agradecerle, pero la voz me falló.
—Escúcheme —dijo, evitando con consideración toda mención a mi pérdida de autocontrol—. Escúcheme, y acabemos con esto de una vez. Es un auténtico y verdadero alivio para mí no verme obligada, en lo que tengo que decirle ahora, a abordar la cuestión —una cuestión dura y cruel, según creo— de las desigualdades sociales. Circunstancias que le pondrán a prueba hasta el límite me ahorran la desagradable necesidad de herir a un hombre que ha vivido en amigable intimidad bajo el mismo techo que yo, haciendo cualquier referencia humillante a asuntos de rango y posición. Debe abandonar Limmeridge House, señor Hartright, antes de que se haga más daño. Es mi deber decirle eso; y sería igualmente mi deber decirlo, bajo exactamente la misma grave necesidad, si usted fuera el representante de la familia más antigua y adinerada de Inglaterra. Debe marcharse,