de detenerla, señor? ¿Qué ha hecho?”
“¡Hecho! Ha escapado de mi manicomio. No lo olvide; una mujer de blanco. ¡Siga adelante!”
V
“¡Se ha escapado de mi asilo!”
No puedo decir con verdad que la terrible deducción que sugerían aquellas palabras me asaltara como una nueva revelación. Algunas de las extrañas preguntas que me hizo la mujer de blanco, tras mi inconsiderada promesa de dejarla obrar a su antojo, me habían sugerido la conclusión de que era naturalmente voluble e inestable, o de que algún impacto de terror reciente había alterado el equilibrio de sus facultades. Pero la idea de una locura absoluta, que todos asociamos con el propio nombre de un manicomio, puedo declarar honestamente que jamás se me había ocurrido en relación con ella. No había visto nada, ni en su lenguaje ni en sus actos, que lo justifiara en aquel momento; y aun