era un muchacho fornido de cabeza blanca, apartado de todos los demás sobre un taburete en un rincón: un desdichado y pequeño Robinson Crusoe, aislado en su propia isla desierta de ignominiosa soledad penal.
La puerta, cuando por fin llegamos a ella, estaba entreabierta, y la voz del maestro nos llegó con claridad, mientras ambos nos deteníamos un minuto bajo el porche.
—Ahora, muchachos —dijo la voz—, prestad atención a lo que os digo. Si vuelvo a oír una sola palabra sobre fantasmas en este colegio, será peor para todos vosotros.
Los fantasmas no existen y, por lo tanto, cualquier muchacho que crea en fantasmas cree en lo que es totalmente imposible; y un alumno que pertenece al colegio de Limmeridge y cree en lo que es totalmente imposible, se rebela contra la razón y la disciplina, y debe ser castigado en consecuencia.
Todos veis a Jacob Postlethwaite de pie sobre el taburete, allí, en señal de desgracia. Ha sido castigado, no por decir que vio un fantasma anoche, sino por ser demasiado impertinente y terco como para escuchar a la razón, y por insistir en decir que vio al fantasma después de que yo le haya dicho que semejante cosa es totalmente imposible.
Si no hay más remedio, pienso azotar a los fantasmas hasta quitárselos a Jacob Postlethwaite, y si la cosa se extiende entre cualquiera de los demás, pienso dar un paso más y azotar a los fantasmas hasta quitárselos a todo el colegio.
—Parece que hemos elegido un momento inoportuno para nuestra visita —dijo la señorita Halcombe, empujando la puerta al terminar el discurso del maestro de escuela y abriendo el paso hacia el interior.
Nuestra aparición causó gran sensación entre los muchachos. Parecían creer que habíamos llegado