera traída desde la oficina del abogado por un mensajero especial. Añadí una posdata a tal efecto, rogando que el mensajero fuera despachado con la contestación en el tren matutino de las once, lo cual lo llevaría a nuestra estación a la una y veinte, permitiéndole de este modo llegar a Blackwater Park a más tardar a las dos. Se le daría instrucciones de preguntar por mí, de no responder a ninguna pregunta dirigida por nadie más y de no entregar su carta en manos que no fuesen las mías.

—En caso de que sir Percival regresara mañana antes de las dos —le dije a Laura—, el plan más prudente que puedes adoptar es estar fuera, en los jardines, toda la mañana con tu libro o tu labor, y no aparecer por la casa hasta que el mensajero haya tenido tiempo de llegar con la carta. Yo esperaré aquí por él toda la mañana, para precaverme de cualquier percance o error. Siguiendo esta disposición, confío y creo que evitaremos que nos cojan por sorpresa. Bajemos al salón ahora. Podemos levantar sospechas si permanecemos encerradas juntas demasiado tiempo.

—¿Suspicacias? —repitió ella—. ¿De quién podemos levantar sospechas, ahora que sir Percival ha abandonado la casa? ¿Te refieres al conde Fosco?

—Quizá sí, Laura.

—Empiezas a aborrecerlo tanto como yo, Marian.

—No, a aborrecerlo no. El desagrado va siempre más o menos asociado al desprecio; no veo nada digno de desprecio en el conde.

—No le temes, ¿verdad?

—Quizá sí... un poco.

—¿Temerle, después de su intervención a nuestro favor hoy!

—Sí. Temo más su intervención que la violencia de sir Percival. Recuerda lo que te dije en la biblioteca. ¡Hagas lo que hagas, Laura, no te hagas enemiga al conde!

Bajamos. Laura entró en el salón, mientras yo cruzaba el vestíbulo con la carta en la mano para depositarla en el buzón, que colgaba de la pared frente a mí.

La puerta de la casa estaba abierta y, al pasar por delante, vi al conde Fosco y a su mujer conversando de pie en los escalones de la entrada, con los rostros vueltos hacia mí.

La condesa entró en el vestíbulo con cierta premura y preguntó si disponía de tiempo para cinco minutos de conversación privada. Sintiéndome un tanto sorprendida por semejante ruego de tan singular persona, introduje mi carta en el buzón y respondí que estaba enteramente a su disposición. Me tomó del brazo con desacostumbrada amabilidad y familiaridad y, en lugar de guiarme a una habitación vacía, me condujo hacia el cinturón de césped que rodeaba el gran estanque de los peces.

Al rebasar al conde en los escalones, este hizo una reverencia, sonrió y entró de inmediato en la casa, empujando la puerta del vestíbulo tras de sí, aunque sin llegar a cerrarla del todo.

La condesa me paseó con suavidad alrededor del estanque. Esperaba convertirme en depositaria de alguna confidencia extraordinaria, y me sorprendió descubrir que la confidencia de Madame Fosco para mis oídos no era otra cosa que una cortés muestra de simpatía hacia mí, tras lo acontecido en la biblioteca. Su marido le había contado todo lo sucedido y el modo insolente en que sir Percival se había dirigido a mí. Esta información la había consternado y afligido tanto, por mí y por Laura, que se había propuesto, si algo semejante volvía a repetirse, dejar constancia de su repulsa ante la escandalosa conducta de sir Percival abandonando la casa. El conde había aprobado su ocurrencia y ahora confiaba en que yo también la aprobara.

Me pareció un proceder de lo más extraño por parte de una mujer tan extraordinariamente reservada como Madame Fosco, sobre todo tras el intercambio de agrias palabras que había mediado entre ambas durante la conversación en el cobertizo de los botes aquella misma mañana. Sin embargo, mi deber evidente era corresponder a una muestra de cortesía y amistad por parte de una persona de mayor edad con una réplica educada y afable. Respondí a la condesa en su propio tono y luego, pensando que ya habíamos dicho todo lo necesario por ambas partes, intenté regresar a la casa.

Pero Madame Fosco parecía resuelta a no separarse de mí y, para mi asombro indescriptible, resuelta también a hablar. Hasta entonces la más callada de las mujeres, ahora me acosaba con fluidas banalidades sobre el tema del matrimonio, sobre sir Percival y Laura, sobre su propia felicidad, sobre la conducta del difunto señor Fairlie con ella en lo tocante a su legado, y sobre media docena de asuntos más, hasta tenerme dando vueltas y más vueltas al estanque de los peces durante más de media hora, agotándome por completo. Si se percató de ello o no, no sabría decirlo, pero se detuvo tan de repente como había empezado, miró hacia la puerta de la casa, recobró su talante glacial en un instante y soltó mi brazo por propia iniciativa antes de que pudiera pensar en una excusa para lograr mi propia liberación.

Al empujar la puerta y entrar en el vestíbulo, me encontré de pronto cara a cara con el conde otra vez. Estaba justo introduciendo una carta en el buzón.

Tras dejarla caer y cerrar el buzón, me preguntó dónde había dejado a Madame Fosco. Se lo indiqué y salió por la puerta del vestíbulo de inmediato para unirse a su esposa. Su talante al hablarme era tan inusualmente silencioso y apagado que me volví para observarlo, preguntándome si estaría enfermo o indispuesto.

Por qué mi siguiente proceder consistió en dirigirme directamente al buzón, sacar mi propia carta y examinarla de nuevo con un vago recelo, y por qué el contemplarla por segunda vez me sugirió al instante la idea de lacrar el sobre para mayor seguridad, son misterios demasiado profundos o demasiado superficiales para que yo los sondeé. Las mujeres, como todo el mundo sabe, obran constantemente por impulsos que no pueden explicar ni ante sí mismas, y solo puedo conjeturar que uno de esos impulsos fue la causa oculta de mi inexplicable conducta en esta ocasión.

Cualquier fuerza que me animara, encontré motivo para felicitarme por haberle obedecido tan pronto como me dispuse a lacrar la carta en mi habitación. Originalmente había cerrado el sobre de la manera habitual, humedeciendo el extremo engomado y presionándolo sobre el papel inferior, y cuando ahora lo probé con el dedo, tras transcurrir tres cuartos de hora largos, el sobre se abrió al instante, sin pegarse ni desgarrarse. ¿Quizás no lo había asegurado lo suficiente? ¿Tal vez hubo algún defecto en la goma adhesiva?

O tal vez... ¡No! Resulta bastante repugnante sentir esa tercera conjetura removiéndose en mi mente. Prefiero no verla plantada ante mí en negro sobre blanco.

Temo casi al día de mañana; tanto depende de mi discreción y autocontrol. Hay dos precauciones, a fin de cuentas, que estoy segura de no olvidar. Debo tener cuidado de mantener apariencias amistosas con el conde, y he de estar muy alerta cuando el mensajero de la oficina llegue aquí con la respuesta a mi carta.

V

17 de junio.⁠—Cuando la hora de la cena volvió a reunirnos, el conde Fosco estaba de su excelente humor de costumbre. Se esmeró en interesarnos y divertirnos, como si estuviera decidido a borrar de nuestra memoria todo recuerdo de lo ocurrido en la biblioteca esa tarde. Vívidas descripciones de sus aventuras de viaje, anécdotas divertidas de personas notables que había conocido en el extranjero, singulares comparaciones entre las costumbres sociales de varias naciones, ilustradas con ejemplos extraídos indistintamente de hombres y mujeres de toda Europa, humorísticas confesiones de las inocentes insensateces de su propia primera juventud, cuando gobernaba las modas de una ciudad italiana de segunda categoría y escribía romances absurdos según el modelo francés para un periódico italiano de segunda categoría⁠—todo fluía de sus labios de forma tan sucesiva, fácil y alegre, y todo se dirigía a nuestras diversas curiosidades e intereses de manera tan directa y delicada, que Laura y yo lo escuchamos con tanta atención y, por inconsistente que pueda parecer, con tanta admiración también, como la propia Madame Fosco. Las mujeres pueden resistirse al amor de un hombre, a la fama de un hombre, al aspecto físico de un hombre y al dinero de un hombre, pero no pueden resistirse a la lengua de un hombre cuando este sabe cómo hablarles.

Después de cenar, mientras la favorable impresión que nos había producido aún seguía vívida en nuestra mente, el conde se retiró modestamente a leer a la biblioteca.

Laura propuso un paseo por los jardines para disfrutar del final de la larga tarde. Por pura educación era necesario pedir a Madame Fosco que nos acompañara, pero esta vez al parecer ya había recibido instrucciones previas y nos rogó que amablemente la disculpáramos. “El conde probablemente querrá un nuevo suministro de cigarrillos”, comentó a modo de disculpa, “y nadie se los sabe hacer a su gusto sino yo”. Sus fríos ojos azules casi se calentaron al pronunciar esas palabras⁠—¡se mostraba verdaderamente orgullosa de ser el medio oficioso a través del cual su señor y amo se calmaba con humo de tabaco!

Laura y yo salimos juntas a solas.

Era una tarde brumosa y pesada. Había una sensación de marchitez en el aire; las flores se inclinaban languidecientes en el jardín y la tierra estaba seca y sin rocío. El cielo occidental, tal como lo veíamos sobre los árboles silenciosos, presentaba un tono amarillo pálido, y el sol se ponía débilmente envuelto en una neblina. Se avecinaba la lluvia; probablemente caería al caer la noche.

⁠—¿Por dónde vamos?⁠ —pregunté.

⁠—Hacia el lago, Marian, si te parece bien⁠ —respondió.

⁠—Pareces extrañamente encariñada, Laura, con ese lúgubre lago.

⁠—No, no con el lago, sino con el paisaje que lo rodea. La arena, los brezos y los abetos son los únicos objetos que puedo descubrir en este inmensos lugar que me recuerden a Limmeridge. Pero pasearemos en otra dirección si lo prefieres.

⁠—No tengo paseos favoritos en Blackwater Park, querida. Uno me da lo mismo que otro. Vayamos al lago; tal vez encontremos más frescor en el espacio abierto que aquí.

Cruzamos la plantación sombría en silencio. La pesadez del aire vespertino nos oprimía a ambas, y cuando llegamos al cobertizo para botes nos alegramos de sentarnos a descansar en su interior.

Una neblina blanca pendía baja sobre el lago. La densa línea marrón de los árboles en la orilla opuesta aparecía sobre ella como un bosque enano flotando en el cielo. El terreno arenoso, que descendía en pendiente desde donde nos sentábamos, se perdía misteriosamente en las capas exteriores de la bruma. El silencio era horrible. Ningún susurro de hojas, ninguna nota de pájaro en el bosque, ningún grito de ave acuática en las charcas del lago oculto. Incluso el croar de las ranas había cesado esta noche.

⁠—Es muy desolador y sombrío⁠ —dijo Laura⁠—. Pero aquí podemos estar más a solas que en ninguna otra parte.

Habló en voz baja y contempló el erial de arena y niebla con ojos firmes y pensativos. Pude ver que su mente estaba demasiado ocupada para sentir las lúgubres impresiones del exterior que ya se habían aferrado a la mía.

⁠—Prometí, Marian, decirte la verdad sobre mi vida conyugal, en lugar de dejar que sigas adivinándola por ti misma⁠ —comenzó diciendo⁠—. Ese secreto es el primero que he tenido lejos de ti, amor mío, y estoy decidida a que sea el último. Guardé silencio, como sabes, por tu bien⁠— y tal vez también un poco por el mío. Es muy difícil para una mujer confesar que el hombre al que ha entregado toda su vida es el hombre de todos al que menos le importa ese regalo. Si tú estuvieras casada, Marian⁠— y especialmente si estuvieras felizmente casada⁠—, sentirías por mí como ninguna mujer soltera puede sentir, por muy amable y leal que sea.

¿Qué respuesta podía darle? Solo pude tomar su mano y mirarla con todo mi corazón, tan bien como mis ojos me lo permitieron.

⁠—¡Cuántas veces⁠ —continuó⁠— te he oído reírte de lo que solías llamar tu “pobreza”! ¡Cuántas veces me has hecho discursos de falsa felicitación por mi riqueza! Oh, Marian, no te rías nunca más. Da gracias a tu pobreza; te ha hecho dueña de tu propio destino y te ha salvado del sino que ha recaído sobre mí.

¡Un triste comienzo en los labios de una joven esposa!⁠—triste en su callada y franca verdad. Los pocos días que habíamos pasado juntas en Blackwater Park habían sido suficientes para demostrarme⁠—para demostrarle a cualquiera⁠— para qué se había casado su marido con ella.

⁠—No te angustiarás⁠ —dijo⁠— al escuchar cuán pronto comenzaron mis decepciones y mis pruebas, ni siquiera al saber cuáles fueron. Bastante malo es tenerlas en mi memoria. Si te cuento cómo recibió el primer y último intento de reproche que hice jamás, sabrás cómo me ha tratado siempre, tan bien como si te lo hubiera descrito con pelos y señales. Fue un día en Roma, cuando habíamos salido a cabalgar juntos hacia la tumba de Cecilia Metela. El cielo estaba sereno y encantador, y la grandiosa y vieja ruina lucía hermosa, y el recuerdo de que el amor de un marido la había levantado en los viejos tiempos en memoria de una esposa hizo que me sintiera hacia mi esposo con más ternura y ansiedad de la que jamás había sentido. “¿Construirías una tumba así para mí, Percival?”, le pregunté. “Dijiste que me amabas tiernamente antes de casarnos y, sin embargo, desde entonces...” No pude seguir. ¡Marian! ¡Ni siquiera me estaba mirando! Bajé el velo, pensando que era mejor no dejarle ver que tenía los ojos llenos de lágrimas. Imaginé que no me había prestado atención, pero sí lo había hecho. Dijo: “Vámonos”, y se rio para sus adentros mientras me ayudaba a subir al caballo. Montó en su propio caballo y volvió a reírse mientras nos alejábamos. “Si te construyo una tumba”, dijo, “se hará con tu propio dinero. Me pregunto si Cecilia Metela tenía fortuna y pagó la suya”. No respondí; ¿cómo iba a hacerlo, si estaba llorando detrás de mi velo? “Ah, las mujeres de tez clara sois todas unas malhumoradas”, dijo. “¿Qué queréis? ¿halagos y palabras dulces? ¡Pues bien! Estoy de buen humor esta mañana. Considera los cumplidos hechos y los discursos dichos”. Los hombres apenas saben, cuando nos dicen cosas duras, cuán bien las recordamos y cuánto daño nos hacen. Habría sido mejor para mí seguir llorando, pero su desprecio secó mis lágrimas y endureció mi corazón. Desde entonces, Marian, nunca volví a refrenarme al pensar en Walter Hartright. Dejé que el recuerdo de aquellos días felices, cuando nos queríamos tanto en secreto, volviera a consolarme. ¿Qué otra cosa tenía a la que mirar en busca de consuelo? Si hubiéramos estado juntas, me habrías ayudado a alcanzar cosas mejores. Sé que estuvo mal, querida, dime si estuve mal sin ninguna excusa.

Me vi obligada a apartar la vista de ella. ⁠—¡No me preguntes!⁠ —dije⁠—. ¿He sufrido yo como tú has sufrido? ¿Qué derecho tengo a decidir?

⁠—Solía pensar en él⁠ —prosiguió, bajando la voz y acercándose más a mí⁠—, solía pensar en él cuando Percival me dejaba sola por la noche para ir con la gente de la ópera. Solía imaginar cómo habría sido mi vida si le hubiera placido a Dios bendecirme con la pobreza y haber sido su esposa. Me veía a mí misma con mi vestido sencillo y económico, sentada en casa esperándole mientras él ganaba nuestro pan⁠— sentada en casa, trabajando para él y amándole tanto más cuanto que tenía que trabajar para él⁠—, viéndole entrar cansado, quitándole el sombrero y el abrigo y, Marian, complaciéndole con pequeños platos en la cena que había aprendido a hacer por su amor. ¡Oh, ojalá él nunca esté lo suficientemente solo y triste como para pensar en mí y verme como yo he pensado en él y le he visto!

Al pronunciar esas melancólicas palabras, toda la ternura perdida volvió a su voz y toda la belleza perdida tembló de regreso en su rostro. Sus ojos se posaron con tanto amor en la vista marchita, solitaria y aciaga que teníamos delante, como si vieran las amigables colinas de Cumberland en el cielo tenue y amenazante.

⁠—No hables más de Walter⁠ —dije tan pronto como pude controlarme⁠—. ¡Oh, Laura, ahórranos a las dos la desgracia de hablar de él ahora!

Ella se sacudió el estupor y me miró tiernamente.

⁠—Preferiría guardar silencio sobre él para siempre⁠ —respondió⁠— antes que causarte un momento de dolor.

⁠—Es por tu bien⁠ —argumenté⁠—, es por ti que hablo. Si tu marido te oyera...

⁠—No le sorprendería si me oyera.

Dio esa extraña respuesta con una calma y una frialdad cansadas. El cambio en sus modales al dar la contestación me sobresaltó casi tanto como la respuesta en sí.

⁠—¡Que no le sorprendería!⁠ —repetí⁠—. ¡Laura! Recuerda lo que estás diciendo... ¡me asustas!

⁠—Es verdad⁠ —dijo⁠—; es lo que quería contarte hoy, cuando hablábamos en tu habitación. Mi único secreto cuando le abrí mi corazón en Limmeridge era un secreto inofensivo, Marian; tú misma lo dijiste. El nombre fue lo único que le oculté, y él lo ha descubierto.

La escuché, pero no pude decir nada. Sus últimas palabras habían matado la poca esperanza que aún vivía en mí.

⁠—Ocurrió en Roma⁠ —continuó, con la misma calma y frialdad cansadas de antes⁠—. Estábamos en una pequeña fiesta ofrecida a los ingleses por unos amigos de sir Percival: el señor y la señora Markland. La señora Markland tenía fama de dibujar muy bien, y algunos de los invitados le pidieron que nos mostrara sus dibujos. Los admiramos todos, pero algo que dije atrajo su atención particularmente hacia mí. “¿Usted también dibuja, a que sí?”, preguntó. “Solía dibujar un poco antes⁠ —respondí⁠—, pero lo he dejado”. “Si alguna vez ha dibujado⁠ —dijo⁠—, puede que lo retome algún día, y si lo hace, me gustaría que me permitiera recomendarle un maestro”. No dije nada⁠ —ya sabes por qué, Marian⁠— e intenté cambiar de conversación. Pero la señora Markland insistió. “He tenido todo tipo de profesores⁠ —continuó⁠—, pero el mejor de todos, el más inteligente y atento, fue un tal señor Hartright. Si alguna vez retoma el dibujo, pruebe con él como maestro. Es un joven modesto y educado; estoy segura de que le gustará”. ¡Piénsate esas palabras dichas públicamente ante mí, en presencia de extraños, extraños que habían sido invitados a conocer a los recién casados! Hice todo lo posible por controlarme; no dije nada y miré fijamente los dibujos. Cuando me atreví a alzar de nuevo la cabeza, mis ojos y los de mi marido se cruzaron, y supe, por su expresión, que mi rostro me había delatado. “Ya veremos lo del señor Hartright⁠ —dijo, mirándome todo el tiempo⁠— cuando volvamos a Inglaterra. Estoy de acuerdo con usted, señora Markland; creo que a lady Glyde seguro que le gustará”. Puso un énfasis en las últimas palabras que me hizo arder las mejillas y latir el corazón como si fuera a asfixiarme. No se dijo nada más. Nos fuimos temprano. Él guardó silencio en el coche de regreso al hotel. Me ayudó a bajar y me siguió escaleras arriba como de costumbre. Pero en cuanto estuvimos en el salón, cerró la puerta con llave, me empujó a una silla y se cernió sobre mí con las manos en mis hombros. “Desde aquella mañana en que me hiciste tu audaz confesión en Limmeridge⁠ —dijo⁠—, he querido averiguar quién era el hombre, y lo encontré en tu cara esta noche. Tu profesor de dibujo era ese hombre, y se llama Hartright. Te arrepentirás, y él se arrepentirá, hasta el último día de vuestras vidas. Ahora vete a la cama y sueña con él si quieres, con las marcas de mi cuarta de montar en sus espaldas”. Cada vez que se enfada conmigo ahora, se refiere con una mueca o una amenaza a lo que le confesé en tu presencia. No tengo poder para evitar que dé su propia y horrible interpretación a la confidencia que puse en él. No tengo influencia para hacer que me crea o para obligarle a callar. Hoy te ha sorprendido oírle decir que yo había hecho de la necesidad virtud al casarme con él. No volverás a sorprenderte cuando le oigas repetirlo la próxima vez que pierda los estribos... ¡Oh, Marian! ¡No, no! ¡Me haces daño!

La había atrapado en mis brazos, y el aguijón y el tormento de mi remordimiento los habían cerrado en torno a ella como en un vice. ¡Sí! Mi remordimiento. La pálida desesperación en el rostro de Walter cuando mis crueles palabras lo golpearon en el corazón en el cenador de Limmeridge se alzó ante mí en un mudo e insoportable reproche. Mi mano había señalado el camino que alejó al hombre que mi hermana amaba, paso a paso, de su país y de sus amigos. Entre aquellos dos jóvenes corazones me había interpuesto para separarlos para siempre el uno del otro, y tanto la vida de él como la de ella yacían arrasadas ante mí como testigos de tal acción. Yo había hecho esto, y lo había hecho por sir Percival Glyde.

Por sir Percival Glyde.

La oí hablar, y supe por el tono de su voz que me estaba consolando... ¡a mí , que no merecía más que el reproche de su silencio! Cuánto tardé en dominar la abrumadora miseria de mis propios pensamientos, no sabría decirlo. Lo primero de lo que fui consciente fue de que me estaba besando, y entonces mis ojos parecieron despertar de repente a la percepción de las cosas exteriores, y supe que estaba mirando mecánicamente y de frente hacia el paisaje del lago.

⁠—Es tarde⁠ —le oí susurrar⁠—. Estará oscuro en la plantación.

Me sacudió el brazo y repitió: ⁠—¡Marian! Estará oscuro en la plantación.

⁠—Dame un minuto más⁠ —dije⁠—, un minuto para recuperarme.

Temía confiar en mí misma para mirarla todavía, y mantuve los ojos fijos en el paisaje.

Era tarde. La densa línea marrón de los árboles en el cielo se había desvanecido en la oscuridad creciente hasta adoptar el débil parecido de una larga guirnalda de humo. La bruma sobre el lago abajo se había extendido sigilosamente y avanzaba hacia nosotros. El silencio seguía siendo absoluto, pero el horror de este había desaparecido, y lo único que quedaba era el solemne misterio de su quietud.

⁠—Estamos lejos de la casa⁠ —susurró⁠—. Volvamos.

Se detuvo de repente y apartó el rostro de mí hacia la entrada del cobertizo para botes.

⁠—¡Marian!⁠ —dijo temblando violentamente⁠—. ¿No ves nada? ¡Mira!

⁠—¿Dónde?

⁠—Allí abajo, debajo de nosotros.

Señaló. Mis ojos siguieron su mano y también lo vi.

Una figura viva se movía sobre el erial de brezos a lo distancia. Cruzó nuestro campo de visión desde el cobertizo para botes y pasó oscura a lo largo del borde exterior de la bruma. Se detuvo muy lejos, frente a nosotros⁠—esperó⁠— y continuó; moviéndose lentamente, con la blanca nube de niebla detrás y encima de ella⁠— lentamente, lentamente, hasta deslizarse por el borde del cobertizo de botes y no la vimos más.

Ambas estábamos alteradas por lo ocurrido entre nosotras esa tarde. Transcurrieron varios minutos antes de que Laura seara aventurarse a entrar en la plantación y antes de que yo pudiera decidirme a conducirla de vuelta a la casa.

⁠—¿Era un hombre o una mujer?⁠ —preguntó en un susurro cuando por fin nos adentramos en la oscura y húmeda negrura del aire exterior.

⁠—No estoy segura.

⁠—¿Qué crees tú?

⁠—Parecía una mujer.

⁠—Temía que fuera un hombre con una capa larga.

⁠—Puede ser un hombre. Con esta luz tenue no es posible estar seguros.

⁠—¡Espera, Marian! Tengo miedo... no veo el sendero. ¿Y si la figura nos sigue?

⁠—Es muy poco probable, Laura. No hay realmente nada de qué alarmarse. Las orillas del lago no están lejos del pueblo, y son de libre tránsito para cualquiera de día o de noche. Lo único extraño es que no hayamos visto ninguna criatura viva por allí antes.

Estábamos ya en la plantación. Estaba muy oscura⁠—tan oscura que nos costaba mantenernos en el sendero. Le ofrecí mi brazo a Laura y caminamos lo más rápido que pudimos de regreso.

Antes de llegar a la mitad del trayecto se detuvo y me obligó a pararme con ella. Estaba escuchando.

⁠—Chitón⁠ —susurró⁠—. Oigo algo detrás de nosotros.

⁠—Hojarasca seca⁠ —le dije para animarla⁠—, o una ramita arrancada de los árboles a los vientos.

⁠—Es verano, Marian, y no corre ni un soplo de viento. ¡Escucha!

También oí el ruido: un sonido similar a unos ligeros pasos que nos seguían.

⁠—No importa quién o qué sea⁠ —dije⁠—. Sigamos andando. En otro minuto, si hay algo que deba alarmarnos, estaremos lo suficientemente cerca de la casa como para que se nos oiga.

Aceleramos el paso⁠—tan deprisa que Laura se quedó sin aliento casi al final de la plantación y a la vista de las ventanas iluminadas.

Esperé un momento para darle tiempo a respirar. Justo cuando íbamos a continuar, me volvió a detener y me indicó con la mano que escuchara una vez más. Ambas oímos claramente un suspiro largo y profundo a nuestras espaldas, en las negras profundidades de los árboles.

⁠—¿Quién anda ahí?⁠ —llamé.

No hubo respuesta.

⁠—¿Quién anda ahí?⁠ —repetí.

Siguió un instante de silencio, y entonces volvimos a oír la ligera caída de los pasos, cada vez más débiles⁠— desvaneciéndose en la oscuridad⁠—, apagándose, apagándose, apagándose⁠— hasta perderse en el silencio.

Salimos apresuradamente de entre los árboles hacia el césped abierto que se extendía más allá, lo cruzamos a toda velocidad y, sin mediar otra palabra entre nosotras, llegamos a la casa.

A la luz de la lámpara del recibidor, Laura me miró con las mejillas pálidas y los ojos sobresaltados.

⁠—Estoy medio muerta de miedo⁠ —dijo⁠—. ¿Quién habrá podido ser?

⁠—Intentaremos adivinarlo mañana⁠ —respondí⁠—. Entre tanto, no le digas nada a nadie de lo que hemos oído y visto.

⁠—¿Por qué no?

⁠—Porque el silencio es seguro, y en esta casa necesitamos seguridad.

Mandé a Laura arriba inmediatamente, esperé un minuto para quitarme el sombrero y alisarme el cabello, y luego fui directa a hacer mis primeras indagaciones en la biblioteca, con el pretexto de buscar un libro.

Allí estaba el conde, ocupando el sillón más grande de la casa, fumando y leyendo con calma, con los pies sobre un escabel, la corbata sobre las rodillas y el cuello de la camisa completamente abierto. Y allí estaba Madame Fosco, como un niño callado, en un taburete a su lado, haciendo cigarrillos. Ni el marido ni la mujer podían, de ninguna manera, haber salido tarde esa noche y haber regresado a la casa a toda prisa. Sentí que mi propósito al visitar la biblioteca se había cumplido en cuanto puse los ojos en ellos.

El conde Fosco se levantó con cortés confusión y se anudó la corbata al entrar yo en la estancia.

⁠—Por favor, no deje que la interrumpa⁠ —dije⁠—. Solo he venido a buscar un libro.

⁠—Todos los hombres desafortunados de mi corpulencia sufrimos el calor⁠ —dijo el conde, abanicándose con gravedad con un gran abanico verde⁠—. Ojalá pudiera cambiar de sitio con mi excelente esposa. Está en este momento tan fresca como un pez en el estanque de fuera.

La condesa se permitió descongelarse bajo la influencia de la peculiar comparación de su marido. ⁠—Nunca tengo calor, señorita Halcombe⁠ —comentó con el aire modesto de una mujer que confiesa uno de sus propios méritos.

⁠—¿Han salido usted y lady Glyde esta tarde?⁠ —preguntó el conde mientras yo sacaba un libro de las estanterías para guardar las apariencias.

⁠—Sí, fuimos a tomar un poco de aire.

⁠—¿Puedo preguntar en qué dirección?

⁠—En dirección al lago, hasta el cobertizo para botes.

⁠—¿Ah, sí? ¿Hasta el cobertizo para botes?

En otras circunstancias me habría ofendido su curiosidad. Pero esta noche la saludé como a otra prueba de que ni él ni su esposa estaban relacionados con la misteriosa aparición en el lago.

⁠—Ninguna otra aventura, supongo, esta estancia nocturna⁠ —prosiguió⁠—. ¿Ningún otro descubrimiento, como el del perro herido?

Fijó sus insondables ojos grises en mí, con ese brillo frío, claro e irresistible que siempre me obliga a mirarlo y me incomoda mientras lo hago. Una inefable sospecha de que su mente está espiando en la mía me abruma en estos momentos, y me abrumó ahora.

⁠—No⁠ —dije secamente⁠—; ninguna aventura, ningún descubrimiento.

Intenté apartar la mirada de él y salir de la habitación. Por extraño que parezca, dudo que lo hubiera conseguido si Madame Fosco no me hubiera ayudado haciendo que él se moviera y apartara la vista primero.

⁠—Conde, tiene a la señorita Halcombe de pie⁠ —dijo.

En cuanto se dio la vuelta para alcanzarme una silla, aproveché la oportunidad⁠—le di las gracias, me excusé y salí deslizándome.

Una hora más tarde, cuando la doncella de Laura casualmente se encontraba en la habitación de su señora, aproveché para mencionar la pesadez de la noche, con la intención de averiguar después cómo había pasado el tiempo la servidumbre.

⁠—¿Habéis sufrido mucho el calor abajo?⁠ —le pregunté.

⁠—No, señorita⁠ —dijo la muchacha⁠—, no lo hemos sentido apenas.

⁠—Entonces habréis estado en el bosque, supongo.

⁠—Algunos pensamos en ir, señorita. Pero la cocinera dijo que llevaría su silla al patio fresco, fuera de la puerta de la cocina, y pensándolo mejor, todos los demás también sacamos nuestras sillas allí.

El ama de llaves era ahora la única persona de la que faltaba dar cuenta.

⁠—¿Se ha acostado ya la señora Michelson?⁠ —inquirié.

⁠—Supongo que no, señorita⁠ —dijo la muchacha sonriendo⁠—. Es más probable que la señora Michelson se esté levantando ahora mismo que acostándose.

⁠—¿Por qué? ¿Qué quieres decir? ¿Se ha estado encamando la señora Michelson durante el día?

⁠—No, señorita, exactamente no, pero poco le falta. Se ha pasado la tarde durmiendo en el sofá de su propia habitación.

Juntando lo que observé por mí misma en la biblioteca y lo que acabo de oír de la doncella de Laura, parece inevitable una conclusión. La figura que vimos en el lago no era la de Madame Fosco, ni la de su esposo, ni la de ninguno de los sirvientes. Las pisadas que oímos detrás de nosotros no eran las de nadie perteneciente a la casa.

¿Quién pudo haber sido?

Parece inútil investigarlo. Ni siquiera puedo decidir si la figura era de hombre o de mujer. Solo puedo decir que creo que era de mujer.

VI

18 de junio⁠.—La miseria del reproche propio que sufrí ayer por la tarde, al oír lo que Laura me contó en el cobertizo de los botes, volvió en la soledad de la noche y me mantuvo despierta y desdichada durante horas.

Encendí mi vela al fin y busqué entre mis viejos diarios para ver cuál había sido realmente mi participación en el error fatal de su matrimonio, y qué podría haber hecho en otro tiempo para salvarla de él. El resultado me consoló un poco, pues demostró que, por ciega e ignorantemente que actué, actué con la mejor intención. Llorar por lo general me hace daño; pero no fue así anoche⁠—creo que me alivió. Me levanté esta mañana con una firme resolución y la mente tranquila. Nada de lo que Sir Percival pueda decir o hacer volverá a irritarme jamás, ni me hará olvidar por un solo instante que sigo aquí a pesar de las humillaciones, los insultos y las amenazas, para servir a Laura y por amor a Laura.

Las especulaciones en las que podríamos habernos abismado esta mañana acerca de la figura junto al lago y las pisadas en la plantación han quedado suspendidas por un pequeño accidente que le ha causado gran pesar a Laura. Ha perdido el pequeño broche que le regalé como recuerdo el día antes de su boda. Como lo llevaba puesto cuando salimos ayer por la tarde, solo podemos suponer que debió habérsele caído del vestido, ya en el cobertizo o en nuestro camino de vuelta. Han enviado a los sirvientes a buscarlo y han vuelto sin éxito. Y ahora la misma Laura ha ido a buscarlo. Lo encuentre o no, la pérdida ayudará a justificar su ausencia de la casa si Sir Percival regresa antes de que pongan en mis manos la carta del socio del señor Gilmore.

Acaba de dar la una. Estoy pensando si será mejor que espere aquí la llegada del mensajero de Londres, o que baje discretamente y esté al acecho fuera de la verja de la entrada.

Mis sospechas hacia todos y hacia todo en esta casa me inclinan a pensar que el segundo plan puede ser el mejor. El Conde está a salvo en el salón del desayuno. Le oí, a través de la puerta, mientras subía corriendo las escaleras hace diez minutos, enseñando trucos a sus canarios:⁠—«¡Salid a mi dedito, mis pre-pre-preciosos! ¡Salid y saltad arriba! ¡Un, dos, tres⁠—y arriba! ¡Tres, dos, uno⁠—y abajo! ¡Un, dos, tres⁠—pío-pío-pío-píu!». Los pájaros estallaron en su éxtasis habitual de canto, y el Conde les devolvió el trino y los silbidos como si fuera un pájaro él mismo. La puerta de mi habitación está abierta y puedo oír el agudo canto y los silbidos en este mismo momento. Si de verdad he de escaparme sin ser vista, este es mi momento.

Las cuatro. Las tres horas transcurridas desde mi última anotación han dado un giro total al curso de los acontecimientos en Blackwater Park. Para bien o para mal, no puedo ni me atrevo a decidirlo.

Déjenme volver primero al punto en el que lo dejé, o me perderé en la confusión de mis propios pensamientos.

Salí, tal como había propuesto, al encuentro del mensajero con mi carta de Londres en la puerta de la caseta del guarda. En las escaleras no vi a nadie. En el vestíbulo oí al conde todavía ejercitando a sus pájaros. Pero al cruzar el patio interior, me crucé con madame Fosco, que paseaba sola en su círculo favorito, dando vueltas y vueltas alrededor del gran estanque de los peces. De inmediato disminuí el paso, para evitar cualquier apariencia de prisa, y hasta llegué al extremo, por precaución, de preguntarle si pensaba salir antes del almuerzo. Me sonrió de la manera más amistosa, dijo que prefería quedarse cerca de la casa, asintió gratamente y volvió a entrar en el vestíbulo. Miré hacia atrás y vi que había cerrado la puerta antes de que yo abriera la puertecilla situada junto a las verjas para carruajes.

En menos de un cuarto de hora llegué a la caseta.

El camino de entrada exterior daba un giro repentino a la izquierda, seguía en línea recta unos cien metros y luego daba otro giro brusco a la derecha para unirse a la carretera principal. Entre estas dos curvas, oculta de la caseta por un lado y del camino a la estación por el otro, esperé, caminando de un lado para otro. Había altos setos a ambos lados y, durante veinte minutos, según mi reloj, no vi ni oí nada. Al cabo de ese tiempo, el ruido de un carruaje llegó a mis oídos y, al avanzar hacia la segunda curva, me salió al encuentro un coche de alquiler de la estación. Hice una señal al cochero para que se detuviera. Mientras obedecía, un hombre de aspecto respetable asomó la cabeza por la ventanilla para ver qué pasaba.

—Perdone —le dije—, ¿estoy en lo cierto al suponer que se dirige a Blackwater Park?

—Sí, señora.

—¿Con una carta para alguien?

—Con una carta para la señorita Halcombe, señora.

—Puede darme la carta a mí. Yo soy la señorita Halcombe.

El hombre se tocó el sombrero, bajó del coche inmediatamente y me dio la carta.

La abrí de golpe y leí estas líneas. Las copio aquí, pues considero mejor destruir el original por precaución.

Leí esta carta, amable y sensata, con muchísima gratitud. Le proporcionaba a Laura un motivo irrefutable para oponerse a la firma, uno que ambas podíamos comprender. El mensajero esperó cerca de mí mientras leía para recibir sus instrucciones al terminar.

—¿Sería tan amable de decir que he comprendido la carta y que se lo agradezco muchísimo? —le dije—. De momento no es necesaria ninguna otra respuesta.

Exactamente en el momento en que pronunciaba esas palabras, con la carta abierta en la mano, el conde Fosco dobló la esquina del camino que venía de la carretera principal y se plantó ante mí como si hubiera brotado de la tierra.

La repentina aparición de este, en el último lugar del mundo en el que hubiera esperado verlo, me cogió completamente por sorpresa. El mensajero me dio los buenos días y volvió a subir al coche de alquiler. No pude decirle una sola palabra; ni siquiera fui capaz de devolverle la inclinación de cabeza. La convicción de que me habían descubierto —y precisamente ese hombre, entre todos— me petrificó por completo.

—¿Va de regreso a la casa, señorita Halcombe? —inquirió, sin mostrar la menor sorpresa por su parte y sin siquiera mirar el coche de alquiler, que se alejaba mientras me hablaba.

Me recobré lo suficiente como para hacer una señal afirmativa.

—Yo también regreso —dijo—. Le ruego que me permita el placer de acompañarla. ¿Me toma del brazo? ¡Parece sorprendida de verme!

Le tomé del brazo. El primero de mis dispersos sentidos en regresar fue el que me advertía que debía sacrificar cualquier cosa antes que hacerme enemiga suya.

—¡Parece sorprendida de verme! —repitió a su manera tranquila y pertinaz.

—Creí, conde, que lo había oído con sus pájaros en el salón del desayuno —repliqué tan con calma y firmeza como pude.

—Ciertamente. Pero mis pequeños niños con plumas, querida dama, se parecen demasiado a los demás niños. Tienen sus días de perversidad, y esta mañana ha sido uno de ellos. Mi esposa entró cuando los estaba devolviendo a su jaula y dijo que la había dejado a usted saliendo sola a dar un paseo. Se lo dijo a ella, ¿no es verdad?

—Por supuesto.

—Bien, señorita Halcombe, el placer de acompañarla era una tentación demasiado grande para resistirme. A mi edad no hay daño en confesar tanto como eso, ¿verdad? Cogí mi sombrero y me puse en marcha para ofrecerme como su escolta. Incluso un viejo tan gordo como Fosco es sin duda mejor que no tener escolta en absoluto. Tomé el camino equivocado, regresé desesperado y aquí estoy, llegado (¿puedo decirlo?) a la cúspide de mis deseos.

Siguió charlando en este tono de cumplidos con una fluidez que no me dejó más esfuerzo que hacer que el de mantener la compostura. Jamás se refirió de la forma más lejana a lo que había visto en el camino, ni a la carta que aún tenía en la mano. Esta ominosa discreción ayudó a convencerme de que debía de haber sorprendido, por los medios más deshonestos, el secreto de mi gestión en interés de Laura ante el abogado; y de que, habiéndose asegurado ya de la manera privada en que había recibido la respuesta, había descubierto lo suficiente para convenir a sus propósitos y solo estaba empeñado en calmar las sospechas que sabía debía haber despertado en mi mente. Fui lo suficientemente sensata, bajo estas circunstancias, como para no intentar engañarle con explicaciones plausibles, y lo suficientemente mujer, a pesar de mi temor hacia él, como para sentir que mi mano estaba manchada por reposar en su brazo.

En la entrada para carruajes frente a la casa nos cruzamos con el pescante que conducían hacia los establos. Sir Percival acababa de regresar. Salió a nuestro encuentro en la puerta de la casa. Cualesquiera que hubiesen sido los demás resultados de su viaje, no había terminado por suavizar su carácter salvaje.

—¡Vaya! Aquí vuelven dos de ustedes —dijo con el ceño fruncido—. ¿Qué significa que la casa esté desierta de esta manera? ¿Dónde está lady Glyde?

Le hablé de la pérdida del broche y le conté que Laura había entrado en la plantación para buscarlo.

—Broche o no broche —gruñó huraño—, le recomiendo que no olvide su cita en la biblioteca esta tarde. Espero verla dentro de media hora.

Retiré mi mano del brazo del conde y subí lentamente los escalones. Él me honró con una de sus magníficas reverencias y luego se dirigió jovialmente al ceñudo dueño de la casa.

—Dime, Percival —le dijo—, ¿has tenido un paseo agradable? ¿Y ha regresado tu bonita y reluciente Brown Molly nada cansada?

—¡Que le den a Brown Molly y al paseo también! Quiero almorzar.

—Y yo quiero hablar contigo cinco minutos, Percival, primero —replicó el conde—. Cinco minutos de charla, amigo mío, aquí sobre el césped.

—¿Sobre qué?

—Sobre un asunto que te concierne muy de cerca.

Me detuve el tiempo suficiente al pasar por la puerta del vestíbulo para oír esta pregunta y respuesta, y para ver a Sir Percival meter las manos en los bolsillos con hosca vacilación.

—Si quieres atosigarme con más de tus malditos escrúpulos —dijo—, yo, al menos, no voy a escucharlos. Quiero almorzar.

—Sal aquí y háblame —repitió el conde, todavía totalmente inmune al discurso más grosero que su amigo pudiera dirigirle.

Sir Percival bajó los escalones. El conde lo tomó del brazo y se lo llevó caminando suavemente. El «asunto», estaba segura, se refería a la cuestión de la firma. Estaban hablando de Laura y de mí, sin lugar a dudas. Me sentí desfallecer y con una angustia mortal. Podría ser de suma importancia para ambas saber lo que se estaban diciendo el uno al otro en ese momento, y ni una sola palabra de ello podía llegar por ningún motivo a mis oídos.

Caminé por la casa, de habitación en habitación, con la carta del abogado en el pecho (por entonces temía incluso confiarla bajo llave), hasta que la opresión de mi suspense casi me vuelve loca. No había indicios de que Laura regresara y pensé en salir a buscarla. Pero mis fuerzas estaban tan agotadas por las pruebas y las zozobras de la mañana que el calor del día me abrumaba por completo y, tras un intento de llegar a la puerta, me vi obligada a regresar al salón y tumbarme en el sofá más cercano para recuperarme.

Apenas me estaba calmando cuando la puerta se abrió suavemente y el conde asomó la cabeza.

—Mil perdones, señorita Halcombe —dijo—; solo me atrevo a molestarla porque soy portador de buenas noticias. Percival —que es caprichoso en todo, como sabe— ha tenido a bien cambiar de opinión a último momento, y el asunto de la firma queda pospuesto por el momento. Un gran alivio para todos nosotros, señorita Halcombe, tal como veo con agrado en su rostro. Le ruego que presente mis respetos y felicitaciones cuando mencione este agradable cambio de circunstancias a lady Glyde.

Me dejó antes de que me hubiera recuperado de mi asombro. No cabía duda de que este extraordinario cambio de propósito en el asunto de la firma se debía a su influencia, y de que su descubrimiento de mi gestión en Londres ayer, y de haber recibido una respuesta hoy, le había ofrecido los medios de interferir con un éxito rotundo.

Sentí estas impresiones, pero mi mente parecía compartir el agotamiento de mi cuerpo y no estaba en condiciones de detenerme en ellas con ninguna referencia útil al presente dudoso o al futuro amenazante. Intenté por segunda vez salir corriendo a buscar a Laura, pero me daba vueltas la cabeza y me temblaban las rodillas. No había más remedio que desistir de nuevo y volver al sofá, muy a pesar mío.

La quietud de la casa y el zumbido sordo y murmurante de los insectos de verano al otro lado de la ventana abierta me calmaron. Mis ojos se cerraron por sí solos y caí gradualmente en un estado extraño, que no era vigilia —pues no sabía nada de lo que ocurría a mi alrededor— ni sueño —pues era consciente de mi propio reposo. En este estado, mi mente afiebrada se desató mientras mi fatigado cuerpo descansaba, y en un trance o ensoñación de mi fantasía —no sé cómo llamarlo— vi a Walter Hartright. No había pensado en él desde que me levanté aquella mañana —Laura no me había dirigido ni una sola palabra refiriéndose a él directa ni indirectamente— y, sin embargo, lo veía ahora tan claramente como si el tiempo pasado hubiera regresado y ambos estuviéramos juntos otra vez en Limmeridge House.

Se me apareció como uno entre muchos otros hombres, ninguno de cuyos rostros podía distinguir claramente. Todos yacían en las escaleras de un inmenso templo en ruinas. Árboles tropicales colosales —con enredaderas parásitas enroscándose sin fin alrededor de sus troncos, y horribles ídolos de piedra brillando y sonriendo a intervalos tras hojas, tallos y ramas— rodeaban el templo, ocultaban el cielo y proyectaban una lúgubre sombra sobre el desamparado grupo de hombres en las escaleras. Exhalaciones blancas se torcían y rizaban sigilosamente desde el suelo, se acercaban a los hombres en coronas como humo, los tocaban y los tendían muertos, uno por uno, en los lugares donde yacían. Una agonía de compasión y miedo por Walter desató mi lengua y le imploré que escapara. «¡Vuelve, vuelve! —le dije—. ¡Recuerda tu promesa hacia ella y hacia mí! ¡Vuelve con nosotras antes de que la pestilencia te alcance y te deje muerto como a los demás!».

Me miró con una calma sobrenatural en el rostro. «Espera —dijo—, volveré. La noche en que conocí a la mujer perdida en la carretera fue la noche que apartó mi vida para ser el instrumento de un designio aún invisible. Aquí, perdido en el desierto, o allí, recibido de vuelta en la tierra de mi nacimiento, sigo caminando por el camino oscuro que me conduce a mí, y a ti, y a la hermana de tu amor y del mío, hacia la retribución desconocida y el fin inevitable. Espera y observa. La pestilencia que toca a los demás me pasará de largo».

Lo volví a ver. Seguía en el bosque y el número de sus compañeros perdidos se había reducido a muy pocos. El templo había desaparecido, y los ídolos también, y en su lugar las figuras de hombres oscuros y enanos acechaban asesinadamente entre los árboles, con arcos en las manos y flechas ajustadas a la cuerda. Una vez más temí por Walter y grité para advertirle. Una vez más se volvió hacia mí, con la inmutable calma en el rostro.

«Un paso más —dijo— en el camino oscuro. Espera y observa. Las flechas que golpean a los demás me perdonarán».

Lo vi por tercera vez en un barco naufragado, encallado en una costa salvaje y arenosa. Los botes sobrecargados se alejaban de él hacia tierra, y él era el único que quedaba para hundirse con el barco. Le grité que llamara al último bote y hiciera un último esfuerzo por su vida. El rostro tranquilo me miró a cambio y la voz imperturbable me devolvió la inalterable respuesta: «Otro paso en el viaje. Espera y observa. El mar que ahoga a los demás me perdonará».

Lo vi por última vez. Estaba arrodillado junto a una tumba de mármol blanco, y la sombra de una mujer velada surgía de la tumba de abajo y esperaba a su lado. La calma sobrenatural de su rostro se había convertido en un dolor sobrenatural. Pero la terrible certeza de sus palabras seguía siendo la misma. «Más y más oscuro —dijo—; más y más lejos. La muerte se lleva a los buenos, a los bellos y a los jóvenes, y me perdona. La pestilencia que devasta, la flecha que hiere, el mar que ahoga, la tumba que se cierra sobre el amor y la esperanza, son pasos de mi viaje y me acercan cada vez más al final».

Mi corazón se desplomó bajo un pavor más allá de las palabras, bajo un dolor más allá de las lágrimas. La oscuridad envolvió al peregrino junto a la tumba de mármol; envolvió a la mujer velada salida de la tumba; envolvió al soñador que los contemplaba. No vi ni oí nada más.

Me despertó una mano posada en mi hombro. Era la de Laura.

Se había dejado caer de rodillas junto al sofá. Su rostro estaba sonrojado y agitado, y sus ojos se encontraron con los míos de una manera salvaje y desconcertada. Me sobresalté en el instante en que la vi.

—¿Qué ha pasado? —pregunté—. ¿Qué te ha asustado?

Miró alrededor hacia la puerta entreabierta, acercó sus labios a mi oreja y respondió en un susurro:

—¡Marian! ¡La figura en el lago! ¡Los pasos de anoche! ¡Acabo de verla! ¡Acabo de hablar con ella!

—¿Quién, por el amor de Dios?

—Anne Catherick.

Estaba tan sobresaltada por la alteración en el rostro y los modales de Laura, y tan consternada por las primeras impresiones al despertar de mi sueño, que no estaba en condiciones de soportar la revelación que estalló sobre mí cuando ese nombre cruzó sus labios. Me quedé clavada en el suelo, mirándola en un silencio sin aliento.

Estaba demasiado absorta por lo ocurrido como para notar el efecto que su respuesta había producido en mí. «¡He visto a Anne Catherick! ¡He hablado con Anne Catherick!», repitió como si no me hubiera oído. «¡Oh, Marian, tengo tantas cosas que contarte! Vámonos, podemos ser interrumpidas aquí; ven de inmediato a mi habitación».

Con esas palabras impacientes me cogió de la mano y me guio a través de la biblioteca hasta la última habitación de la planta baja, que había sido acondicionada para su uso exclusivo. Ninguna tercera persona, salvo su doncella, podía tener excusa alguna para sorprendernos aquí. Me empujó delante de ella, echó la llave y corrió las cortinas de cretona que pendían por dentro.

El extraño y aturdidor sentimiento de adormecimiento que se había apoderado de mí aún persistía. Pero una creciente convicción de que las complicaciones que durante tanto tiempo habían amenazado con acumularse a su alrededor, y a mi alrededor, se habían cerrado de repente con fuerza sobre ambas, empezaba ahora a penetrar en mi mente. No podía expresarlo con palabras; apenas lograba vislumbrarlo vagamente en mis propios pensamientos. «¡Anne Catherick!», me susurré a mí misma con inútil e impotente reiteración. «¡Anne Catherick!».

Laura me llevó hasta el asiento más cercano, una otomana en medio de la habitación. «¡Mira! —dijo—. ¡Mira aquí!»; y señaló el pecho de su vestido.

Vi, por primera vez, que el broche perdido volvía a estar prendido en su sitio. Había algo real en la visión de este, algo real en tocarlo después, que parecía estabilizar el torbellino y la confusión de mis pensamientos y ayudarme a serenarme.

—¿Dónde encontraste tu broche? —Las primeras palabras que pude decirle fueron las que plantearon esa trivial pregunta en ese momento tan importante.

—Ella lo encontró, Marian.

—¿Dónde?

—En el suelo del cobertizo para botes. ¡Oh, cómo voy a empezar, cómo voy a contártelo! Me habló de un modo tan extraño... ¡Tenía un aspecto tan terriblemente enfermizo...! ¡Se marchó de repente!

Su voz se elevó a medida que el tumulto de sus recuerdos presionaba su mente. La desconfianza inveterada que pesa, noche y día, sobre mi espíritu en esta casa, me impulsó al instante a advertirla —tal como la visión del broche me había impulsado a interrogarla, el instante antes.

—Habla bajo —dije—. La ventana está abierta y el sendero del jardín pasa por debajo. Empieza por el principio, Laura. Cuéntame, palabra por palabra, lo que pasó entre esa mujer y tú.

—¿Cierro la ventana?

—No, solo habla bajo; solo recuerda que Anne Catherick es un tema peligroso bajo el techo de tu esposo. ¿Dónde la viste por primera vez?

—En el cobertizo para botes, Marian. Salí, como sabes, a buscar mi broche, y caminé por el sendero a través de la plantación, mirando el suelo con atención a cada paso. Así avancé, después de un buen rato, hasta el cobertizo y, tan pronto como estuve dentro, me arrodillé para rebuscar por el suelo. Aún estaba registrando con la espalda hacia la puerta cuando oí que una voz suave y extraña detrás de mí decía: “Señorita Fairlie”.

—¡Señorita Fairlie!

—Sí, mi antiguo nombre, el nombre querido y familiar del que creí haberme separado para siempre. Me incorporé de un salto —no asustada, la voz era demasiado amable y gentil para asustar a nadie—, pero muy sorprendida. Allí, mirándome desde la puerta, estaba una mujer cuyo rostro no recordaba haber visto jamás...

—¿Cómo iba vestida?

—Llevaba un vestido blanco, limpio y bonito, y por encima un chal oscuro, pobre, gastado y fino. Su sombrero era de paja marrón, tan pobre y gastado como el chal. Me llamó la atención la diferencia entre su vestido y el resto de su atuendo, y ella vio que lo había notado. “No mires mi sombrero y mi chal —dijo, hablando de un modo rápido, sin aliento y repentino—; si no puedo llevar blanco, me da igual lo que lleve. Mira mi vestido todo lo que quieras, no me avergüenzo de eso”. Muy extraño, ¿verdad? Antes de que pudiera decirle nada para calmarla, extendió una de sus manos y vi mi broche en ella. Me sentí tan contenta y tan agradecida que me acerqué bastante a ella para decirle lo que realmente sentía. “¿Estás lo suficientemente agradecida como para hacerme un pequeño favor?”, preguntó. “Sí, de verdad —respondí—, cualquier favor que esté en mi mano estaré encantada de hacerte”. “Entonces déjame que te prenda el broche, ahora que lo he encontrado”. Su petición fue tan inesperada, Marian, y la hizo con tal entusiasmo extraordinario, que retrocedí uno o dos pasos, sin saber muy bien qué hacer. “¡Ah! —dijo—, tu madre me habría dejado prender el broche”. Había algo en su voz y en su mirada, así como en su mención de mi madre de ese modo reprochador, que me hizo avergonzarme de mi desconfianza. Tomé su mano con el broche en ella y la llevé suavemente al pecho de mi vestido. “¿Conociste a mi madre?”, le dije. “¿Fue hace mucho tiempo? ¿Te he visto alguna vez antes?”. Sus manos estaban ocupadas abrochando el broche; se detuvo y las presionó contra mi pecho. “No recuerdas un hermoso día de primavera en Limmeridge —dijo—, y a tu madre bajando por el sendero que conducía a la escuela, con una niña a cada lado? No he tenido otra cosa en qué pensar desde entonces, y lo recuerdo. Tú eras una de las niñas y yo la otra. La bonita y lista señorita Fairlie y la pobre y aturdida Anne Catherick estaban más cerca la una de la otra entonces que ahora”.

—¿La recordaste, Laura, cuando te dijo su nombre?

—Sí, recordé que me habías preguntado por Anne Catherick en Limmeridge, y que habías dicho que una vez se había considerado que se parecía a mí.

—¿Qué te recordó eso, Laura?

—Ella me lo recordó. Mientras la miraba, mientras estaba muy cerca de mí, ¡me vino de repente a la mente que nos parecíamos! Su rostro estaba pálido, delgado y cansado; pero la visión de este me sobresaltó, como si hubiera sido la visión de mi propia cara en el espejo tras una larga enfermedad. El descubrimiento —no sé por qué— me produjo tal impacto que fui totalmente incapaz de hablarle en ese momento.

—¿Pareció ofendida por tu silencio?

—Me temo que se ofendió. “No tienes el rostro de tu madre —dijo—, ni el corazón de tu madre. El rostro de tu madre era oscuro y el corazón de tu madre, señorita Fairlie, era el corazón de un ángel”. “Estoy segura de que siento afecto hacia ti —le dije—, aunque tal vez no sepa expresarlo como debiera. ¿Por qué me llamas señorita Fairlie?”. “Porque amo el nombre de Fairlie y odio el nombre de Glyde”, estalló con violencia. No había visto nada parecido a la locura en ella antes de esto, pero me pareció verla ahora en sus ojos. “Solo pensé que tal vez no sabías que estoy casada”, le dije, recordando la carta enloquecida que me escribió en Limmeridge y tratando de calmarla. Suspiró amargamente y se apartó de mí. “¿Que no sabía que estabas casada? —repitió—. Estoy aquí porque estás casada. Estoy aquí para hacer penitencia ante ti, antes de encontrarme con tu madre en el mundo más allá de la tumba”. Se alejó cada vez más de mí, hasta salir del cobertizo para botes, y entonces observó y escuchó durante un rato. Cuando se dio la vuelta para hablar de nuevo, en lugar de regresar, se quedó donde estaba, mirando hacia dentro, con una mano a cada lado de la entrada. “¿Me viste en el lago anoche? —dijo—. ¿Me oíste seguirte en el bosque? He estado esperando días enteros para hablar contigo a solas; he dejado a la única amiga que tengo en el mundo, preocupada y asustada por mí; me he arriesgado a ser encerrada otra vez en el manicomio... y todo por ti, señorita Fairlie, todo por ti”. Sus palabras me alarmaron, Marian, y sin embargo había algo en su forma de hablar que me hizo apiadarme de ella con todo mi corazón. Estoy segura de que mi compasión debió de ser sincera, pues me dio la valentía suficiente para pedirle a la pobre criatura que entrara y se sentara en el cobertizo, a mi lado.

—¿Lo hizo?

—No. Movió la cabeza y me dijo que tenía que quedarse donde estaba, para vigilar y escuchar, y asegurarse de que ninguna tercera persona nos sorprendiera. Y de principio a fin, allí esperó en la entrada, con una mano a cada lado de esta, inclinándose a veces de repente para hablarme, otras retirándose de golpe para mirar a su alrededor. “Estuve aquí ayer —dijo—, antes de que oscureciera, y te oí a ti y a la señora que te acompañaba hablar juntas. Te oí hablarle de tu esposo. Te oí decir que no tenías influencia para hacer que te creyera y ninguna influencia para obligarle a callar. ¡Ah! Yo sabía lo que esas palabras significaban; mi conciencia me lo dijo mientras escuchaba. ¡Por qué permití jamás que te casaras con él! ¡Oh, mi miedo...! ¡Mi miedo loco, miserable y malvado!”. Se cubrió la cara con su pobre chal gastado y gimió y murmuró para sí misma detrás de él. Empecé a temer que estallara en alguna terrible desesperación que ni ella ni yo pudiéramos dominar. “Trata de calmarte —le dije—; intenta contarme cómo podrías haber evitado mi matrimonio”. Se quitó el chal de la cara y me miró distraída. “Debí haber tenido el valor suficiente para quedarme en Limmeridge —respondió—. Jamás debí permitir que la noticia de su llegada allí me asustara y me hiciera huir. Debí haberte advertido y salvado antes de que fuera demasiado tarde. ¿Por qué solo tuve el valor de escribirte esa carta? ¿Por qué solo hice daño, cuando quería y pretendía hacer el bien? ¡Oh, mi miedo...! ¡Mi miedo loco, miserable y malvado!”. Repitió esas palabras de nuevo y volvió a ocultar su rostro en el extremo de su pobre chal gastado. Era espantoso verla y espantoso oírla.

—Seguramente, Laura, le preguntaste cuál era ese temor en el que insistía con tanta vehemencia.

—Sí, le pregunté eso.

—¿Y qué dijo?

—Me preguntó a cambio si yo no le temería a un hombre que me había encerrado en un manicomio, y que volvería a encerrarme si pudiera. Le dije: “¿Sigues teniendo miedo? Seguramente no estarías aquí si tuvieras miedo ahora”. “No —dijo—, ya no tengo miedo”. Le pregunté por qué no. De repente se inclinó hacia el interior del cobertizo y dijo: “¿No puedes adivinar por qué?”. Moví la cabeza. “Mírame”, continuó. Le dije que me entristecía verla con un aspecto muy apesadumbrado y muy enfermo. Sonrió por primera vez. “¿Enferma? —repitió—; me estoy muriendo. Ya sabes por qué no le temo ahora. ¿Crees que me encontraré con tu madre en el cielo? ¿Me perdonará si lo hago?”. Quedé tan estupefacta y sobresaltada que no pude responderle. “He estado pensando en ello —siguió diciendo— todo el tiempo que he estado escondida de tu esposo, todo el tiempo que estuve enferma. Mis pensamientos me han traído aquí; quiero hacer penitencia, quiero deshacer todo el mal que una vez hice en la medida de lo posible”. Le rogué con tanta sinceridad como pude que me dijera a qué se refería. Siguió mirándome con ojos fijos y vacíos. “¿Desharé el mal? —se preguntó a sí misma dubitativa—. Tienes amigos que toman tu parte. Si conoces su secreto, te temerá, no se atreverá a usarte como me usó a mí. Debe tratarte con clemencia por su propio bien, si te teme a ti y a tus amigos. Y si te trata con clemencia, y si puedo decir que fue obra mía...”. Escuché ávida en busca de más, pero se detuvo en esas palabras.

—¿Intentaste hacer que continuara?

—Lo intenté, pero ella solo se apartó de mí de nuevo y apoyó la cara y los brazos contra la pared del cobertizo. “¡Oh! —la oí decir, con una terrible y distraída ternura en la voz—, ¡oh, si tan solo pudiera ser enterrada junto a tu madre! ¡Si tan solo pudiera despertar a su lado, cuando suene la trompeta del ángel y las tumbas devuelvan a sus muertos en la resurrección!”. ¡Marian! Me estremecí de pies a cabeza; era horrible escucharla. “Pero no hay esperanza de eso —dijo, moviéndose un poco para mirarme de nuevo—, ninguna esperanza para una pobre extraña como yo. No descansaré bajo la cruz de mármol que lavé con mis propias manos, y que hice tan blanca y pura por su amor. ¡Oh, no! ¡Oh, no! La misericordia de Dios, no la del hombre, me llevará con ella, donde los malvados dejan de turbar y los cansados reposan”. Pronunció esas palabras con calma y tristeza, con un suspiro pesado y sin esperanza, y luego esperó un poco. Su rostro estaba confuso y turbado; parecía estar pensando, o intentando pensar. “¿Qué fue lo que dije hace un momento? —preguntó al cabo de un rato—. Cuando tengo a tu madre en la cabeza, todo lo demás se me va de la mente. ¿Qué estaba diciendo? ¿Qué estaba diciendo?”. Se lo recordé a la pobre criatura, tan amigable y delicadamente como pude. “Ah, sí, sí —dijo, todavía de un modo vacío y perplejo—. Estás indefensa con tu malvado esposo. Sí. Y debo hacer lo que he venido a hacer aquí; debo compensarte por haber tenido miedo de hablar claro en un momento mejor”. “¿Qué es lo que tienes que contarme?”, le pregunté. “El secreto al que teme tu cruel esposo —respondió—. Una vez le amenacé con el secreto y se asustó. Tú le amenazarás con el secreto y le asustarás también”. Su rostro se ensombreció y una mirada dura y furiosa se fijó en sus ojos. Empezó a agitar la mano hacia mí de un modo vacuo y sin sentido. “Mi madre conoce el secreto —dijo—. Mi madre se ha consumido bajo el secreto la mitad de su vida. Un día, cuando yo ya había crecido, me dijo algo. Y al día siguiente tu esposo...”.

—¡Sí! ¡Sí! Continúa. ¿Qué te dijo acerca de tu esposo?

—Se detuvo de nuevo, Marian, en ese punto...

—¿Y no dijo más?

—Y escuchó con atención. “¡Silencio!”, susurró, agitando aún la mano hacia mí. “¡Silencio!”. Se apartó de la puerta, se movió lenta y sigilosamente, paso a paso, hasta que la perdí de vista más allá del borde del cobertizo.

—¿Seguro que la seguiste?

—Sí, mi inquietud me dio la valentía suficiente para levantarme y seguirla. Justo cuando llegué a la entrada, apareció de nuevo de repente, alrededor del lateral del cobertizo. “¡El secreto! —le susurré—, ¡espera y cuéntame el secreto!”. Me agarró del brazo y me miró con ojos salvajes y asustados. “Ahora no —dijo—, no estamos solas; nos vigilan. Ven mañana a esta hora... sola... cuídate de venir sola”. Me empujó bruscamente hacia el interior del cobertizo de nuevo y no la volví a ver.

—¡Oh, Laura, Laura, otra oportunidad perdida! Si hubiera estado cerca de ti, no se nos habría escapado. ¿Por qué lado la perdiste de vista?

—Por el lado izquierdo, donde el terreno se hunde y el bosque es más espeso.

—¿No saliste corriendo de nuevo? ¿No la llamaste?

—¿Cómo podía? Estaba demasiado aterrorizada para moverme o hablar.

—Pero cuando te moviste... cuando saliste...

—Volví corriendo aquí, a contarte lo que había pasado.

—¿Viste a alguien, o escuchaste a alguien en la plantación?

—No, parecía estar todo tranquilo y en calma cuando la crucé.

Esperé un momento para reflexionar. ¿Era esta tercera persona, supuestamente presente de forma secreta en la entrevista, una realidad o la criatura de la excitada fantasía de Anne Catherick? Era imposible determinarlo. Lo único seguro era que habíamos vuelto a fallar al borde mismo del descubrimiento: un fallo total e irremediable, a menos que Anne Catherick cumpliera su cita en el cobertizo para el día siguiente.

—¿Estás completamente segura de que me lo has contado todo? ¿Cada palabra que se dijo? —inquiry.

—Creo que sí —respondió—. Mi capacidad de memoria, Marian, no es como la tuya. Pero estaba tan fuertemente impresionada, tan profundamente interesada, que nada de verdadera importancia puede habérseme escapado.

—Mi querida Laura, las más mínimas nimiedades son importantes cuando se trata de Anne Catherick. Piénsalo de nuevo. ¿No se le escapó ninguna referencia casual al lugar en el que vive en la actualidad?

—Ninguna que recuerde.

—¿No mencionó a una compañera y amiga, una mujer llamada señora Clements?

—¡Ah, sí, sí! Olvidé eso. Me dijo que la señora Clements quería muchísimo ir con ella al lago y cuidarla, y le suplicó y rogó que no se aventurara sola por estos vecindarios.

—¿Fue todo lo que dijo sobre la señora Clements?

—Sí, eso fue todo.

—No te dijo nada sobre el lugar en el que se refugió tras dejar Todd’s Corner?

—Nada, estoy completamente segura.

—¿Ni dónde ha vivido desde entonces? ¿Ni cuál había sido su enfermedad?

—No, Marian, ni una sola palabra. Dime, por favor, dime qué piensas de todo esto. No sé qué pensar ni qué hacer a continuación.

—Debes hacer esto, mi amor: debes cumplir cuidadosamente la cita en el cobertizo mañana. Es imposible decir qué intereses pueden depender de que vuelvas a ver a esa mujer. No te dejarán sola por segunda vez. Te seguiré a una distancia prudente. Nadie me verá, pero me mantendré al alcance de tu voz si algo sucede. Anne Catherick ha escapado de Walter Hartright y ha escapado de ti. Pase lo que pase, no escapará de mí.

Los ojos de Laura leyeron los míos con atención.

—¿Crees —dijo— en este secreto al que teme mi esposo? Supón, Marian, que al final solo exista en la fantasía de Anne Catherick. ¿Y si solo quería verme y hablarme por viejos recuerdos? Su comportamiento era tan extraño que casi dudé de ella. ¿Confiarías en ella en otras cosas?

—No confío en nada, Laura, excepto en mi propia observación de la conducta de tu esposo. Juzgo las palabras de Anne Catherick por sus acciones y creo que hay un secreto.

No dije más y me levanté para salir de la habitación. Me turbaban pensamientos que le habría contado si hubiéramos hablado más tiempo, y que podría haber sido peligroso que ella supiera. La influencia del terrible sueño del que me había despertado pendía oscura y pesadamente sobre cada nueva impresión que el avance de su relato producía en mi mente. Sentía el futuro ominoso acercándose, helándome con un asombro inenarrable, imponiéndome la convicción de un designio invisible en la larga serie de complicaciones que ahora se habían cerrado en torno nuestro. Pensé en Hartright —tal como lo vi en carne cuando se despidió; tal como lo vi en espíritu en mi sueño— y yo también empecé a dudar ahora de si no avanzábamos con los ojos vendados hacia un final señalado e inevitable.

Dejando a Laura subir sola, salí a dar una vuelta por los senderos cercanos a la casa. Las circunstancias bajo las cuales Anne Catherick se había separado de ella me habían hecho sentir en secreto una gran ansiedad por saber cómo estaba pasando la tarde el conde Fosco, y me habían vuelto secretamente desconfiada de los resultados de aquel viaje en solitario del que Sir Percival había regresado hacía apenas unas horas.

Tras buscarlos en todas direcciones y no descubrir nada, regresé a la casa y entré en las diferentes habitaciones de la planta baja una tras otra. Estaban todas vacías. Volví a salir al vestíbulo y subí para regresar con Laura. Madame Fosco abrió su puerta al pasar por ella en mi camino por el pasillo, y me detuve para ver si podía informarme del paradero de su marido y de Sir Percival. Sí, los había visto a ambos desde su ventana hacía más de una hora. El conde había alzado la vista con su habitual amabilidad y había mencionado, con su constante atención a los más mínimos detalles, que él y su amigo iban a dar un largo paseo juntos.

¡Para dar un largo paseo! Nunca hasta entonces habían estado en compañía del otro con ese propósito según mi experiencia con ellos. A Sir Percival no le importaba más ejercicio que montar a caballo y al conde (salvo cuando era lo suficientemente cortés como para hacerme de escolta) no le importaba hacer ejercicio en absoluto.

Cuando me reuní de nuevo con Laura, descubrí que en mi ausencia había recordado la inminente cuestión de la firma de la escritura, la cual, en aras de debatir su entrevista con Anne Catherick, habíamos pasado por alto hasta entonces. Sus primeras palabras al verme expresaban su sorpresa por la ausencia de la esperada citación para comparecer ante Sir Percival en la biblioteca.

—Puedes estar tranquila sobre ese asunto —le dije—. Por el momento, al menos, ni tu resolución ni la mía se verán expuestas a más pruebas. Sir Percival ha cambiado sus planes: el asunto de la firma queda pospuesto.

—¿Pospuesto? —repitió Laura asombrada—. ¿Quién te lo ha dicho?

—Mi autoridad es el conde Fosco. Creo que debemos a su intervención el repentino cambio de propósito de tu esposo.

—Parece imposible, Marian. Si el objetivo de mi firma era, como suponemos, obtener un dinero que Sir Percival necesitaba urgentemente, ¿cómo puede posponerse el asunto?

—Creo, Laura, que tenemos a mano los medios para disipar esa duda. ¿Has olvidado la conversación que oí entre Sir Percival y el abogado mientras cruzaban el vestíbulo?

—No, pero no recuerdo...

—Yo sí. Se propusieron dos alternativas. Una era conseguir tu firma en el pergamino. La otra era ganar tiempo entregando pagarés a tres meses. Este último recurso es evidentemente el que se ha adoptado ahora, y podemos esperar justamente librarnos por algún tiempo de nuestra parte en los apuros de Sir Percival.

—¡Oh, Marian, suena demasiado bueno para ser verdad!

—¿De verdad, mi amor? No hace mucho me felicitaste por mi buena memoria, pero ahora pareces dudar de ella. Traeré mi diario y verás si tengo razón o no.

Me fui y traje el libro de inmediato.

Al repasar la anotación referente a la visita del abogado, comprobamos que mi recuerdo de las dos alternativas presentadas era rigurosamente correcto. Fue un alivio casi tan grande para mi mente como para la de Laura comprobar que mi memoria me había servido en esta ocasión tan fielmente como de costumbre. En la peligrosa incertidumbre de nuestra situación actual, es difícil decir de qué futuros intereses puede depender la regularidad de las anotaciones en mi diario y la fiabilidad de mi recuerdo en el momento en que las redacto.

El rostro y los modales de Laura me sugirieron que esta última consideración se le había ocurrido a ella tanto como a mí. De cualquier modo, es solo un asunto trivial y casi me avergüenza ponerlo aquí por escrito: parece situar el desamparo de nuestra situación en una luz tan miserablemente vívida. ¡Debemos de tener muy poco de lo que depender cuando el descubrimiento de que aún puede confiarse en que mi memoria nos sirva es saludado como si fuera el hallazgo de un nuevo amigo!

La primera campana para la cena nos separó. Justo cuando terminaba de sonar, Sir Percival y el conde regresaron de su paseo. Oímos al dueño de la casa vociferar a los sirvientes por llegar cinco minutos tarde, y al invitado de este interponerse, como de costumbre, en aras de la decencia, la paciencia y la paz.

La tarde ha venido y se ha ido. No ha ocurrido ningún acontecimiento extraordinario. Pero he notado ciertas peculiaridades en la conducta de Sir Percival y del conde que me han enviado a la cama sintiéndome muy ansiosa e inquieta respecto a Anne Catherick, y respecto a los resultados que el día de mañana pueda producir.

A estas alturas ya sé lo suficiente como para estar segura de que el aspecto de Sir Percival que resulta más falso, y que por tanto augura lo peor, es su aspecto educado. Aquel largo paseo con su amigo había terminado por mejorar sus modales, especialmente hacia su esposa. Para secreta sorpresa de Laura y secreta alarma mía, la llamó por su nombre de pila, le preguntó si había tenido noticias recientes de su tío, se interesó por saber cuándo recibiría la señora Vesey su invitación para Blackwater y le prodigó tantas otras pequeñas atenciones que casi recordó los días de su odioso cortejo en Limmeridge House. Este era un mal augurio para empezar, y me pareció aún más amenazante que fingiera después de cenar quedarse dormido en el salón y que sus ojos persiguieran astutamente a Laura y a mí cuando creía que ninguna de las dos sospechaba de él. Nunca he dudado de que su repentino viaje a solas lo llevó a Welmingham para interrogar a la señora Catherick, pero la experiencia de esta noche me ha hecho temer que la expedición no se emprendió en vano y que ha obtenido la información que indudablemente nos dejó para recabar. Si supiera dónde encontrar a Anne Catherick, me levantaría mañana al amanecer para advertirla.

Mientras que el aspecto bajo el cual se presentó Sir Percival esta noche me era por desgracia demasiado familiar, el aspecto bajo el cual apareció el conde era, por otra parte, completamente nuevo en mi experiencia con él. Me permitió esta noche, por primera vez, conocerlo bajo la faceta de un hombre sentimental; de un sentimiento que, según creo, era real, no asumido para la ocasión.

Por ejemplo, se mostró tranquilo y contenido; sus ojos y su voz expresaban una sensibilidad refrenada. Llevaba (como si hubiera una conexión oculta entre sus galas más vistosas y sus sentimientos más profundos) el chaleco más magnífico en el que ha aparecido hasta ahora: estaba hecho de seda verde mar pálido y delicadamente ribetado con fin trenzado de plata. Su voz descendía hasta las inflexiones más tiernas, su sonrisa expresaba una consideración paternal y reflexiva cada vez que nos hablaba a Laura o a mí. Apretó la mano de su esposa bajo la mesa cuando ella le agradeció las insignificantes atenciones durante la cena. Brindó con ella. «¡Tu salud y felicidad, mi ángel!», dijo con ojos tiernos y vidriosos. Comió poco o nada, suspiró y dijo «¡Buen Percival!» cuando su amigo se rio de él. Después de cenar, tomó a Laura de la mano y le preguntó si tendría «la bondad de tocar para él». Ella accedió, por pura extrañeza. Se sentó junto al piano, con la cadena del reloj descansando en pliegues, como una serpiente dorada, sobre la protuberancia verde mar de su chaleco. Su inmensa cabeza se inclinaba lánguidamente hacia un lado y marcaba suavemente el compás con dos de sus dedos de color blanco amarillento. Aprobó enormemente la música y admiró con ternura la manera de tocar de Laura —no como el pobre Hartright solía elogiarla, con un disfrute inocente de los dulces sonidos, sino con un conocimiento claro, cultivado y práctico de los méritos de la composición primero, y de los méritos del toque de la intérprete después. Al caer la noche, suplicó que la encantadora luz agonizante no fuera profanada todavía por la aparición de las lámparas. Se acercó, con su paso horriblemente silencioso, a la ventana lejana en la que yo estaba de pie para apartarme de su camino y evitar incluso su vista; se acercó para pedirme que apoyara su protesta contra las lámparas. Si cualquiera de ellas hubiera podido quemarlo en ese mismo instante, habría bajado a la cocina a buscarla yo misma.

—¿Seguro que le gusta este modesto y tembloroso crepúsculo inglés? —dijo suavemente—. ¡Ah! Me encanta. Siento mi innata admiración por todo lo noble, lo grande y lo bueno, purificada por el soplo del cielo en una tarde como esta. ¡La naturaleza tiene encantos tan imperecederos, una ternura tan inextinguible para mí! Soy un hombre viejo y gordo; las palabras que quedarían bien en sus labios, señorita Halcombe, suenan como una burla y una farsa en los míos. Es duro que se rían de mí en mis momentos de sentimentalismo, como si mi alma fuera como yo, vieja y ajada. ¡Observe, querida dama, qué luz se apaga sobre los árboles! ¿Le penetra en el corazón, como me penetra a mí?

Se detuvo, me miró y repitió los famosos versos de Dante sobre la tarde, con una melodía y una ternura que añadían un encanto propio a la belleza inigualable de la poesía misma.

—¡Bah! —exclamó de pronto, mientras la última cadencia de aquellas nobles palabras italianas moría en sus labios—, ¡hago el ridículo como un viejo tonto y solo los aburro a todos! ¡Crevamos la ventana de nuestros pechos y volvamos al mundo realista! ¡Percival! Sanciono la admisión de las lámparas. Lady Glyde... señorita Halcombe... Eleanor, mi buena esposa... ¿cuál de ustedes me complacerá con una partida de dominó?

Se dirigió a todas nosotras, pero miró especialmente a Laura.

Ella había aprendido a sentir mi temor a ofenderlo y aceptó su propuesta. Fue más de lo que yo habría podido hacer en ese momento. No me habría sentado a la misma mesa con él por nada del mundo. Sus ojos parecían alcanzar mi alma más íntima a través de la penumbra cada vez más densa del crepúsculo. Su voz temblaba a lo largo de cada nervio de mi cuerpo y me ponía caliente y fría alternativamente. El misterio y el terror de mi sueño, que me habían perseguido a intervalos durante toda la noche, oprimían ahora mi mente con un presagio insufrible y un asombro inenarrable. Volví a ver la tumba blanca y a la mujer velada surgiendo de ella junto a Hartright. El pensamiento de Laura brotó como un manantial en lo más profundo de mi corazón y lo inundó con aguas de amargura jamás, jamás conocidas por él antes. La agarré de la mano al pasar junto a mí camino de la mesa y la besé como si aquella noche fuera a separarnos para siempre. Mientras todos me miraban con asombro, salí corriendo a través de la ventana baja que estaba abierta ante mí hacia el suelo; salí corriendo para esconderme de ellos en la oscuridad, para esconderme incluso de mí misma.

Nos separamos aquella noche más tarde de lo habitual. Hacia la medianoche, el silencio del verano se vio roto por el estremecimiento de un viento bajo y melancólico entre los árboles. Todos sentimos el repentino escalofrío en la atmósfera, pero el conde fue el primero en notar el surgimiento sigiloso del viento. Se detuvo mientras me encendía la vela y levantó una mano en señal de advertencia:

—¡Escuchen! —dijo—. Habrá un cambio mañana.

VII

19 de junio.—Los acontecimientos de ayer me advirtieron que debía prepararme, tarde o temprano, para afrontar lo peor. Hoy aún no ha terminado, y lo peor ha llegado.

A juzgar por el cálculo más preciso del tiempo que Laura y yo pudimos hacer, llegamos a la conclusión de que Anne Catherick debió de presentarse en el cobertizo de los botes a las dos y media de la tarde de ayer. Por consiguiente, dispuse que Laura se dejara ver brevemente en la mesa del almuerzo de hoy y que luego se escurriera a la primera oportunidad, dejándome a mí atrás para guardar las apariencias y seguirla tan pronto como pudiera hacerlo con seguridad. Este modo de proceder, si no surgían obstáculos que frustraran nuestros planes, le permitiría estar en el cobertizo antes de las dos y media, y (cuando yo abandonara la mesa, a mi vez) me llevaría a una posición segura en la plantación antes de las tres.

El cambio de tiempo que el viento de la noche anochecer nos había advertido que esperáramos llegó con la mañana. Llovía con fuerza cuando me levanté, y siguió lloviendo hasta las doce, hora en que las nubes se disiparon, apareció el cielo azul y el sol volvió a brillar con la brillante promesa de una tarde apacible.

Mi ansiedad por saber cómo emplearían Sir Percival y el Conde la primera parte del día no quedó en absoluto despejada, al menos por lo que respecta a Sir Percival, al marcharse este inmediatamente después del desayuno y salir solo a pesar de la lluvia. No nos dijo adónde iba ni cuándo podíamos esperar su regreso. Lo vimos pasar apresuradamente junto a la ventana del salón de desayunos, con sus botas altas y su abrigo impermeable puestos, y eso fue todo.

El Conde pasó la mañana tranquilamente bajo techo, una parte en la biblioteca, otra en el salón, tocando fragmentos de música en el piano y tarareando para sí. A juzgar por las apariencias, el lado sentimental de su carácter seguía empeñado en traicionarlo. Estaba silencioso y sensible, dispuesto a suspirar y languidecer pesadamente (como solo los hombres gordos pueden suspirar y languidecer) ante la más mínima provocación.

Llegó la hora del almuerzo y Sir Percival no regresó. El Conde ocupó el lugar de su amigo en la mesa, devoró lastimeramente la mayor parte de una tarta de fruta, sumergida bajo una jarra entera de nata, y nos explicó el completo mérito de la hazaña tan pronto como hubo terminado. «El gusto por los dulces», dijo con sus tonos más suaves y su aire más tierno, «es el gusto inocente de las mujeres y los niños. Me encanta compartirlo con ellos; es otro vínculo, queridas mías, entre ustedes y yo».

Laura abandonó la mesa al cabo de diez minutos. Me sentí muy tentada de acompañarla. Pero si ambas hubiéramos salido juntas habríamos despertado sospechas y, lo que era peor aún, si le permitíamos a Anne Catherick ver a Laura acompañada de una segunda persona que le era una completa desconocida, habríamos perdido con toda probabilidad su confianza desde ese momento, para no recuperarla jamás.

Esperé, por lo tanto, tan pacientemente como pude, hasta que el sirviente entró a recoger la mesa. Cuando salí de la habitación, no había indicios, ni dentro ni fuera de la casa, del regreso de Sir Percival. Dejé al Conde con un terrón de azúcar entre los labios y la cacatúa malvada trepando por su chaleco para alcanzarlo, mientras Madame Fosco, sentada frente a su marido, observaba los movimientos del pájaro y de él con tanta atención como si jamás hubiera visto nada semejante en su vida. De camino a la plantación me mantuve cuidadosamente fuera del campo de visión de la ventana del comedor. Nadie me vio y nadie me siguió. En mi reloj eran entonces las tres menos cuarto.

Una vez entre los árboles, caminé rápidamente hasta adentrarme más de la mitad de la plantación. En ese punto reduje el paso y avancé con cautela, pero no vi a nadie ni oí voces. Poco a poco alcancé a ver la parte trasera del cobertizo de los botes; me detuve y escuché, y luego seguí adelante hasta quedar justo detrás de él, donde habría tenido que oír a cualquier persona que hablara en el interior. El silencio seguía sin romperse; ni lejos ni cerca aparecía señal alguna de criatura viviente en ninguna parte.

Tras bordear la parte posterior del edificio, primero por un lado y luego por el otro, y sin hacer ningún descubrimiento, me aventuré a ir al frente y miré francamente hacia adentro. El lugar estaba vacío.

Llamé: «¡Laura!», al principio con suavidad, luego cada vez más fuerte. Nadie respondió y nadie apareció. Por lo que pude ver y oír, la única criatura humana en los alrededores del lago y la plantación era yo misma.

Mi corazón comenzó a latir con violencia, pero mantuve mi determinación y registré, primero el cobertizo y luego el terreno frente a él, en busca de cualquier indicio que me mostrara si Laura había llegado realmente al lugar o no. En el interior del edificio no apareció ninguna marca de su presencia, pero encontré rastros de ella en el exterior, en forma de pisadas sobre la arena.

Detecté las pisadas de dos personas: huellas grandes como las de un hombre y huellas pequeñas que, al colocar mis propios pies en ellas y comprobar su tamaño de ese modo, tuve la certeza de que eran de Laura. El suelo estaba marcado de forma confusa en ese lugar, justo frente al cobertizo. Muy cerca de uno de los laterales, bajo el resguardo del tejado saliente, descubrí un pequeño hoyo en la arena; un hoyo hecho artificialmente, sin lugar a dudas. Apenas me fijé en él y me alejé de inmediato para rastrear las huellas tanto como pudiera y seguir la dirección en la que me condujeran.

Me condujeron, partiendo del lado izquierdo del cobertizo, a lo largo del borde de los árboles, a una distancia que calculo entre doscientos y trescientos metros, y entonces el suelo arenoso dejó de mostrar más rastros. Sintiendo que las personas cuyo camino estaba siguiendo debían haber entrado necesariamente en la plantación por ese punto, entré yo también. Al principio no pude encontrar ningún sendero, pero luego descubrí uno, apenas trazado entre los árboles, y lo seguí. Me llevó, durante un buen trecho, en dirección al pueblo, hasta que me detuve en un punto donde otro sendero de pisadas lo cruzaba. Las zarzas crecían espesamente a ambos lados de este segundo camino. Me quedé mirándolo, sin saber qué dirección tomar a continuación, y mientras miraba vi en una rama espinosa algunos flecos arrancados del chal de una mujer. Un examen más detenido de los flecos me convenció de que habían sido arrancados del chal de Laura, y seguí al instante el segundo camino. Me sacó por fin, para mi gran alivio, a la parte trasera de la casa. Digo para mi gran alivio porque deduje que Laura debía de haber regresado antes que yo, por alguna razón desconocida, dando este rodeo. Entré por el patio y las dependencias. La primera persona con la que me crucé al atravesar la sala de los sirvientes fue la Sra. Michelson, el ama de llaves.

—Sabe —le pregunté—, ¿ha regresado ya Lady Glyde de su paseo o no?

—Mi señora entró hace un rato con Sir Percival —respondió el ama de llaves—. Me temo, señorita Halcombe, que ha ocurrido algo muy angustioso.

El corazón se me encogió.

—No querrá decir que ha habido un accidente —dije débilmente.

—No, no, gracias a Dios, ningún accidente. Pero mi señora subió corriendo a su habitación entre lágrimas, y Sir Percival me ha ordenado que le dé el preaviso de despido a Fanny para que se marche dentro de una hora.

Fanny era la doncella de Laura, una muchacha buena y cariñosa que llevaba años con ella, la única persona de la casa de cuya fidelidad y devoción podíamos depender ambas.

—¿Dónde está Fanny? —inquirí.

—En mi habitación, señorita Halcombe. La joven está muy afectada y le dije que se sentara a intentar calmarse.

Fui a la habitación de la Sra. Michelson y encontré a Fanny en un rincón, con su baúl al lado, llorando amargamente.

No pudo darme ninguna explicación sobre su repentino despido. Sir Percival había ordenado que le dieran un mes de sueldo en lugar de un mes de preaviso y que se fuera. No se había aducido ningún motivo ni se había hecho ninguna objeción a su conducta. Le habían prohibido apelar a su señora, prohibido incluso verla un momento para despedirse. Tenía que marcharse sin explicaciones ni despedidas, y tenía que hacerlo de inmediato.

Tras consolar a la pobre muchacha con unas cuantas palabras amistosas, le pregunté dónde pensaba dormir esa noche. Respondió que pensaba ir a la pequeña posada del pueblo, cuya dueña era una mujer respetable, conocida por los sirvientes de Blackwater Park. A la mañana siguiente, saliendo temprano, podría regresar con sus allegados en Cumberland sin detenerse en Londres, donde era una total desconocida.

Comprendí de inmediato que la marcha de Fanny nos ofrecía un medio seguro de comunicación con Londres y con Limmeridge House, del cual podía ser muy importante aprovecharse. En consecuencia, le dije que podía esperar noticias de su señora o mías en el transcurso de la noche, y que podía confiar en que ambas haríamos todo lo posible por ayudarla ante el trago amargo de tener que dejarnos por el momento. Dichas estas palabras, le estreché la mano y subí las plantas.

La puerta que conducía a la habitación de Laura era la de una antesala que daba al pasillo. Cuando la probé, estaba echada por dentro.

Llamé y la abrió la misma doncella grosera y abotargada cuya torpe insensibilidad había puesto a prueba mi paciencia con tanta dureza el día en que encontré al perro herido.

Desde entonces había descubierto que se llamaba Margaret Porcher y que era la sirvienta más torpe, desaliñada y obstinada de la casa.

Al abrir la puerta, salió al instante al umbral y se quedó mirándome con una sonrisa tonta en un silencio obstinado.

—¿Por qué te quedas ahí? —le dije—. ¿No ves que quiero entrar?

—Ah, pero no puede entrar —fue la respuesta, acompañada de otra sonrisa aún más amplia.

—¿Cómo te atreves a hablarme así? ¡Apártate inmediatamente!

Estiró una gran mano y un brazo rojos a cada lado para bloquear el umbral y me asintió lentamente con su cabeza hueca.

—Órdenes del amo —dijo, y volvió a asentir.

Necesité todo mi autocontrol para advertirme que no debía discutir del asunto con ella y para recordarme que las siguientes palabras que pronunciara debían ir dirigidas a su amo. Le di la espalda y bajé inmediatamente a buscarlo. Mi propósito de mantener la templanza ante todas las provocaciones que Sir Percival pudiera infligirme estaba ya, lo digo para mi vergüenza, tan olvidado como si jamás lo hubiera tomado. Me sentó bien, después de todo lo que había sufrido y reprimido en esa casa; de verdad me sentí bien al notar cuán enojada estaba.

El salón y el comedor de desayunos estaban vacíos. Fui a la biblioteca y allí encontré a Sir Percival, al Conde y a Madame Fosco. Los tres estaban de pie, muy juntos, y Sir Percival tenía un pequeño papel en la mano. Al abrir la puerta oí que el Conde le decía: «No, mil veces no».

Me dirigí directamente hacia él y lo miré fijamente a los ojos.

—¿He de entender, Sir Percival, que la habitación de su esposa es una cárcel y que su doncella es la carcelera que la vigila? —le pregunté.

—Sí, eso es lo que tiene que entender —respondió—. Tenga cuidado de que mi carcelera no tenga que hacer doble turno; tenga cuidado de que su habitación no sea también una cárcel.

—Tenga cuidado usted de cómo trata a su esposa y de cómo me amenaza —estallé en el colmo de la ira—. Hay leyes en Inglaterra para proteger a las mujeres de la crueldad y la agresión. Si le toca un pelo de la cabeza a Laura, si se atreve a interferir con mi libertad, pase lo que pase, a esas leyes habré de apelar.

En lugar de responderme, se giró hacia el Conde.

—¿Qué te dije? —le preguntó—. ¿Qué dices ahora?

—Lo que dije antes —respondió el Conde—: No.

Incluso en la vehemencia de mi enojo, sentí sus ojos fríos, tranquilos y grises fijos en mi rostro. Se apartaron de mí tan pronto como hubo hablado y miraron con significado a su esposa. Madame Fosco se acercó de inmediato a mi lado y, en esa postura, se dirigió a Sir Percival antes de que ninguno de los dos pudiera volver a hablar.

—Conózcame con su atención por un momento —dijo, con su tono claro y gélidamente reprimido—. ¡Tengo que agradecerle a usted, Sir Percival, su hospitalidad, y rechazar seguir aprovechándome de ella! ¡No me quedo en ninguna casa en la que a las damas se las trate como se ha tratado hoy aquí a su esposa y a la señorita Halcombe!

Sir Percival dio un paso atrás y la miró en un silencio absoluto. La declaración que acababa de oír —una declaración que sabía muy bien, como yo misma sabía, que Madame Fosco no se habría atrevido a hacer sin el permiso de su marido— pareció dejarlo petrificado de sorpresa. El Conde se quedó a un lado, mirando a su esposa con la más entusiasta admiración.

—¡Es sublime! —se dijo a sí mismo. Se acercó a ella mientras hablaba y pasó el brazo de ella por el suyo—. Estoy a sus órdenes, Eleanor —continuó, con una dignidad pausada que nunca antes le había notado—. Y a las órdenes de la señorita Halcombe, si me hace el honor de aceptar toda la ayuda que pueda ofrecerle.

—¡Maldita sea! ¿Qué quieres decir? —gritó Sir Percival, mientras el Conde se alejaba tranquilamente con su esposa hacia la puerta.

—En otras ocasiones quiero decir lo que digo, pero en esta ocasión quiero decir lo que dice mi esposa —respondió el impenetrable italiano—. Hemos cambiado de papeles, Percival, por una vez, y la opinión de Madame Fosco es... la mía.

Sir Percival arrugó el papel que tenía en la mano y, apartando al Conde de un empujón con otro juramento, se puso entre este y la puerta.

—Haz lo que te plazca —dijo, con rabia contenida en sus tonos bajos y medio susurrados—. Haz lo que te plazca... y mira lo que resulta de ello. Con esas palabras salió de la habitación.

Madame Fosco miró interrogante a su marido.

—Se ha ido muy de repente —dijo—. ¿Qué significa esto?

—Significa que usted y yo juntos hemos hecho entrar en razón al hombre de peor genio de toda Inglaterra —respondió el Conde—. Significa, señorita Halcombe, que Lady Glyde se ve libre de una indignidad imperdonable y usted de la repetición de un ultraje imperdonable. Permítame expresarle mi admiración por su conducta y su valor en un momento muy difícil.

—Sincera admiración —sugirió Madame Fosco.

—Sincera admiración —hizo eco el Conde.

Ya no me quedaban las fuerzas de mi primera resistencia airada al ultraje y al daño para sostenerme. Mi ansiedad enfermiza por ver Laura, mi sensación de ignorancia desvalida sobre lo ocurrido en el cobertizo de los botes, pesaban sobre mí con un peso intolerable. Intenté guardar las apariencias dirigiéndome al Conde y a su esposa en el tono que ellos habían elegido adoptar para hablarme, pero las palabras me fallaron en los labios; la respiración se me volvió corta y agitada; mis ojos miraban anhelantes, en silencio, hacia la puerta. El Conde, comprendiendo mi inquietud, la abrió, salió y la cerró tras de sí. Al mismo tiempo, el pesado paso de Sir Percival descendía por las escaleras. Los oí susurrar juntos afuera, mientras Madame Fosco me aseguraba, con su tono más calmado y convencional, que se alegraba por el bien de todos de que la conducta de Sir Percival no hubiera obligado a su marido y a ella a abandonar Blackwater Park. Antes de que terminara de hablar cesaron los murmullos, la puerta se abrió y el Conde asomó la cabeza.

—Señorita Halcombe —dijo—, me complace informarle de que Lady Glyde vuelve a ser dueña en su propia casa. Pensé que le resultaría más agradable enterarse de este cambio a mejor por mí que por Sir Percival, y por eso he regresado expresamente para mencionarlo.

—¡Admirable delicadeza! —dijo Madame Fosco, devolviendo el tributo de admiración de su marido con la misma moneda del Conde y al estilo del Conde. Él sonrió e hizo una reverencia como si hubiera recibido un cumplido formal de un extraño educado, y se retiró para dejarme pasar primero.

Sir Percival estaba de pie en el vestíbulo. Mientras me apresuraba hacia las escaleras, le oí llamar con impaciencia al Conde para que saliera de la biblioteca.

—¿Qué estás esperando ahí? —dijo—. Quiero hablar contigo.

—Y yo quiero pensar un poco a solas —respondió el otro—. Espera a más tarde, Percival, espera a más tarde.

Ni él ni su amigo dijeron nada más. Llegué a lo alto de la escalera y corrí por el pasillo. En mi prisa y mi agitación dejé abierta la puerta de la antesala, pero cerré la del dormitorio en cuanto estuve dentro.

Laura estaba sentada sola al fondo de la habitación, con los brazos apoyados cansadamente en una mesa y el rostro oculto entre las manos. Se levantó de un salto con un grito de alegría al verme.

—¿Cómo has llegado aquí? —preguntó—. ¿Quién te ha dado permiso? ¿Sir Percival no?

En mi abrumadora ansiedad por oír lo que tenía que contarme, no pude responderle; solo pude hacerle preguntas por mi parte. El anhelo de Laura por saber qué había pasado abajo demostró ser, sin embargo, demasiado fuerte para resistirlo. Repitió insistente sus preguntas.

—El Conde, por supuesto —respondí con impaciencia—. Cuyo influjo en la casa...

Me detuvo con un gesto de repugnancia.

—¡No hables de él! —gritó—. ¡El Conde es la criatura más vil que existe! ¡El Conde es un miserable espía!

Antes de que ninguna de las dos pudiera decir otra palabra, nos sobresaltó un suave golpe en la puerta del dormitorio.

Yo todavía no me había sentado y fui la primera en ver quién era. Al abrir la puerta, Madame Fosco apareció ante mí con mi pañuelo en la mano.

—Se le cayó esto abajo, señorita Halcombe —dijo—, y pensé que podía traérselo, ya que pasaba por delante camino de mi habitación.

Su rostro, naturalmente pálido, se había vuelto de una blancura tan espantosa que me sobresalté al verlo. Sus manos, siempre tan firmes y seguras en cualquier otra ocasión, temblaban violentamente, y sus ojos miraban con avidez más allá de mí a través de la puerta abierta, fijos en Laura.

¡Había estado escuchando antes de llamar! Lo vi en su rostro pálido, lo vi en sus manos temblorosas, lo vi en su mirada hacia Laura.

Tras esperar un instante, se apartó de mí en silencio y se alejó con paso lento.

Volví a cerrar la puerta.

—¡Oh, Laura! ¡Laura! ¡Ambas lamentaremos el día en que llamaste espía al Conde!

—Tú misma lo habrías llamado así, Marian, si hubieras sabido lo que yo sé. Anne Catherick tenía razón. Había una tercera persona vigilándonos ayer en la plantación, y esa tercera persona...

—¿Estás segura de que era el Conde?

—Estoy absolutamente segura. Era el espía de Sir Percival; era el informador de Sir Percival; él puso a Sir Percival a vigilar y esperar, durante toda la mañana, a Anne Catherick y a mí.

—¿Se ha encontrado a Anne? ¿La viste en el lago?

—No. Se ha salvado manteniéndose alejada del lugar. Cuando llegué al cobertizo no había nadie.

—¿Sí? ¿Sí?

—Entré y me senté a esperar unos minutos. Pero mi inquietud hizo que me levantara de nuevo para caminar un poco. Al salir vi unas marcas en la arena, justo frente a la entrada del cobertizo. Me agaché a examinarlas y descubrí una palabra escrita en letras grandes sobre la arena. La palabra era: Miren.

—¿Y apartaste la arena y cavaste un hueco en ella?

—¿Cómo sabes eso, Marian?

—Yo misma vi el hueco cuando te seguí al cobertizo. ¡Sigue, sigue!

—Sí, aparté la arena de la superficie y al poco rato llegué a una tira de papel oculta debajo que tenía escritura. La escritura estaba firmada con las iniciales de Anne Catherick.

—¿Dónde está?

—Sir Percival me la ha quitado.

—¿Recuerdas lo que decía el escrito? ¿Crees que podrías repetírselo?

—En esencia puedo, Marian. Era muy breve. Lo habrías recordado palabra por palabra.

—Trata de decirme cuál era la esencia antes de seguir adelante.

Ella accedió. Escribo las líneas aquí exactamente tal como me las repitió. Decían así:

La mención al «hombre alto y corpulento» (cuyos términos Laura estaba segura de haberme repetido correctamente) no dejaba duda sobre quién había sido el intruso. Recordé que le había dicho a Sir Percival, en presencia del Conde el día anterior, que Laura había ido al cobertizo a buscar su broche. Con toda probabilidad la había seguido hasta allí, a su manera entrometida, para tranquilizarla sobre el asunto de la firma, justo después de mencionarme el cambio de planes de Sir Percival en el salón. En ese caso, solo pudo llegar a las inmediaciones del cobertizo en el mismo momento en que Anne Catherick lo descubrió. El modo sospechosamente apresurado en que ella se había separado de Laura había motivado sin duda su inútil intento de seguirla. De la conversación previa entre ambas no podía haber oído nada. La distancia entre la casa y el lago, y la hora a la que me dejó en el salón en comparación con el momento en que Laura y Anne Catherick habían estado hablando, demostraban ese hecho fuera de toda duda, al menos para nosotras.

Habiendo llegado hasta aquí a una especie de conclusión, mi siguiente gran interés era saber qué descubrimientos había hecho Sir Percival después de que el Conde Fosco le diera su información.

—¿Cómo llegaste a perder la posesión de la carta? —pregunté—. ¿Qué hiciste con ella cuando la encontraste en la arena?

—Después de leerla una vez de principio a fin —respondió—, la llevé conmigo al cobertizo para sentarme a repasarla por segunda vez. Mientras leía, una sombra cayó sobre el papel. Alcé la vista y vi a Sir Percival de pie en el umbral, observándome.

—¿Intentaste esconder la carta?

—Lo intenté, pero me detuvo. «No te molestes en esconder eso —dijo—. Da la casualidad de que ya la he leído». Solo pude mirarlo desamparada, no pude decir nada. «¿Lo entiendes? —continuó—; la he leído. La desenterré de la arena hace dos horas y la volví a enterrar, y volví a escribir la palabra encima, y la dejé lista para tus manos. Ya no puedes zafarte del apuro mintiendo. Ayer viste a Anne Catherick en secreto y tienes su carta en la mano en este preciso momento. A ella todavía no la he atrapado, pero a ti sí. Dame la carta». Se acercó mucho a mí... Estaba sola con él, Marian... ¿Qué podía hacer? Le di la carta.

—¿Qué dijo cuando se la diste?

—Al principio no dijo nada. Me cogió del brazo, me sacó del cobertizo y miró a su alrededor por todas partes, como si temiera que nos vieran o nos oyeran. Luego apretó con fuerza su mano alrededor de mi brazo y me susurró: «¿Qué te dijo ayer Anne Catherick? Exijo oír cada palabra, de principio a fin».

—¿Se lo dijiste?

—Estaba a solas con él, Marian; su mano cruel me estaba magullando el brazo... ¿Qué podía hacer?

—¿Tienes todavía la marca en el brazo? Déjame verla.

—¿Por qué quieres verla?

—Quiero verla, Laura, porque nuestra paciencia debe terminar y nuestra resistencia debe empezar hoy. Esa marca es un arma con la que golpearle. Déjame verla ahora... puede que tenga que jurar sobre ella en el futuro.

—¡Oh, Marian, no me mires así, no me hables así! ¡Ya no me duele!

—¡Déjame verla!

Me enseñó las marcas. Ya estaba más allá del dolor por ellas, más allá del llanto, más allá del estremecimiento. Dicen que o somos mejores que los hombres o peores. Si la tentación que se ha cruzado en el camino de algunas mujeres y las ha hecho peores se hubiera cruzado en el mío en ese momento... ¡Gracias a Dios! mi rostro no traicionó nada que su esposo pudiera leer. La criatura dulce, inocente y cariñosa creyó que estaba asustada por ella y apenada por ella, y no pensó más.

—No le des tanta importancia, Marian —dijo con sencillez mientras volvía a bajarse la manga—. Ya no me duele.

—Trataré de pensar tranquilamente en ello, mi amor, por tu bien. ¡Bien! ¡Bien! Y le contaste todo lo que Anne Catherick te había dicho... todo lo que me contaste a mí.

—Sí, todo. Insistió en ello; estaba a solas con él... no podía ocultar nada.

—¿Dijo algo cuando terminaste?

—Me miró y se rio para sí de una manera burlona y amarga. «Tengo la intención de sacarte el resto —dijo—, ¿oyes? El resto». Le declaré solemnemente que le había dicho todo lo que sabía. «Tú no —respondió—, sabes más de lo que quieres decir. ¿No piensas contarlo? ¡Pues lo harás! Te lo exprimiré aquí en casa si no puedo arrancártelo aquí mismo». Me llevó por un sendero extraño a través de la plantación, un sendero por el que no había esperanza de que te encontráramos, y no volvió a hablar hasta que estuvimos a la vista de la casa. Entonces se detuvo de nuevo y dijo: «¿Quieres una segunda oportunidad si te la doy? ¿Lo pensarás mejor y me contarás el resto?». Solo pude repetir las mismas palabras que había pronunciado antes. Maldijo mi terquedad, continuó la marcha y me llevó con él a la casa. «No puedes engañarme —dijo—, sabes más de lo que quieres decir. Te sacaré tu secreto y se lo sacaré también a esa hermana tuya. Se acabaron los complots y los murmullos entre ustedes. Ni tú ni ella volverán a verse hasta que hayan confesado la verdad. Haré que te vigilen mañana, tarde y noche hasta que confieses la verdad». Era sordo a todo lo que pudiera decir. Me llevó directamente arriba, a mi propia habitación. Fanny estaba allí sentada, haciendo algo de labor para mí, y la echó al instante. «Me encargaré de que no te metas en la conspiración —dijo—. Te marcharás de esta casa hoy. Si tu señora quiere doncella, tendrá una elegida por mí». Me empuñó hacia la habitación y me echó la llave por fuera. ¡Puso a esa mujer insensata a vigilarme desde fuera, Marian! Miraba y hablaba como un loco. Quizá te cueste creerlo, pero lo hizo de verdad.

—Lo creo, Laura. Está loco... loco por los terrores de una conciencia culpable. Cada palabra que has dicho me da la absoluta certeza de que, cuando Anne Catherick te dejó ayer, estabas a punto de descubrir un secreto que podría haber sido la ruina de tu vil esposo, y él cree que lo has descubierto. Nada de lo que digas o hagas calmará esa desconfianza culpable ni convencerá su naturaleza falsa de tu verdad. No te digo esto, mi amor, para alarmarte. Te lo digo para abrirte los ojos a tu situación y convencerte de la urgente necesidad de dejarme actuar, lo mejor que pueda, para tu protección mientras la oportunidad sea nuestra. La intervención del Conde Fosco me ha garantizado hoy el acceso a ti, pero puede retirar esa intervención mañana. Sir Percival ya ha despedido a Fanny porque es una muchacha avispada y devotamente apegada a ti, y ha elegido en su lugar a una mujer a la que le importan un bledo tus intereses y cuya torpe inteligencia la reduce al nivel del perro guardián del patio. Es imposible saber qué medidas violentas tomará a continuación a menos que aprovechemos al máximo nuestras oportunidades mientras las tengamos.

—¿Qué podemos hacer, Marian? ¡Oh, si tan solo pudiéramos salir de esta casa para no verla nunca más!

—Escúchame, mi amor, y trata de pensar que no estás completamente desamparada mientras yo esté aquí contigo.

—Lo pensaré... sí lo pienso. No te olvides del todo de la pobre Fanny al pensar en mí. Ella también necesita ayuda y consuelo.

—No la olvidaré. La vi antes de subir aquí y he dispuesto comunicarme con ella esta noche. Las cartas no son seguras en el buzón de Blackwater Park, y tendré que escribir dos hoy, en interés tuyo, que no deben pasar por otras manos que las de Fanny.

—¿Qué cartas?

—Me refiero a escribir primero, Laura, al socio del Sr. Gilmore, que se ha ofrecido a ayudarnos ante cualquier nueva emergencia. Por poco que sepa de la ley, estoy segura de que puede proteger a una mujer de un trato como el que ese rufián te ha infligido hoy. No entraré en detalles sobre Anne Catherick, porque no tengo información segura que dar. ¡Pero el abogado sabrá de esos hematomas en tu brazo y de la violencia ejercida contra ti en esta habitación, y lo sabrá antes de que descanse esta noche!

—¡Pero piensa en el escándalo, Marian!

—Cuento con el escándalo. Sir Percival tiene más que temer de él que tú. La perspectiva de un escándalo puede hacerlo entrar en razón cuando nada más lo consiga.

Me levanté mientras hablaba, pero Laura me suplicó que no la dejara.

—Lo empujarás a la desesperación —dijo— y multiplicarás nuestros peligros por diez.

Sentí la verdad —la desalentadora verdad— de esas palabras. Pero no podía obligarme a reconocérselo abiertamente. En nuestra terrible posición no había ayuda ni esperanza para nosotras más que arriesgarnos a lo peor. Lo dije en términos cautelosos. Ella suspiró amargamente, pero no discutió el asunto. Solo preguntó por la segunda carta que me había propuesto escribir. ¿A quién iba dirigida?

—Al Sr. Fairlie —diqué—. Tu tío es tu pariente varón más cercano y la cabeza de la familia. Debe y tiene que intervenir.

Laura meneó la cabeza con tristeza.

—Sí, sí —continué—, tu tío es un hombre débil, egoísta y mundano, lo sé, pero no es Sir Percival Glyde, y no tiene a su alrededor a nadie como el Conde Fosco. No espero nada de su amabilidad ni de su ternura de sentimientos hacia ti ni hacia mí, pero hará cualquier cosa por mimar su propia indolencia y asegurar su propia tranquilidad. Déjame tan solo persuadirlo de que su intervención en este momento le ahorrará inevitables problemas, desdichas y responsabilidades en el futuro, y se moverá por su propio bien. Sé cómo tratar con él, Laura; ya tengo algo de práctica.

—¡Si tan solo pudieras convencerlo de que me deje volver a Limmeridge un ratito y quedarme allí tranquilamente contigo, Marian, podría volver a ser casi tan feliz como antes de casarme!

Esas palabras me pusieron a pensar en una nueva dirección. ¿Sería posible situar a Sir Percival entre las dos alternativas de exponerse al escándalo de una intervención legal en favor de su esposa o permitir que se separe discretamente de ella por un tiempo con el pretexto de una visita a la casa de su tío? ¿Y se podría confiar en que, en tal caso, aceptaría este último recurso? Era dudoso, más que dudoso. Y, sin embargo, por desesperado que pareciera el experimento, sin duda valía la pena intentarlo. Decidí probarlo ante la absoluta desesperación de no saber qué más hacer.

—Tu tío sabrá el deseo que acabas de expresar —dije— y también le pediré consejo al abogado sobre el tema. Algo bueno puede salir de ello, y espero que así sea.

Diciendo esto me levanté de nuevo, y otra vez Laura intentó hacerme retomar el asiento.

—No me dejes —dijo inquieta—. Mi escritorio está en esa mesa. Puedes escribir aquí.

Me costaba horrores rechazarla, incluso por su propio interés. Pero ya habíamos estado demasiado tiempo encerradas a solas. Nuestra posibilidad de volver a vernos podía depender enteramente de no despertar nuevas sospechas. Era el momento oportuno de dejarme ver, con tranquilidad y naturalidad, entre los miserables que en ese mismo momento estaban quizá pensando en nosotras y hablando de nosotras abajo. Le expliqué la mísera necesidad a Laura y la convencí de que lo viera como yo.

—Volveré en seguida, mi amor, en menos de una hora —dije—. Lo peor ha pasado por hoy. Quédate tranquila y no temas nada.

—¿Está la llave en la puerta, Marian? ¿Puedo echarla por dentro?

—Sí, aquí está la llave. Cierra la puerta y no se la abras a nadie hasta que suba de nuevo.

La besé y la dejé. Fue un alivio para mí, mientras me alejaba, oír girar la llave en la cerradura y saber que la puerta dependía de su propia voluntad.

VIII

19 de junio.—Apenas había llegado a lo alto de la escalera cuando el cerrojo de la puerta de Laura me sugirió la precaución de cerrar también con llave la mía, y de llevar la llave bien segura conmigo mientras estuviera fuera de la habitación. Mi diario ya estaba a buen recaudo junto con otros papeles en el cajón de la mesa, pero mis materiales de escritura se habían quedado fuera. Entre ellos había un sello con el motivo común de dos palomas bebiendo de la misma copa, y unas hojas secantes en las que había quedado marcada la impresión de las últimas líneas de lo que había escrito en estas páginas durante la noche anterior. Deformado por la sospecha que ya se había vuelto parte de mí, hasta esos insignificantes detalles me parecieron demasiado peligrosos como para dejarlos sin vigilancia; incluso el cajón de la mesa con llave me pareció insuficientemente protegido en mi ausencia hasta que los medios para acceder a él hubieron quedado también cuidadosamente asegurados.

No encontré indicios de que nadie hubiera entrado en la habitación mientras había estado hablando con Laura. Mis materiales de escritura (a los que había dado instrucciones estrictas al servicio de no tocar jamás) estaban esparcidos por la mesa casi como de costumbre. Lo único que me llamó la atención en relación con ellos fue que el sello yacía ordenadamente en la bandeja, junto con los lápices y el lacre. No estaba entre mis descuidos (siento decirlo) ponerlo ahí, ni recordaba haberlo puesto. Pero como por otra parte no conseguía recordar en qué otro sitio lo había tirado, y como tampoco estaba segura de si por una vez lo habría colocado mecánicamente en su sitio, me abstuve de añadir a la perplejidad con la que los acontecimientos del día habían llenado mi mente, preocupándome de nuevo por una nusguedad. Cerré la puerta, me guardé la llave en el bolsillo y bajé.

Madame Fosco estaba sola en el vestíbulo mirando el barómetro.

—Sigue bajando —dijo—. Mucho me temo que debamos esperar más lluvia.

Su rostro había recuperado la compostura, así como su expresión y su color habituales. Pero la mano con la que señalaba la esfera del barómetro aún temblaba.

¿Le habría contado ya a su marido que la había oído injuriarlo, en mi compañía, llamándolo «espía»? Mi firme sospecha de que debía de habérselo contado, mi irresistible pavor (tanto más abrumador por lo mismo vaguedad) a las consecuencias que podían derivarse, mi íntima convicción —nacida de esas pequeñas delaciones involuntarias que las mujeres se notan unas a otras— de que Madame Fosco, a pesar de su bien fingida amabilidad externa, no había perdonado a su sobrina por interponerse inocentemente entre ella y el legado de diez mil libras, todo acudió a mi mente de golpe, todo me impulsó a hablar con la vanidosa esperanza de usar mi propia influencia y mi poder de persuasión para expiar la ofensa de Laura.

—¿Puedo confiar en su amabilidad para disculparme, Madame Fosco, si me atrevo a hablarle de un asunto sumamente doloroso?

Ella cruzó las manos ante el pecho e inclinó solemnemente la cabeza, sin pronunciar una sola palabra y sin apartar de los míos los ojos ni un instante.

—Cuando tuvo la bondad de devolverme el pañuelo —continué—, temo mucho, muchísimo, que debió de oír por casualidad a Laura decir algo que no deseo repetir y que no intentaré defender. Tan solo me arriesgo a esperar que no lo haya juzgado de la importancia suficiente como para mencionárselo al conde.

—No lo juzgo de importancia alguna —dijo Madame Fosco seca y repentinamente—. Pero —añadió, recuperando al instante su aire glacial—, no tengo secretos para mi marido ni siquiera en las nusguedades. Cuando notó hace un momento que parecía afligida, fue mi doloroso deber contarle el motivo de mi aflicción, y le confieso francamente, señorita Halcombe, que se lo he dicho.

Estaba preparada para oírlo, y sin embargo me heló hasta los huesos cuando pronunció esas palabras.

—Permítame suplicarle encarecidamente, Madame Fosco, permítame suplicarle encarecidamente al conde, que tengan en cuenta la triste posición en la que se encuentra mi hermana. Habló mientras sentía el escozor del insulto y la injusticia infligidos por su marido, y no estaba en su sano juicio cuando dijo esas palabras precipitadas. ¿Puedo esperar que sean perdonadas con consideración y generosidad?

—Sin duda alguna —dijo la voz tranquila del conde a mi espalda. Se nos había acercado con su paso silencioso y el libro en la mano desde la biblioteca.

—Cuando lady Glyde pronunció esas palabras precipitadas —prosiguió—, cometió conmigo una injusticia de la que me lamento... y a la que perdono. No volvamos a tocar jamás el tema, señorita Halcombe; unámonos todos confortablemente para olvidarlo desde este mismo momento.

—Es usted muy amable —dije—, me alivia de un modo inexpresivo.

Intenté continuar, pero sus ojos estaban fijos en mí; su sonrisa mortal que lo oculta todo se cernía, firme e inquebrantable, sobre su rostro ancho y terso. Mi desconfianza hacia su insondable falsedad, mi noción de mi propia degradación al rebajarme a conciliar con su esposa y con él, me alteraron y confundieron de tal modo que las siguientes palabras se me ahogaron en los labios y me quedé allí en silencio.

—Le ruego de rodillas que no diga más, señorita Halcombe; estoy verdaderamente consternado de que haya considerado necesario decir tanto.

Con aquel discurso educado me tomó la mano (¡oh, cómo me desprecio a mí misma!, ¡oh, qué poco consuelo hay incluso en saber que me sometí por el bien de Laura!), me tomó la mano y la acercó a sus labios venenosos. Jamás conocí todo mi horror hacia él hasta aquel instante. Aquella familiaridad inocente me heló la sangre como si se tratara del más vil insulto que un hombre pudiera haberme inferido. Y sin embargo le oculté mi repugnancia, intenté sonreír; yo, que antaño despreciaba implacablemente el engaño en otras mujeres, era tan falsa como la peor de ellas, tan falsa como el judas cuyos labios habían rozado mi mano.

No habría podido mantener mi degradante autocontrol —lo único que me redime ante mi propia estimación es saber que no habría podido— si él hubiera seguido clavando sus ojos en mi rostro. Los celos tigrescos de su esposa vinieron en mi rescate y apartaron su atención de mí en el momento en que se apoderó de mi mano. Sus fríos ojos azules cobraron brillo, sus apagadas mejillas pálidas se encendieron con un color vivo, pareció rejuvenecer años de golpe.

—¡Conde! —dijo—. Sus formas de cortesía extranjera no las entienden las mujeres inglesas.

—¡Perdóneme, ángel mío! La mejor y más querida mujer inglesa del mundo las entiende.

Con esas palabras soltó mi mano y alzó silenciosamente la de su esposa hasta sus labios en su lugar.

Echué a correr escaleras arriba para refugiarme en mi propia habitación. Si hubiera habido tiempo para pensar, mis pensamientos, al verme sola de nuevo, me habrían causado un sufrimiento atroz. Pero no había tiempo para pensar. Por fortuna para la preservación de mi sangre fría y de mi valor, no había tiempo para otra cosa que no fuera la acción.

Todavía faltaba por escribir las cartas al abogado y al señor Fairlie, y me senté enseguida, sin vacilar un solo instante, a consagrarme a ellas.

No había multitud de recursos que me confundieran; no había absolutamente nadie de quien depender, en primera instancia, salvo de mí misma. Sir Percival no tenía amigos ni parientes en las inmediaciones cuya intercesión pudiera intentar emplear. Mantenía una relación muy fría —en algunos casos pésima— con las familias de su propio rango y posición que vivían cerca de él. Las dos mujeres que éramos no teníamos ni padre ni hermano que viniera a la casa a tomar partido por nosotros. No había más opción que escribir esas dos dudosas cartas, o dejar a Laura en evidencia y a mí misma en evidencia, e imposibilitar toda negociación pacífica en el futuro fugándome en secreto de Blackwater Park. Nada salvo el peligro personal más inminente podía justificar que tomáramos ese segundo camino. Había que probar primero con las cartas, y las escribí.

No le dije nada al abogado acerca de Anne Catherick porque (como ya le había insinuado a Laura) ese tema estaba vinculado a un misterio que todavía no podíamos explicar, y sobre el cual resultaría por tanto inútil escribirle a un profesional. Dejé que mi corresponsal atribuyera la conducta vergonzosa de Sir Percival, si le placía, a nuevas disputas sobre cuestiones de dinero, y me consulté simplemente con él acerca de la posibilidad de emprender acciones legales para la protección de Laura en el evento de que su esposo se negara a permitirle abandonar Blackwater Park por un tiempo y regresar conmigo a Limmeridge. Lo remití al señor Fairlie para los pormenores de este último arreglo; le aseguré que escribía con la autorización de Laura; y terminé suplicándole que obrara en su nombre hasta el límite absoluto de sus facultades y con la menor pérdida de tiempo posible.

La carta al señor Fairlie me ocupó a continuación. Le supliqué en los términos que le había mencionado a Laura como los más propicios para lograr que se movilizara; adjunté una copia de mi carta al abogado para mostrarle cuán grave era el asunto, y presenté nuestra mudanza a Limmeridge como el único compromiso capaz de evitar que el peligro y la angustia de la actual situación de Laura afectaran inevitablemente también a su tío en un futuro no muy lejano.

Cuando hube terminado, y tras sellar y dirigir los dos sobres, regresé con las cartas a la habitación de Laura para mostrarle que estaban escritas.

—¿Te ha molestado alguien? —le pregunté cuando me abrió la puerta.

—Nadie ha llamado —respondió—. Pero he oído a alguien en la antesala.

—¿Era un hombre o una mujer?

—Una mujer. He oído el crujir de su vestido.

—¿Un crujir como de seda?

—Sí, como de seda.

Madame Fosco había estado vigilando fuera, evidentemente. El daño que pudiera causar por sí sola era poco temible. Pero el daño que pudiera causar como dispuesta herramienta en las manos de su esposo era demasiado formidable como para pasarlo por alto.

—¿Qué fue del crujir del vestido cuando dejaste de oírlo en la antesala? —le inquirí—. ¿Lo oíste pasar junto a tu pared, a lo largo del pasillo?

—Sí. Me quedé quieta y escuché, y justo lo oí.

—¿En qué dirección fue?

—Hacia tu habitación.

Volví a reflexionar. El sonido no había llegado a mis oídos. Pero entonces me hallaba profundamente absorta en mis cartas, y escribo con mano firme y pluma de ganso, raspando y arañando ruidosamente el papel. Era más probable que Madame Fosco oyera el rasgueo de mi pluma a que yo oyera el crujir de su vestido. Una razón más (por si me hubiera hecho falta) para no confiar mis cartas al buzón del vestíbulo.

Laura me vio meditando.

—¡Más dificultades! —dijo con fatiga—; ¡más dificultades y más peligros!

—Ningún peligro —repliqué—. Alguna pequeña dificultad, tal vez. Pienso en la manera más segura de poner mis dos cartas en manos de Fanny.

—¿Las has escrito de verdad, entonces? ¡Oh, Marian, no corras riesgos; te lo ruego, te ruego que no corras riesgos!

—No, no, no hay temor. A ver... ¿qué hora es ahora?

Eran las seis menos cuarto. Tendría tiempo de llegar a la posada del pueblo y volver antes de la cena. Si esperaba hasta la noche, tal vez no encontrara una segunda oportunidad de salir de la casa a salvo.

—Mantén la llave echada en la cerradura, Laura —le dije—, y no temas por mí. Si oyes que alguien pregunta, grita a través de la puerta y di que he salido a dar un paseo.

—¿Cuándo volverás?

—Antes de la cena, sin falta. Valor, amor mío. A esta hora de mañana tendrás a un hombre sensato y digno de confianza obrando por tu bien. El socio del señor Gilmore es nuestro segundo mejor amigo después del propio señor Gilmore.

Apenas me hube quedado a solas, un momento de reflexión me convenció de que era mejor no aparecer con mi atuendo de paseo sin haber descubierto antes qué se traían entre manos en la planta baja de la casa. Todavía no había averiguado si Sir Percival estaba dentro o fuera.

El canto de los canarios en la biblioteca y el olor a humo de tabaco que salía por la puerta, que no estaba cerrada, me indicaron al instante dónde se encontraba el conde. Miré por encima del hombro al pasar junto al dintel y vi, para mi sorpresa, que estaba exhibiendo la docencia de los pájaros con sus maneras más encantadoramente educadas al ama de llaves. Debía de haberla invitado expresamente a verlos, pues a ella jamás se le habría ocurrido entrar en la biblioteca por propia voluntad. Los actos más insignificantes de aquel hombre tenían algún tipo de propósito en el fondo de cada uno de ellos. ¿Cuál podía ser su propósito allí?

No era momento entonces de indagar en sus motivos. Busqué a Madame Fosco a continuación y la encontré siguiendo su circuito favorito una y otra vez alrededor del estanque de los peces.

Tenía ciertas dudas sobre cómo me recibiría tras el estallido de celos del que había sido causa hacía tan poco. Pero su marido la había domesticado en el ínterin, y ahora me habló con la misma amabilidad de costumbre. Mi único objetivo al dirigirme a ella era averiguar si sabía qué había sido de Sir Percival. Me las ingenié para aludir a él indirectamente y, tras un pequeño esgrima por ambas partes, por fin mencionó que había salido.

—¿Cuál de los caballos se ha llevado? —le pregunté con descuido.

—Ninguno —respondió—. Se marchó hace dos horas a pie. Según tengo entendido, su propósito era hacer nuevas averiguaciones sobre la mujer llamada Anne Catherick. Parece mostrar una inquietud desmedida por dar con su rastro. ¿Sabe por casualidad si está peligrosamente loca, señorita Halcombe?

—Lo ignoro, condesa.

—¿Va a entrar?

—Sí, creo que sí. Supongo que pronto será hora de vestirse para la cena.

Entramos juntas en la casa. Madame Fosco entró paseando en la biblioteca y cerró la puerta. Fui de inmediato a buscar mi sombrero y mi chal. Cada instante era de importancia si quería llegar hasta Fanny en la posada y estar de vuelta antes de la cena.

Cuando volví a cruzar el vestíbulo ya no había nadie y el canto de los pájaros en la biblioteca había cesado. No podía detenerme a hacer nuevas indagaciones. Solo pude cerciorarme de que el camino estaba despejado y luego salir de la casa con las dos cartas a buen recaudo en el bolsillo.

En mi camino hacia el pueblo me preparé para la posibilidad de encontrarme con Sir Percival. Mientras tuviera que vérselas a solas con él, me sentía segura de no perder la presencia de espíritu. Cualquier mujer que esté segura de su propio ingenio es rival en cualquier momento para un hombre que no está seguro de su propio temperamento. No temía a Sir Percival como temía al conde. En lugar de alterarme, me había calmado saber cuál era el recado que lo había hecho salir. Mientras seguir el rastro de Anne Catherick fuera la gran preocupación que lo ocupaba, Laura y yo podíamos abrigar la esperanza de que cesara cualquier persecución activa de su parte. Por nuestro bien ahora, así como por el de Anne, esperaba y rogaba con fervor que consiguiera escapar de él todavía.

Caminé tan animosamente como el calor me lo permitía hasta llegar al cruce de caminos que llevaba al pueblo, mirando hacia atrás de vez en cuando para asegurarme de que nadie me seguía.

No hubo nada a mis espaldas en todo el trayecto salvo un carro de campo vacío. El ruido que hacían las pesadas ruedas me molestaba, y cuando comprobé que el carro tomaba el camino del pueblo al igual que yo, me detuve para dejarlo marchar y que se alejara del alcance de mis oídos. Al mirarlo con más atención que antes, creí advertir a intervalos los pies de un hombre que caminaba pegado a él, mientras el carretero iba delante, al lado de sus caballos. El tramo del cruce que acababa de dejar atrás era tan estrecho que el carro que venía tras de mí rozaba los árboles y los matorrales a ambos lados, y tuve que esperar a que pasara para comprobar la exactitud de mi impresión. Aparentemente esa impresión era errónea, pues cuando el carro me hubo rebasado el camino que quedaba atrás estaba completamente despejado.

Llegué a la posada sin tropezar con Sir Percival y sin advertir nada más, y me alegró comprobar que la patrona había recibido a Fanny con toda la amabilidad posible. La muchacha tenía un pequeño saloncito donde sentarse, apartado del bullicio de la taberna, y una limpia habitación en lo alto de la casa. Volvió a romper a llorar al verme y dijo, pobre alma, con toda la razón, que era espantoso sentirse arrojada al mundo como si hubiera cometido una falta imperdonable, cuando nadie podía culparla de nada, ni siquiera su amo, que la había despedido.

—Intenta sacar lo mejor de esto, Fanny —le dije—. Tu señora y yo seremos tus amigas y cuidaremos de que tu reputación no sufra. Ahora, escúchame. Tengo muy poco tiempo libre y voy a depositar una gran confianza en tus manos. Quiero que cuides de estas dos cartas. La que tiene el sello debes echarla al correo en cuanto llegues a Londres mañana. La otra, dirigida al señor Fairlie, debes entregársela tú misma en cuanto llegues a casa. Guarda ambas cartas contigo y no se las entregues a nadie. Son de la máxima importancia para los intereses de tu señora.

Fanny se guardó las cartas en el pecho del vestido.

—Ahí se quedarán, señorita —dijo—, hasta que haya hecho lo que me manda.

—Acuérdate de estar en la estación a buena hora mañana por la mañana —continué—. Y cuando veas al ama de llaves en Limmeridge, dale mis respetos y dile que estás a mi servicio hasta que lady Glyde pueda volverte a acoger. Puede que nos volvamos a ver antes de lo que piensas. Así que ten ánimo y no pierdas el tren de las siete.

—Gracias, señorita, muchas gracias. Da valor volver a oír su voz. Por favor, ofrezca mis respetos a mi señora y dígale que dejé todas las cosas tan ordenadas como pude en el tiempo que tuve. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¿Quién la vestirá para la cena hoy? Me parte verdaderamente el corazón, señorita, de pensarlo.

Cuando volví a la casa apenas me quedaba un cuarto de hora para arreglarme para la cena y decirle dos palabras a Laura antes de bajar.

—Las cartas están en manos de Fanny —le susurré junto a la puerta—. ¿Piensas acompañarnos a cenar?

—Oh, no, no... por nada del mundo.

—¿Ha pasado algo? ¿Te ha molestado alguien?

—Sí... ahora mismo... Sir Percival...

—¿Ha entrado?

—No, me ha asustado con un golpe seco en la puerta de fuera. He dicho: «¿Quién hay?». «Ya lo sabes —ha respondido—. ¿Cambiarás de opinión y me dirás el resto? ¡Lo harás! Tarde o temprano te lo arrancaré. Sabes dónde está Anne Catherick en este preciso momento». «De verdad, de verdad —le he dicho—, no lo sé». «¡Lo sabes! —ha gritado desde fuera—. ¡Aplastaré tu obstinación, recuérdalo!, ¡te lo arrancaré!». Se ha ido con esas palabras, se ha ido, Marian, hace apenas cinco minutos.

¡No había encontrado a Anne! Estábamos a salvo por esa noche; todavía no la había encontrado.

—¿Vas abajo, Marian? Sube otra vez por la noche.

—Sí, sí. No te inquietes si tardo un poco; debo tener cuidado de no ofenderlos marchándome demasiado pronto.

Sonó la campana de la cena y me apresuré a salir.

Sir Percival llevó a Madame Fosco al comedor, y el conde me ofreció el brazo. Estaba sofocado y acalorado, y no vestía con su esmero y pulcritud habituales. ¿Había estado él también fuera antes de cenar y se le había hecho tarde al volver?, ¿o es que sufría por el calor un poco más severamente de lo normal?

Fuera como fuese, estaba indudablemente turbado por alguna molestia o inquietud secreta que, con todas sus dotes de engaño, no lograba ocultar del todo. Durante toda la cena estuvo casi tan silencioso como el propio Sir Percival, y de vez en cuando miraba a su esposa con una expresión de furtiva inquietud que era del todo nueva en mi experiencia con él. La única obligación social que parecía poseer la suficiente sangre fría para cumplir con tanto esmero como siempre era la obligación de ser persistentemente amable y atento conmigo. Qué vil objetivo tiene en mente sigo sin descubrirlo, pero sea cual sea su designio, la amabilidad invariable hacia mí, la humildad invariable hacia Laura y la represión invariable (a cualquier precio) de la torpe violencia de Sir Percival han sido los medios de los que se ha valido resuelta e impenetrablemente para alcanzar su fin desde que puso el pie en esta casa. Lo sospeché cuando intervino por primera vez en nuestro favor, el día en que se presentó la escritura en la biblioteca, y estoy segura de ello ahora.

Cuando Madame Fosco y yo nos levantamos para abandonar la mesa, el conde se levantó también para acompañarnos de vuelta al salón.

—¿A dónde vas? —preguntó Sir Percival—. Me refiero a ti, Fosco.

—Me voy porque he comido suficiente y he bebido suficiente vino —respondió el conde—. Ten la bondad, Percival, de comprender mi costumbre extranjera de marcharme con las damas, así como de entrar con ellas.

—¡Tonterías! Otra copa de clarete no te hará daño. Siéntate otra vez como un inglés. Quiero hablar un cuarto de hora tranquilamente contigo sobre el vino.

—Una charla tranquila, Percival, de todo corazón, pero no ahora y no sobre el vino. Más tarde, si te parece... más tarde por la noche.

—¡Cortés! —dijo Sir Percival con fiereza—. ¡Comportamiento cortés, por mi vida, con un hombre en su propia casa!

Más de una vez le había visto mirar al conde con inquietud durante la hora de cenar, y había observado que el conde se abstenía cuidadosamente de mirarle a su vez. Esta circunstancia, unida a la ansiedad del anfitrión por una pequeña charla tranquila sobre el vino y a la terca negativa del invitado a sentarse de nuevo a la mesa, reavivó en mi memoria la petición que Sir Percival le había dirigido en vano a su amigo más temprano aquel día para que saliera de la biblioteca y hablara con él. El conde había aplazado conceder aquella entrevista privada cuando se la pidieron por primera vez por la tarde, y había vuelto a aplazar concedérsela cuando se la pidieron por segunda vez a la mesa. Fuera cual fuese el futuro tema de discusión entre ambos, era claramente un asunto importante a los ojos de Sir Percival, y tal vez (a juzgar por su manifiesta repugnancia a abordarlo) un asunto peligroso también a los ojos del conde.

Estas consideraciones acudieron a mi mente mientras pasábamos del comedor al salón. El colérico comentario de Sir Percival sobre la deserción de su amigo no había surtido el más mínimo efecto. El conde nos acompañó tercamente hasta la mesa del té, esperó un minuto o dos en la habitación, salió al vestíbulo y regresó con el buzón de correo en las manos. Eran entonces las ocho, la hora a la que siempre se despachaban las cartas desde Blackwater Park.

—¿Tiene alguna carta para el correo, señorita Halcombe? —preguntó, acercándose a mí con el saco.

Vi que Madame Fosco, que estaba sirviendo el té, se detenía con las pinzas del azúcar en la mano para escuchar mi respuesta.

—No, conde, gracias. Hoy no hay cartas.

Le entregó el saco al criado, que estaba entonces en la habitación; se sentó al piano y tocó dos veces seguidas la melodía de aquella alegre canción callejera napolitana, La mia Carolina. Su esposa, que solía ser la más pausada de las mujeres en todos sus movimientos, preparó el té tan rápido como lo habría preparado yo misma, se terminó su propia taza en dos minutos y se deslizó silenciosamente fuera de la estancia.

Me levanté para seguir su ejemplo, en parte porque sospechaba que intentaba alguna traición arriba con Laura, en parte porque estaba resuelta a no quedarme sola en la misma habitación con su marido.

Antes de que pudiera llegar a la puerta, el conde me detuvo pidiéndome una taza de té. Le di la taza de té e intenté marcharme por segunda vez. Volvió a detenerme, esta vez regresando al piano y apelando de repente a mí sobre una cuestión musical en la que declaró que estaba en juego el honor de su país.

En vano invoqué mi absoluta ignorancia de la música y mi total falta de gusto en esa dirección. Él no hizo sino apelar a mí de nuevo con una vehemencia que desafió cualquier ulterior protesta de mi parte. «¡Los ingleses y los alemanes (declaró indignado) no hacían más que vituperar a los italianos por su incapacidad para cultivar las formas más elevadas de la música! ¡Nosotros hablábamos perpetuamente de nuestros oratorios y ellos hablaban perpetuamente de sus sinfonías! ¿Acaso olvidábamos, acaso olvidaban ellos a su inmortal amigo y compatriota Rossini? ¿Qué era Moisés en Egipto sino un oratorio sublime que se representaba en el escenario en lugar de cantarse fríamente en una sala de conciertos? ¿Qué era la obertura de Guillermo Tell sino una sinfonía con otro nombre? ¿Había escuchado Moisés en Egipto? ¿Quería escuchar esto, y esto, y esto, y decir si alguna vez un hombre mortal había compuesto algo más sublimemente sagrado y grandioso?»; y sin esperar una sola palabra de asentimiento o disentimiento de mi parte, mirándome fijamente a los ojos todo el tiempo, comenzó a tocar el piano a tronido limpio y a cantar con voz alta y altisonante, interrumpiéndose tan solo a intervalos para anunciarme con fiereza los títulos de las distintas piezas musicales: «¡Coro de los egipcios en la plaga de las tinieblas, señorita Halcombe!», «Recitativo de Moisés con las tablas de la ley», «Oración de los israelitas al paso del mar Rojo. ¡Ajá! ¡Ajá! ¿Es eso sagrado? ¿Es eso sublime?». El piano tembló bajo sus poderosas manos y las tazas de té sobre la mesa tintinearon mientras su gran voz de bajo tronaba con las notas y su pesado pie marcaba el compás en el suelo.

Había algo horrible —algo feroz y diabólico— en el estallido de su deleite por su propio canto y su propia interpretación, y en el triunfo con el que vigilaba el efecto que causaba en mí mientras yo me encogía, acercándome cada vez más a la puerta. Al fin quedé en libertad, no por mis propios esfuerzos, sino por la interposición de Sir Percival. Abrió la puerta del comedor y gritó enfadado para preguntar qué significaba «aquel ruido infernal». El conde se levantó al instante del piano.

—¡Ah! Si viene Percival —dijo—, la armonía y la melodía se han acabado. ¡La musa de la música, señorita Halcombe, nos abandona consternada, y yo, el viejo y gordo baillarín, exhalo el resto de mi entusiasmo al aire libre!

Entró a grandes zancadas en la galería, se metió las manos en los bolsillos y reanudó el «Recitativo de Moisés» sotto voce en el jardín.

Oí que Sir Percival lo llamaba desde la ventana del comedor. Pero él no hizo caso; parecía decidido a no oír. Aquella charla tranquila largamente pospuesta entre ambos seguía aplazándose, seguía a la espera de la absoluta voluntad y capricho del conde.

Me había retenido en el salón cerca de media hora desde el momento en que su esposa nos había dejado. ¿Dónde había estado y qué había hecho en ese intervalo?

Fui arriba para averiguarlo, pero no hice ningún descubrimiento, y cuando interrogué a Laura, comprobé que no había oído nada. Nadie la había molestado, no se había oído el más leve crujir del vestido de seda ni en la antesala ni en el pasillo.

Faltaban entonces veinte minutos para las nueve. Tras ir a mi habitación a buscar mi diario, regresé y me senté con Laura, unas veces escribiendo, otras deteniéndome a hablar con ella. Nadie se nos acercó y no ocurrió nada. Permanecimos juntas hasta las diez. Me levanté entonces, le dirigí mis últimas palabras de aliento y le di las buenas noches. Volvió a echar el cerrojo a su puerta después de que acordáramos que iría a verla a primera hora de la mañana.

Me quedaba por añadir unas pocas frases más a mi diario antes de acostarme yo misma, y al bajar de nuevo al salón tras dejar a Laura por última vez en aquel fatigado día, resolví limitarme a presentarme allí, a disculparme y a retirarme a dormir una hora antes de lo habitual.

Sir Percival, el conde y su esposa estaban sentados juntos. Sir Percival bostezaba en un sillón orejero, el conde leía, Madame Fosco se abanicaba. Por extraño que parezca, su rostro estaba enrojecido ahora. Ella, que nunca sufría por el calor, estaba sufriendo indudablemente por él aquella noche.

—Me temo, condesa, que no se encuentra tan bien como de costumbre —le dije.

—Justo la observación que iba a hacerle a usted —respondió—. Tiene usted aspecto pálido, querida mía.

¡Querida mía! ¡Era la primera vez que se dirigía a mí con esa familiaridad! Había además una sonrisa insolente en su rostro cuando pronunció las palabras.

—Sufro uno de mis fuertes dolores de cabeza —repliqué con frialdad.

—¿Ah, de veras? ¿Falta de ejercicio, supongo? Un paseo antes de cenar le habría venido como anillo al dedo.

Aludió al «paseo» con un extraño énfasis. ¿Me habría visto salir? No importaba si lo había hecho. Las cartas estaban a salvo ya en manos de Fanny.

—Ven a fumar un cigarro, Fosco —dijo Sir Percival, levantándose con otra mirada de inquietud hacia su amigo.

—Con mucho gusto, Percival, cuando las damas se hayan ido a la cama —respondió el conde.

—Discúlpenme, condesa, si les doy el ejemplo de retirarme —dije—. El único remedio para un dolor de cabeza como el mío es irse a la cama.

Me despedí. Había la misma sonrisa insolente en el rostro de la mujer cuando le di la mano. Sir Percival no me prestó atención. Miraba con impaciencia a Madame Fosco, que no mostraba señales de abandonar la habitación conmigo. El conde sonrió para sus adentros detrás de su libro. Quedaba aún otra demora para aquella charla tranquila con Sir Percival, y la condesa era el impedimento esta vez.

IX

19 de junio.—Una vez a salvo y con la puerta cerrada en mi propia habitación, abrí estas páginas y me dispuse a continuar con aquella parte del registro del día que aún quedaba por redactar.

Durante diez minutos o más estuve sentada sin hacer nada, con la pluma en la mano, dándole vueltas a los acontecimientos de las últimas doce horas. Cuando al fin me puse a la tarea, encontré una dificultad para continuar con ella que nunca antes había experimentado. A pesar de mis esfuerzos por fijar mis pensamientos en el asunto que tenía entre manos, se desviaban con la más extraña persistencia hacia el único rumbo de Sir Percival y el conde, y todo el interés que intentaba concentrar en mi diario se centraba, en cambio, en aquella entrevista privada entre ambos que se había pospuesto durante todo el día, y que ahora iba a tener lugar en el silencio y la soledad de la noche.

En este estado perverso de mi mente, el recuerdo de lo ocurrido desde la mañana no volvía a mí, y no había más recurso que cerrar mi diario y alejarme de él por un rato.

Abrí la puerta que comunicaba mi dormitorio con mi salita y, tras cruzarla, volví a cerrarla de golpe para evitar cualquier accidente en caso de corriente con la vela que había dejado sobre el tocador. La ventana de mi salita estaba abierta de par en par, y me asomé lánguidamente para mirar la noche.

Estaba oscura y tranquila. No se veían ni la luna ni las estrellas. En el aire quieto y pesado había un olor a lluvia, y saqué la mano por la ventana. No. La lluvia solo amagaba, aún no había llegado.

Me quedé apoyada en el alféizar durante casi un cuarto de hora, mirando distraída la negrura absoluta y sin oír nada, salvo de vez en cuando las voces de los sirvientes, o el sonido lejano de una puerta al cerrarse en la parte baja de la casa.

Justo cuando me apartaba cansada de la ventana para volver al dormitorio y hacer un segundo intento de completar la anotación inconclusa de mi diario, percibí el olor a humo de tabaco que se filtraba hacia mí en el aire pesado de la noche. Al momento siguiente vi una diminuta chispa roja que avanzaba desde el extremo más alejado de la casa en la más absoluta oscuridad. No oí pasos y no veía más que la chispa. Avanzó por la noche, pasó por delante de la ventana en la que estaba de pie y se detuvo frente a la ventana de mi dormitorio, dentro de la cual había dejado la luz encendida en el tocador.

La chispa permaneció inmóvil un instante y luego retrocedió en la dirección de la que había venido. A medida que seguía su trayectoria, vi una segunda chispa roja, más grande que la primera, que se acercaba desde la distancia. Ambas se unieron en la oscuridad. Recordando quién fumaba cigarrillos y quién fumaba puros, deduje inmediatamente que el conde había salido primero a mirar y escuchar bajo mi ventana, y que Sir Percival se le había unido después. Ambos debían de haber estado caminando por el césped; de lo contrario, sin duda habría oído el pesado taconazo de Sir Percival, aunque el paso silencioso del conde podría habérseme escapado, incluso sobre el caminito de grava.

Esperé quieta en la ventana, segura de que ninguno de los dos podía verme en la oscuridad de la habitación.

—¿Qué pasa? —oí decir a Sir Percival en voz baja—. ¿Por qué no entras y te sientas?

—Quiero ver cómo apagan la luz de esa ventana —respondió el conde con suavidad.

—¿Qué daño hace la luz?

—Demuestra que ella todavía no se ha acostado. Es lo bastante astuta para sospechar algo, y lo bastante audaz como para bajar y escuchar, si se le presenta la oportunidad. Paciencia, Percival, paciencia.

—¡Pamplinas! Siempre estás hablando de paciencia.

—Dentro de un momento hablaré de otra cosa. Mi buen amigo, estás al borde de tu precipicio doméstico, y si te dejo darle a las mujeres una sola oportunidad más, ¡por mi sagrada palabra de honor que te empujarán al vacío!

—¿Qué demonios quieres decir?

—Llegaremos a nuestras explicaciones, Percival, cuando hayan apagado la luz de esa ventana y cuando haya echado un vistacito a las habitaciones de a ambos lados de la biblioteca, y también un vistazo a la escalera.

Se alejaron lentamente y el resto de su conversación (que se había desarrollado en todo momento en el mismo tono bajo) dejó de ser audible. No importaba. Había oído lo suficiente como para decidirme a justificar la opinión que el conde tenía de mi agudeza y mi valor. Antes de que las chispas rojas desaparecieran de la vista en la oscuridad, ya había decidido que habría alguien escuchando cuando aquellos dos hombres se sentaran a charlar, y que ese oyente, a pesar de todas las precauciones en contra del conde, sería yo misma. Solo necesitaba un motivo para sancionar el acto ante mi propia conciencia y darme el valor suficiente para llevarlo a cabo, y ya tenía ese motivo. El honor de la vida de Laura —la felicidad de Laura, la misma vida de Laura— bien podía depender hoy de mis agudos oídos y de mi fiel memoria.

Había oído decir al conde que pensaba examinar las habitaciones de a ambos lados de la biblioteca, y también la escalera, antes de iniciar cualquier explicación con Sir Percival. Esta expresión de sus intenciones era necesariamente suficiente para indicarme que la biblioteca era el lugar donde proponía que tuviera lugar la conversación. El único instante de tiempo que bastó para llevarme a esa conclusión fue también el que me mostró un medio de burlar sus precauciones, o, en otras palabras, de oír lo que él y Sir Percival se dijeran sin correr el riesgo de descender en absoluto a las plantas bajas de la casa.

Al hablar de las habitaciones de la planta baja, he mencionado de pasada la galería exterior sobre la que todas ellas se abrían mediante ventanales franceses que se extendían desde la cornisa hasta el suelo. El tejadillo de esta galería era plano, y el agua de lluvia se desaguaba de él por tuberías hacia unos tanques que ayudaban a abastecer la casa. Sobre el estrecho tejado de plomo, que discurría frente a los dormitorios y que estaba bastante menos, según creo, de tres pies por debajo de los alféizares de las ventanas, había una hilera de macetas con amplios espacios entre una y otra; todo ello estaba protegido contra las caídas con vientos fuertes mediante una barandilla ornamental de hierro a lo largo del borde del tejado.

El plan que se me había ocurrido ahora era salir por la ventana de mi salita a este tejado, avanzar sigilosamente a gatas hasta alcanzar la parte situada inmediatamente encima de la ventana de la biblioteca y acurrucarme entre las macetas con la oreja pegada a la barandilla exterior. Si Sir Percival y el conde se sentaban a fumar aquella noche, como los había visto sentarse y fumar muchas noches antes, con las sillas pegadas a la ventana abierta y los pies estirados sobre los asientos de jardín de zinc colocados bajo la galería, cada palabra que se dijeran en un tono superior al susurro (y ninguna conversación larga, como todos sabemos por experiencia, puede mantenerse en un susurro) llegaría inevitablemente a mis oídos. Si, por el contrario, esta noche optaban por sentarse muy al fondo de la habitación, lo más probable era que oyera poco o nada; y, en ese caso, tendría que correr el riesgo mucho más grave de intentar burlarlos abajo.

Por mucho que mi resolución estuviera fortalecida por la naturaleza desesperada de nuestra situación, esperaba fervientemente librarme de este último apuro. Al fin y al cabo, mi valor era solo el valor de una mujer, y estuvo a punto de fallarme cuando pensé en confiarme a la planta baja, en lo más hondo de la noche, al alcance de Sir Percival y el conde.

Volví sigilosamente a mi dormitorio para probar primero el experimento, más seguro, del tejado de la galería.

Un cambio completo en mi atuendo era imperativamente necesario por muchas razones. Para empezar, me quité el vestido de seda, porque el más mínimo roce en aquella noche silenciosa podría haberme delatado. A continuación, me retiré las prendas interiores blancas y voluminosas y las sustituí por una saya de franela oscura. Encima me puse mi capa negra de viaje y me subí la capucha a la cabeza. Con mi indumentaria habitual de noche ocupaba el espacio de tres hombres al menos. Con mi atuendo actual, al ceñirlo bien al cuerpo, ningún hombre habría podido pasar por los espacios más estrechos con mayor facilidad que yo. La poca anchura que quedaba en el tejado de la galería, entre las macetas por un lado y la pared y las ventanas de la casa por el otro, hacía de esto una consideración seria. Si tiraba algo abajo, si hacía el menor ruido, ¿quién podía prever las consecuencias?

Solo esperé a dejar las cerillas cerca de la vela antes de apagarla y avancé a tientas de regreso a la salita. Eché la llave a esa puerta, tal como había hecho con la del dormitorio, y luego salí tranquilamente por la ventana y posé con cautela los pies en el tejado de plomo de la galería.

Mis dos habitaciones se encontraban en el extremo interior de la nueva ala de la casa en la que vivíamos todos, y tenía que pasar por cinco ventanas antes de alcanzar la posición que debía adoptar inmediatamente encima de la biblioteca. La primera ventana pertenecía a una habitación de invitados que estaba vacía. La segunda y la tercera pertenecían a la habitación de Laura. La cuarta ventana pertenecía a la habitación de Sir Percival. La quinta pertenecía a la de la condesa. Las demás, ante las cuales no era necesario que pasara, eran las ventanas del vestidor del conde, del cuarto de baño y de la segunda habitación de invitados desocupada.

Ningún sonido llegó a mis oídos; la negrura ciega y negra de la noche me rodeaba por completo cuando pisé por primera vez la galería, excepto en la parte de esta a la que daba la ventana de Madame Fosco. ¡Allí, en el mismo lugar situado sobre la biblioteca hacia el que se dirigía mi ruta, allí vi un destello de luz! La condesa aún no se había acostado.

Era demasiado tarde para retroceder; no era momento de esperar. Decidí seguir adelante a toda costa y fiar mi seguridad a mi propia cautela y a la oscuridad de la noche. «¡Por el bien de Laura!», pensé para mis adentros mientras daba el primer paso al frente sobre el tejado, con una mano sosteniendo la capa firmemente ceñida al cuerpo y la otra palpando a tientas contra la pared de la casa. Era mejor rozar la pared de cerca que arriesgarme a golpear los pies contra las macetas situadas a pocos centímetros de mí en el otro lado.

Pasé por delante de la ventana oscura de la habitación de invitados, probando el tejado de plomo a cada paso con el pie antes de arriesgarme a apoyar mi peso en él. Pasé por delante de las ventanas oscuras de la habitación de Laura («¡Dios la bendiga y la guarde esta noche!»). Pasé ante la ventana oscura de la habitación de Sir Percival. Luego esperé un momento, me arrodillé apoyándome con las manos y avancé así a gatas hasta mi posición, bajo la protección del murete situado entre la parte inferior de la ventana iluminada y el tejado de la galería.

Cuando me atreví a mirar hacia la propia ventana, descubrí que solo estaba abierta la parte superior y que la cortina interior estaba bajada. Mientras miraba, vi la sombra de Madame Fosco cruzar el campo blanco de la cortina, para luego volver a pasar lentamente. Hasta ese momento no debió de haberme oído, pues de lo contrario la sombra sin duda se habría detenido ante la cortina, aun en el supuesto de que hubiera tenido el valor suficiente para abrir la ventana y asomarse.

Me coloqué de lado contra la barandilla de la galería, tras cerciorarme al tocarlas de la posición de las macetas a uno y otro lado de mí. Había justo el espacio suficiente para sentarme entre ellas y nada más. Las hojas perfumadas de la planta situada a mi izquierda me rozaron apenas la mejilla al apoyar ligeramente la cabeza contra la barandilla.

Los primeros sonidos que me llegaron desde abajo fueron provocados por la apertura o el cierre (muy probablemente esto último) de tres puertas consecutivas: las puertas que, sin duda, daban al vestíbulo y a las habitaciones de a ambos lados de la biblioteca que el conde se había comprometido a examinar. Lo primero que vi fue de nuevo la chispa roja avanzando hacia la noche desde debajo de la galería, alejándose hacia mi ventana, deteniéndose un instante y regresando luego al lugar de donde había partido.

—¡Que el diablo te lleve la impaciencia! ¿Cuándo piensas sentarte? —gruñó la voz de Sir Percival bajo mí.

—¡Uf! ¡Qué calor hace! —dijo el conde, suspirando y resoplando con fatiga.

A su exclamación le siguió el arrastre de las sillas de jardín sobre el pavimento de enlosado bajo la galería, el sonido bienvenido que me indicó que iban a sentarse junto a la ventana como de costumbre. Hasta ahí la suerte corría de mi parte. El reloj de la torreta dio los tres cuartos para las doce mientras se acomodaban en sus sillas. Oí a Madame Fosco bostezar a través de la ventana abierta y vi su sombra cruzar una vez más el campo blanco de la cortina.

Mientras tanto, Sir Percival y el conde comenzaron a hablar abajo, bajando de vez en cuando la voz un poco más de lo habitual, pero sin llegar a susurrar jamás. La extrañeza y el peligro de mi situación, el pavor que no lograba dominar ante la ventana iluminada de Madame Fosco hacían que me fuera difícil, casi imposible al principio, mantener la presencia de ánimo y fijar la atención únicamente en la conversación de abajo. Durante unos minutos solo conseguí captar la sustancia general de la misma. Entendí que el conde decía que la única ventana encendida era la de su esposa, que la planta baja de la casa estaba completamente despejada y que ya podían hablarse sin miedo a percances. Sir Percival se limitó a responder reprochando a su amigo que hubiera despreciado injustificadamente sus deseos y descuidado sus intereses durante todo el día. El conde se defendió entonces declarando que le habían acosado ciertos problemas y preocupaciones que habían absorbido toda su atención, y que el único momento seguro para llegar a una explicación era aquel en el que pudieran estar seguros de no ser ni interrumpidos ni oídos por nadie. «Nos hallamos ante una crisis grave en nuestros asuntos, Percival —dijo—, y si hemos de tomar alguna decisión sobre el futuro, debemos decidirlo en secreto esta noche».

Aquella frase del conde fue la primera que mi atención estuvo dispuesta a captar exactamente tal como fue pronunciada. A partir de ese momento, con ciertas pausas e interrupciones, todo mi interés se fijó sin aliento en la conversación y la seguí palabra por palabra.

—¿Crisis? —repitió Sir Percival—. Es una crisis peor de lo que te piensas, te lo aseguro.

—Eso supongo, a juzgar por tu comportamiento en el último día o dos —replicó el otro con frialdad—. Pero espera un poco. Antes de avanzar hacia lo que desconozco, estemos bien seguros de lo que conozco. Veamos primero si estoy en lo cierto respecto al tiempo pasado, antes de hacerte ninguna propuesta para el tiempo futuro.

—Espera a que traiga el brandy con agua. Sírvete tú también.

—Gracias, Percival. El agua fría con mucho gusto, una cucharilla y el azucarero. Eau sucrée, amigo mío, nada más.

—¡Agua con azúcar para un hombre de tu edad! ¡Toma! Prepárate tu pócima empalagosa. Los extranjeros sois todos iguales.

—Escucha ahora, Percival. Te voy a exponer nuestra postura claramente, tal como la entiendo, y tú dirás si tengo razón o no. Tú y yo regresamos a esta casa desde el continente con nuestros asuntos muy seriamente embarazados...

—¡Déjate de rodeos! Yo necesitaba unos miles y tú unos cientos, y sin el dinero ambos íbamos directos a la ruina. Ahí tienes la situación. Sácale el partido que puedas. Sigue.

—Bien, Percival, en tus rotundas palabras inglesas, tú necesitabas unos miles y yo unos cientos, y el único modo de conseguirlos era que tú recaudaras el dinero para tus propias necesidades (con un pequeño margen de más para mis pobres y modestos cientos) con la ayuda de tu esposa. ¿Qué te dije de tu esposa de camino a Inglaterra? Y ¿qué te volví a decir cuando llegamos aquí y hube comprobado por mí mismo la clase de mujer que era la señorita Halcombe?

—¿Qué quieres que sepa? Hablarías por los codos, supongo, como de costumbre.

—Dije esto: el ingenio humano, amigo mío, solo ha descubierto hasta ahora dos maneras en que un hombre puede dominar a una mujer. Una forma es echarla por tierra, un método muy adoptado por las clases bajas y brutales del pueblo, pero totalmente aborrecido por las clases refinadas e instruidas que están por encima de ellas. La otra forma (mucho más larga, mucho más difícil, pero a la postre no menos segura) es no aceptar jamás una provocación por parte de una mujer. Es válido con los animales, es válido con los niños y es válido con las mujeres, que no son más que niños crecidos. La resolución tranquila es la única cualidad de la que carecen los animales, los niños y las mujeres. Si consiguen quebrantar una vez esta cualidad superior en su amo, se salen con la suya. Si nunca logran perturbarla, él se sale con la suya. Te dije: recuerda esa simple verdad cuando quieras que tu esposa te ayude a conseguir el dinero. Te dije: recuérdala doble y triplemente en presencia de la hermana de tu esposa, la señorita Halcombe. ¿La has recordado? Ni una sola vez en todas las tramas que se han enredado en torno a nosotros en esta casa. Cada provocación que tu esposa y su hermana han podido ofrecerte, la has aceptado al instante de ellas. Tu temperamento alocado hizo que se perdiera la firma del documento, se perdió el dinero en efectivo y se empujó a la señorita Halcombe a escribir por primera vez al abogado.

—¿Por primera vez! ¿Ha vuelto a escribir?

—Sí, ha vuelto a escribir hoy.

Una silla cayó sobre el pavimento de la galería; cayó con estrépito, como si la hubieran pateado.

Menos mal que la revelación del conde despertó la ira de Sir Percival tal como lo hizo. Al oír que me habían descubierto de nuevo, di un respingo tal que la barandilla contra la que me apoyaba volvió a crujir. ¿Me había seguido hasta la posada? ¿Había deducido que tenía que haberle dado mis cartas a Fanny cuando le dije que no llevaba ninguna para el buzón? Aun siendo así, ¿cómo habría podido examinar las cartas cuando habían ido directamente de mi mano al escote del vestido de la muchacha?

—Dale gracias a tu estrella de la suerte —oí decir al conde a continuación— de tenerme en la casa para deshacer el daño tan rápido como lo haces tú. Dale gracias a tu estrella de la suerte de que yo dijera que no cuando tuviste la locura de hablar de echarle la llave hoy a la señorita Halcombe, tal como la echaste con tu malicioso desatino sobre tu esposa. ¿Dónde tienes los ojos? ¿Puedes mirar a la señorita Halcombe y no ver que posee la previsión y la resolución de un hombre? Con esa mujer de mi parte, me reiría del mundo entero pasándome estos dedos por los morros. ¡Con esa mujer de enemiga, yo, con todo mi magín y mi experiencia; yo, Fosco, tan astuto como el mismísimo diablo, como me has dicho cien veces, camino, según vuestra expresión inglesa, sobre cáscaras de huevo! Y a esta gran criatura —brindo por su salud con mi agua azucarada—, a esta gran criatura, que se mantiene firme como una roca en la fuerza de su amor y su valor entre nosotros dos y esa pobre, frágil y bonita esposa tuya de pelo claro, a esta magnífica mujer, a la que admiro con toda el alma aunque me oponga a ella en tus intereses y en los míos, la empujas a los extremos como si no fuera más astuta ni más audaz que el resto de su sexo. ¡Percival! ¡Percival! Te mereces fracasar, y has fracasado.

Hubo una pausa. Escribo las palabras del bellaco sobre mí porque tengo la intención de recordarlas, porque aún espero el día en que pueda hablar sin tapujos en su presencia y devolvérselas una a una a la cara.

Sir Percival fue el primero en romper de nuevo el silencio.

—Sí, sí, fanfarronea e injuria todo lo que quieras —dijo hosco—; el problema del dinero no es el único. Tú mismo tomarías medidas drásticas con las mujeres si supieras tanto como yo.

—Ya llegaremos a ese segundo problema a su debido tiempo —replicó el conde—. Puedes confundirte tú todo lo que quieras, Percival, pero a mí no me vas a confundir. Que se resuelva primero la cuestión del dinero. ¿He convencido tu terquedad? ¿Te he demostrado que tu genio no te dejará salir adelante? ¿O tengo que volver atrás y (como lo expresas en tu querido y directo inglés) fanfarronear e injuriar un poco más?

—¡Bah! Es muy fácil gruñirme a mí. Di qué hay que hacer; eso es un poco más difícil.

—¿De verdad? ¡Bah! Esto es lo que hay que hacer: a partir de esta noche renuncias a toda dirección en el asunto; me lo dejas a mí solo en adelante. Le estoy hablando a un inglés práctico, ¿eh? Bien, práctico, ¿te sirve eso?

—¿Qué propones si te lo dejo todo a ti?

— Respóndeme primero. ¿Va a estar en mis manos o no?

—Digamos que está en tus manos, ¿y qué?

—Unas cuantas preguntas, Percival, para empezar. Debo esperar aún un poco para dejar que las circunstancias me guíen, y necesito saber, por todos los medios posibles, cuáles es probable que sean esas circunstancias. No hay tiempo que perder. Ya te he dicho que la señorita Halcombe le ha escrito al abogado hoy por segunda vez.

—¿Cómo te enteraste? ¿Qué decía?

—Si te lo dijera, Percival, al final volveríamos a estar donde estamos ahora. Basta con que me haya enterado, y el hallazgo ha causado ese problema y esa ansiedad que me han hecho tan inaccesible para todos vosotros durante el día de hoy. Ahora bien, para refrescar mi memoria sobre tus asuntos —hace ya un tiempo que los hablé contigo—, el dinero se ha conseguido, a falta de la firma de tu esposa, mediante letras a tres meses, ¡conseguido a un costo que hace que se me pongan de punta los pelos de mi extranjero y empobrecido cráneo! Cuando venzan las letras, ¿no hay de verdad, verdaderamente, ninguna forma terrenal de pagarlas que no sea con la ayuda de tu esposa?

—Ninguna.

—¿Cómo? ¿No tienes dinero en los bancos?

—Unos cientos, cuando necesito otros tantos miles.

—¿No tienes ninguna otra garantía sobre la que pedir un préstamo?

—Ni un jirón.

—¿Qué tienes realmente con tu esposa en este momento?

—Nada más que los intereses de sus veinte mil libras; apenas lo suficiente para pagar nuestros gastos diarios.

—¿Qué esperas de tu esposa?

—Tres mil al año cuando muera su tío.

—Una buena fortuna, Percival. ¿Qué clase de hombre es este tío? ¿Viejo?

—No, ni viejo ni joven.

—¿Un hombre de buen carácter, que vive con desahogo? ¿Casado? No, creo que mi esposa me dijo que no estaba casado.

—Claro que no. Si estuviera casado y tuviera un hijo, Lady Glyde no sería la siguiente heredera de la propiedad. Te diré cómo es. Es un imbécil sensiblero, charlatán y egoísta que agobia a todo el que se le acerca hablándole del estado de su salud.

—Los hombres de esa clase, Percival, viven mucho y se casan con mala uva cuando menos te lo esperas. No apuesto mucho, amigo mío, por tus probabilidades de alcanzar las tres mil libras al año. ¿No hay nada más que te corresponda por parte de tu esposa?

—Nada.

—¿Absolutamente nada?

—Absolutamente nada, salvo en caso de su muerte.

—¡Ajá! En el caso de su muerte.

Hubo otra pausa. El conde se apartó de la galería hacia el caminito de grava exterior. Supe que se había movido por su voz. «La lluvia ha llegado por fin», le oí decir. Había llegado. El estado de mi capa mostraba que llevaba un buen rato cayendo copiosamente.

El conde volvió bajo la galería; le oí la silla crujir bajo su peso al sentarse de nuevo en ella.

—Bien, Percival —dijo—, y en el caso de la muerte de Lady Glyde, ¿qué obtienes entonces?

—Si no deja hijos...

—¿De lo cual es probable que suceda?

—¿De lo cual no hay la menor probabilidad...

—¿Sí?

—Pues entonces consigo sus veinte mil libras.

—¿Pagadas al contado?

—Pagadas al contado.

Guardaron silencio una vez más. Al cesar sus voces, la sombra de Madame Fosco oscureció la cortina de nuevo. En lugar de pasar esta vez, se quedó completamente quieta por un momento. Vi sus dedos deslizarse por el borde de la cortina y separarla. El pálido contorno blanco de su rostro, asomándose directamente por encima de mí, apareció tras la ventana. Me mantuve inmóvil, envuelta de pies a cabeza en mi capa negra. La lluvia, que me estaba empapando rápidamente, goteaba sobre el cristal, lo empañaba y le impedía ver nada. «¡Más lluvia!», la oí decirse a sí misma. Soltó la cortina y volví a respirar con desahogo.

La charla prosiguió abajo, reanudándola esta vez el conde.

—¿Percival! ¿Te importa tu esposa?

—¡Fosco! Esa es una pregunta bastante directa.

—Soy un hombre directo y la repito.

—¿Por qué demonios me miras de esa manera?

—¿No quieres responder? Bien, digamos entonces que tu esposa muere antes de que termine el verano...

—¡Déjate de eso, Fosco!

—Digamos que tu esposa muere...

—¡Que lo dejes, te digo!

—En ese caso, ganarías veinte mil libras y perderías...

—Perdería la oportunidad de tres mil al año.

—La remota oportunidad, Percival; la remota oportunidad únicamente. Y tú necesitas dinero inmediatamente. En tu posición, la ganancia es segura; la pérdida, dudosa.

—Habla por ti tanto como por mí. Parte del dinero que necesito ha sido pedido prestado para ti. Y si de ganancias se trata, la muerte de tu esposa supondría diez mil libras en el bolsillo de tu mujer. Por muy listo que seas, parece que has olvidado convenientemente el legado de Madame Fosco. ¡No me mires así! ¡No lo tolero! ¡Entre tus miradas y tus preguntas, por vida mía que se me ponen los pelos de carne de gallina!

—¿Tus pelos? ¿Significa carne de gallina conciencia en inglés? Hablo de la muerte de tu esposa como hablo de una posibilidad. ¿Por qué no? Los respetables abogados que emborronan tus escrituras y tus testamentos miran a la cara a las muertes de la gente viva. ¿Hacen que se te ponga la carne de gallina los abogados? ¿Por qué habría de hacerlo yo? Mi cometido esta noche es aclarar tu situación más allá de toda posibilidad de error, y ya lo he hecho. Aquí tienes tu situación. Si tu esposa vive, pagas esas letras con su firma en el pergamino. Si tu esposa muere, las pagas con su muerte.

Mientras hablaba, la luz de la habitación de Madame Fosco se extinguió, y todo el segundo piso de la casa quedó sumido en la oscuridad.

—¡Bla, bla! —gruñó Sir Percival—. Oyéndote hablar, cualquiera diría que la firma de mi esposa en el documento ya se ha conseguido.

—Has dejado el asunto en mis manos —replicó el conde—, y tengo más de dos meses por delante para maniobrar. No hables más de ello, te lo ruego, por el momento. Cuando venzan las letras, comprobarás por ti mismo si mi «bla, bla» vale para algo o no. Y ahora, Percival, habiendo terminado con los asuntos de dinero por esta noche, pongo mi atención a tu disposición si deseas consultarme sobre esa segunda dificultad que se ha mezclado con nuestros pequeños apuros y que te ha cambiado tanto para peor que apenas te reconozco. Habla, amigo mío, y perdóname si hiero tus fogosos gustos nacionales preparándome un segundo vaso de agua con azúcar.

—Está muy bien eso de decir habla —respondió Sir Percival en un tono mucho más sosegado y educado que el que había adoptado hasta entonces—, pero no es tan fácil saber por dónde empezar.

—¿Te ayudo? —sugirió el conde—. ¿Le pongo nombre a esta dificultad privada tuya? ¿Y si la llamo... Anne Catherick?

—Mira, Fosco, tú y yo nos conocemos desde hace mucho tiempo, y si tú me has sacado de uno o dos atolladeros antes de esto, yo he hecho lo posible por ayudarte a cambio, hasta donde alcanzaba el dinero. Hemos hecho tantos sacrificios amistosos por ambas partes como los que pueden hacer dos hombres, pero, por supuesto, hemos guardado nuestros secretos el uno del otro, ¿verdad?

—Tú has guardado un secreto de mí, Percival. Tienes un esqueleto en el armario aquí, en Blackwater Park, que en estos últimos días se ha asomado a los ojos de otra gente además de los tuyos.

—Bueno, supongamos que sí. Si a ti no te concierne, no tienes por qué sentir curiosidad, ¿o sí?

—¿Te parezco curioso al respecto?

—Sí, lo pareces.

—¡Vaya, vaya! ¿Mi rostro dice la verdad entonces? ¡Qué inmenso cimiento de bondad debe de haber en la naturaleza de un hombre que llega a mi edad y cuyo rostro aún no ha perdido la costumbre de decir la verdad! ¡Vamos, Glyde! Seamos sinceros el uno con el otro. Este secreto tuyo me ha buscado a mí; yo no lo he buscado a él. Supongamos que tengo curiosidad: ¿me pides, como viejo amigo tuyo, que respete tu secreto y lo deje, de una vez por todas, bajo tu sola custodia?

—Sí, eso es exactamente lo que te pido.

—Entonces mi curiosidad ha terminado. Muere en mí a partir de este momento.

—¿Hablas en serio?

—¿Qué te hace dudar de mí?

—Tengo cierta experiencia, Fosco, de tus rodeos, y no estoy tan seguro de que no vayas a sacármelo con tretas al final.

La silla de abajo volvió a crujir de repente; sentí temblar el pilar del enrejado bajo mis pies de arriba abajo. El conde se había puesto de pie de un salto y lo había golpeado con la mano indignado.

—¡Percival! ¡Percival! —exclamó con pasión—. ¿Acaso me conoces tan poco? ¿Es que toda tu experiencia no te ha enseñado nada de mi carácter todavía? ¡Soy un hombre de tipo antiguo! Soy capaz de los actos de virtud más sublimes cuando tengo la oportunidad de realizarlos. Ha sido la desgracia de mi vida haber tenido pocas oportunidades. ¡Mi concepto de la amistad es sublime! ¿Es culpa mía que tu esqueleto se haya asomado a mí? ¿Por qué confieso mi curiosidad? ¡Pobre inglés superficial, es para enaltecer mi propio autocontrol! Podría arrancarte tu secreto si quisiera, como saco este dedo de la palma de mi mano; ¡bien sabes que podría hacerlo! Pero has apelado a mi amistad, y los deberes de la amistad son sagrados para mí. ¡Mira! Piso mi baja curiosidad bajo mis pies. Mis elevados sentimientos me elevan por encima de ella. ¡Reconócelos, Percival! ¡Imítalos, Percival! Dame la mano, te perdono.

Su voz vaciló ante las últimas palabras; ¡vaciló como si realmente estuviera derramando lágrimas!

Sir Percival intentó disculparse con confusión, pero el conde era demasiado magnánimo para escucharle.

—¡No! —dijo—. Cuando mi amigo me ha herido, puedo perdonarlo sin disculpas. Dime en pocas palabras, ¿quieres mi ayuda?

—Sí, buena falta me hace.

—¿Y puedes pedirla sin comprometerte?

—Puedo intentarlo, al menos.

—Inténtalo entonces.

—Bueno, la cosa está así: te dije hoy que había hecho todo lo posible por encontrar a Anne Catherick y que había fracasado.

—Sí, lo hiciste.

—¡Fosco! Soy un hombre acabado si no la encuentro.

—¡Ja! ¿Es tan grave la cosa?

Un hilillo de luz salió por debajo de la galería y cayó sobre el sendero de grava. El conde había cogido la lámpara del interior de la habitación para ver claramente a su amigo a su luz.

—¡Sí! —dijo—. Tu rostro dice la verdad esta vez. Grave de verdad, tan grave como los asuntos de dinero.

—Más grave. ¡Tan cierto como que estoy sentado aquí, más grave!

La luz desapareció de nuevo y la charla continuó.

—Te enseñé la carta para mi esposa que Anne Catherick escondió en la arena —continuó Sir Percival—. No hay fanfarronería en esa carta, Fosco; ella conoce el secreto.

—Di lo menos posible, Percival, en mi presencia, sobre el secreto. ¿Lo sabe por ti?

—No, por su madre.

—Dos mujeres en posesión de tu mente privada; ¡mal, mal, mal, amigo mío! Una pregunta aquí antes de ir más lejos. El motivo de que encerraras a la hija en el manicomio me queda ahora bastante claro, pero el modo en que se escapó no lo está tanto. ¿Sospechas que los encargados de cuidarla cerraron los ojos a propósito por instigación de algún enemigo que pudiera permitirse pagarles lo suficiente?

—No, era la paciente que mejor se portaba de cuantas tenían, y, como idiotas, confiaron en ella. Está justo lo bastante loca para estar encerrada, y lo bastante cuerda para arruinarme cuando anda suelta, si entiendes lo que quiero decir.

—Lo entiendo. Ahora, Percival, ve directo al grano y sabré qué hacer. ¿Dónde está el peligro de tu posición en el momento presente?

—Anne Catherick está en este vecindario y en comunicación con Lady Glyde; ahí está el peligro, bien claro. ¿Quién puede leer la carta que escondió en la arena y no ver que mi esposa está en posesión del secreto, por mucho que lo niegue?

—Un momento, Percival. Si Lady Glyde conoce el secreto, debe saber también que es un secreto que te compromete. Como tu esposa, seguramente le interesa guardarlo.

—¿De veras? Ya voy a eso. Le interesaría si le importara un bledo mi persona. Pero da la casualidad de que soy un estorbo que se interpone en el camino de otro hombre. Estaba enamorada de él antes de casarse Conmigo, y lo está ahora: un maldito vagabundo de profesor de dibujo llamado Hartright.

—¡Mi querido amigo! ¿Qué hay de extraordinario en eso? Todas están enamoradas de algún otro hombre. ¿Quién consigue el primer puesto en el corazón de una mujer? En toda mi experiencia aún no he conocido al hombre que sea el Número Uno. El Número Dos, a veces. El Número Tres, Cuatro, Cinco, a menudo. ¡El Número Uno, jamás! Existe, por supuesto, pero yo no me he cruzado con él.

—¡Espera! Aún no he terminado. ¿Quién crees que ayudó a Anne Catherick a tomar la delantera cuando la buscaban los del manicomio? Hartright. ¿Quién crees que volvió a verla en Cumberland? Hartright. Ambas veces le habló a solas. ¡Alto! No me interrumpas. El sinvergüenza está coladito por mi mujer y ella por él. Él sabe el secreto y ella sabe el secreto. En cuanto vuelvan a juntarse los dos, a ella y a él les interesará volver su información contra mí.

—¡Con calma, Percival, con calma! ¿Eres insensible a la virtud de Lady Glyde?

—¡A la mierda la virtud de Lady Glyde! Lo único que creo de ella es su dinero. ¿No ves cómo está el caso? Ella solitaria tal vez no fuera dañina; pero si ella y ese vagabundo Hartright...

—Sí, sí, ya veo. ¿Dónde está el señor Hartright?

—Fuera del país. Si pretende conservar la piel sana sobre los huesos, le recomiendo que no vuelva a la carrera.

—¿Estás seguro de que está fuera del país?

—Seguro. Hice que lo vigilaran desde que salió de Cumberland hasta que embarcó. ¡Ah, he tenido mucho cuidado, te lo aseguro! Anne Catherick vivía con unos conocidos en una granja cercana a Limmeridge. Fui allí en persona, después de que se me hubiera escurridizo, y me cercioré de que no sabían nada. Le di a su madre un modelo de carta para que se lo escribiera a la señorita Halcombe, exculpándome de cualquier mala intención al ponerla bajo custodia. Me he gastado no sé cuánto en intentar rastrearla y, a pesar de todo, ¡aparece aquí y se me escapa en mi propia propiedad! ¿Cómo sé quién más puede verla, quién más puede hablar con ella? Ese cotilla desvergonzado de Hartright puede volver sin que yo lo sepa y aprovecharse de ella mañana...

—¡Él no, Percival! Mientras yo esté en el lugar y esa mujer ronde por el vecindario, respondo de que le pondremos las manos encima antes que el señor Hartright, aunque vuelva. ¡Ya veo! ¡Sí, sí, ya veo! Encontrar a Anne Catherick es la primera necesidad; quédate tranquilo respecto a lo demás. Tu esposa está aquí, bajo tu pulgar; la señorita Halcombe es inseparable de ella y, por tanto, también está bajo tu pulgar, y el señor Hartright está fuera del país. Esta invisible Anne tuya es lo único en que debemos pensar por ahora. ¿Has hecho tus averiguaciones?

—Sí. He estado con su madre, he registrado el pueblo... y todo para nada.

—¿Se puede confiar en su madre?

—Sí.

—Ya ha contado tu secreto una vez.

—No volverá a contarlo.

—¿Por qué no? ¿Están sus propios intereses en juego al guardarlo, al igual que los tuyos?

—Sí, profundamente en juego.

—Me alegro de oírlo, Percival, por tu bien. No te desanimes, amigo mío. Nuestros asuntos de dinero, como te dije, me dejan tiempo de sobra para maniobrar, y tal vez busque a Anne Catherick mañana con más acierto que tú. Una última pregunta antes de acostarnos.

—¿Cuál es?

—Esta. Cuando fui al cobertizo para decirle a Lady Glyde que el pequeño problema de su firma quedaba aplazado, la casualidad me llevó allí a tiempo de ver a una extraña mujer despidiéndose de tu esposa de manera muy sospechosa. Pero la casualidad no me acercó lo suficiente como para verle la cara con claridad a esa misma mujer. He de saber cómo reconocer a nuestra esquiva Anne. ¿Cómo es ella?

—¿Cómo es? ¡Vamos! Te lo diré en dos palabras. Es un retrato enfermizo de mi esposa.

La silla crujió y el pilar volvió a temblar. El conde se había puesto en pie de un salto, esta vez con asombro.

—¡¿Qué?! —exclamó con impaciencia.

—Imagina a mi esposa, después de una mala enfermedad, con un toque de locura en la cabeza... y ahí tienes a Anne Catherick —respondió Sir Percival.

—¿Están emparentadas?

—En absoluto.

—¿Y se parecen tanto?

—Sí, tanto. ¿De qué te ríes?

No hubo respuesta ni sonido alguno. El conde se reía a su manera suave, silenciosa e interior.

—¿De qué te ríes? —reiteró Sir Percival.

—Quizá de mis propias ocurrencias, buen amigo mío. Permíteme mi humor italiano; ¿acaso no provengo de la ilustre nación que inventó las funciones de Pulchinela? Bien, bien, bien, reconoceré a Anne Catherick cuando la vea, y con eso basta por esta noche. Quédate tranquilo, Percival. Duerme, hijo mío, el sueño de los justos y mira lo que haré por ti cuando llegue la luz del día para ayudarnos a ambos. Tengo mis proyectos y mis planes aquí, en mi gran cabeza. Pagarás esas letras y encontrarás a Anne Catherick: ¡mi sagrada palabra de honor de que lo harás! ¿Soy un amigo para ser atesorado en el mejor rincón de tu corazón o no? ¿Valgo esos préstamos de dinero que me recordaste tan delicadamente hace un momento? Hagas lo que hagas, no vuelvas a herir mis sentimientos nunca más. ¡Reconócelos, Percival! ¡Imítalos, Percival! Te perdono de nuevo; te doy la mano otra vez. ¡Buenas noches!

No se pronunció ni una palabra más. Oí al conde cerrar la puerta de la biblioteca. Oí a Sir Percival trancar los contraventanas. Había estado lloviendo, lloviendo todo el tiempo. Estaba agarrotada por la postura y helada hasta los huesos. Cuando intenté moverme por primera vez, el esfuerzo me resultó tan doloroso que me vi obligada a desistir. Lo intenté por segunda vez y logré ponerme de rodillas sobre el tejado húmedo.

Mientras gateaba hacia el muro y me alzaba apoyándome en él, eché la vista atrás y vi la ventana del vestidor del conde iluminarse de golpe. Mi valor desfalleciente reavivó en mí una chispa y mantuvo mis ojos fijos en su ventana mientras me deslizaba de regreso, paso a paso, junto al muro de la casa.

El reloj dio la hora y cuarto cuando puse las manos en el alféizar de mi propia habitación. No había visto ni oído nada que pudiera hacerme suponer que mi retirada había sido descubierta.

X

20 de junio.⁠—Las ocho. El sol brilla en un cielo despejado. No me he acercado a la cama⁠—no he cerrado ni una sola vez mis cansados y desvelados ojos. Desde la misma ventana por la que miré la oscuridad de anoche, miro ahora la brillante quietud de la mañana.

Cuento las horas que han pasado desde que escapé al refugio de esta habitación por mis propias sensaciones⁠—y esas horas parecen semanas.

Qué poco tiempo, y sin embargo qué largo para mí⁠—desde que me desplomé en la oscuridad, aquí, en el suelo⁠—empapada hasta los huesos, agarrotada de pies a manos, fría hasta la médula, una criatura inútil, desamparada y aterrorizada.

Apenas sé cuándo me recobré. Apenas sé cuándo avancé a tientas de regreso al dormitorio, encendí la vela y busqué (con una extraña ignorancia, al principio, de dónde buscar) ropa seca con la que abrigarme. El hecho de haber hecho estas cosas está en mi mente, pero no el momento en que se hicieron.

¿Puedo siquiera recordar cuándo se fue la sensación de frío agarrotamiento y el calor palpitante ocupó su lugar?

¿Seguro que fue antes de que saliera el sol? Sí, oí dar las tres al reloj. Recuerdo el momento por la repentina claridad y nitidez, la tensa fiebre y la excitación de todas mis facultades que lo acompañaron. Recuerdo mi resolución de controlarme, de esperar pacientemente hora tras hora, hasta que se presentara la oportunidad de sacar a Laura de este horrible lugar, sin el peligro de su descubrimiento y persecución inmediatos. Recuerdo que se instaló en mi mente la convicción de que las palabras que esos dos hombres se habían dicho el uno al otro nos proporcionarían, no solo nuestra justificación para abandonar la casa, sino también nuestras armas de defensa contra ellos. Recuerdo el impulso que despertó en mí de retener esas palabras por escrito, exactamente como fueron pronunciadas, mientras el tiempo era mío y mi memoria las retenía vívidamente. Todo esto lo recuerdo con claridad: todavía no hay confusión en mi cabeza. El haber venido aquí desde el dormitorio, con mi pluma, tintero y papel, antes del amanecer⁠—el haberme sentado junto a la ventana de par en par para recibir todo el aire posible que me refrescara⁠—la escritura cesante, cada vez más rápida, cada vez más febril, avanzando de un modo cada vez más desvelado, durante todo el espantoso intervalo antes de que la casa volviera a agitarse⁠—¡con qué claridad lo recuerdo, desde el principio a la luz de las velas, hasta el final en la página que precede a esta, bajo el sol del nuevo día!

¿Por qué sigo sentada aquí? ¿Por qué canso mis ojos calientes y mi cabeza ardiente escribiendo más? ¿Por qué no me acuesto a descansar e intento sofocar el delirio que me consume en el sueño?

No me atrevo a intentarlo. Un miedo por encima de todos los miedos se ha apoderado de mí. Tengo miedo de este calor que me abrasa la piel. Tengo miedo del hormigueo y los latidos que siento en la cabeza. Si me acuesto ahora, ¿cómo sé que tendré el juicio y la fuerza para levantarme de nuevo?

¡Oh, la lluvia, la lluvia⁠—la cruel lluvia que me heló anoche!

Las nueve. ¿Dieron las nueve o las ocho? ¿Las nueve, sin duda? Vuelvo a tiritar⁠—tiritando, de pies a cabeza, en el aire de verano. ¿He estado sentada aquí dormida? No sé lo que he estado haciendo.

¡Oh, Dios mío! ¿Voy a ponerme enferma?

¡Enferma, en un momento como este!

Mi cabeza⁠—temo mucho por mi cabeza. Puedo escribir, pero las líneas se juntan todas. Veo las palabras. Laura⁠—puedo escribir Laura, y veo que lo escribo. ¿Las ocho o las nueve⁠—cuál fue?

Tan fría, tan fría⁠—¡oh, aquella lluvia de anoche!⁠—y las campanadas del reloj, las campanadas que no puedo contar, no paran de sonar en mi cabeza⁠—

Nota

[En este lugar, la anotación del diario deja de ser legible. Las dos o tres líneas que siguen contienen únicamente fragmentos de palabras, mezclados con borrones y arañazos de pluma. Las últimas marcas sobre el papel guardan cierto parecido con las dos primeras letras (L y A) del nombre de Lady Glyde.

En la página siguiente del diario aparece otra entrada. Está escrita con letra de hombre, grande, audaz y de firme regularidad, y la fecha es «21 de junio». Contiene las siguientes líneas⁠—]

La enfermedad de nuestra excelente señorita Halcombe me ha brindado la oportunidad de disfrutar de un inesperado placer intelectual.

Me refiero a la lectura (que acabo de concluir) de este interesante diario.

Hay muchos cientos de páginas aquí. Puedo poner la mano en el corazón y declarar que cada página me ha encantado, refrescado y deleitado.

Para un hombre de mis sentimientos, resulta indescriptiblemente gratificante poder decir esto.

¡Mujer admirable!

Me refiero a la señorita Halcombe.

¡Esfuerzo colosal!

Me refiero al diario.

¡Sí! Estas páginas son asombrosas. El tacto que encuentro en ellas, la discreción, el valor poco común, el maravilloso poder de memoria, la precisa observación del carácter, la airosa gracia del estilo, los encantadores desbordamientos de sensibilidad femenina, han incrementado de manera inexpresiva mi admiración por esta criatura sublime, por esta magnífica Marian. La representación de mi propio carácter es sumamente magistral. Certifico, con todo mi corazón, la fidelidad del retrato. Siento cuán vívida impresión debo haber causado para haber sido pintado con colores tan fuertes, tan ricos, tan masivos como estos. Lamento de nuevo la cruel necesidad que enfrenta nuestros intereses y nos opone el uno al otro. En circunstancias más felices, cuán digno habría sido yo de la señorita Halcombe⁠—cuán digna habría sido la señorita Halcombe de mí⁠.

Los sentimientos que animan mi corazón me aseguran que las líneas que acaban de salir de mi pluma expresan una Profunda Verdad.

Esos sentimientos me elevan por encima de cualquier consideración meramente personal. Doy testimonio, de la manera más desinteresada, de la excelencia de la estratagema mediante la cual esta mujer sin par sorprendió la entrevista privada entre Percival y yo⁠—así como de la maravillosa precisión de su informe sobre toda la conversación, desde el principio hasta el final⁠.

Esos sentimientos me han inducido a ofrecer al insensible médico que la atiende mis vastos conocimientos de química y mi luminosa experiencia sobre los recursos más sutiles que la ciencia médica y la magnética han puesto a disposición de la humanidad. Hasta ahora ha declinado servirse de mi ayuda. ¡Miserable hombre!

Finalmente, esos sentimientos dictan las líneas⁠—líneas agradecidas, simpáticas, paternales⁠— que aparecen en este lugar. Cierro el libro. Mi estricto sentido del decoro lo devuelve (por mediación de mi esposa) a su sitio en el escritorio de la escritora. Los acontecimientos me arrastran. Las circunstancias me guían hacia asuntos graves. Vastas perspectivas de éxito se desenrollan ante mis ojos. Cumplo mi destino con una calma que me resulta terrible a mí mismo. Nada me pertenece, salvo el homenaje de mi admiración. Lo deposito con respetuosa ternura a los pies de la señorita Halcombe.

Exhalo mis deseos por su recuperación.

Me conduele el inevitable fracaso de todo plan que haya urdido en beneficio de su hermana. Al mismo tiempo, le ruego que crea que la información que he extraído de su diario no contribuirá en modo alguno a precipitar dicho fracaso. Se limita a confirmar el plan de conducta que yo ya tenía trazado. Tengo que agradecer a estas páginas el haber despertado las más finas sensibilidades de mi naturaleza⁠—nada más⁠.

Para una persona de semejante sensibilidad, esta simple afirmación lo explicará y disculpará todo.

La señorita Halcombe es una persona de semejante sensibilidad.

En esa convicción me firmo,

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