posible por seguir su ejemplo. Los bondadosos ojos azules, cuyos más mínimos cambios de expresión había aprendido a interpretar tan bien, me miraron con súplica cuando nos sentamos a la mesa por primera vez. > Ayuda a mi hermana —parecía decir el dulce rostro angustiado—, ayuda a mi hermana, y me ayudarás a
Pasamos la cena, al menos en apariencia, bastante bien.
Cuando las señoras se levantaron de la mesa, y el señor Gilmore y yo nos quedamos a solas en el comedor, un nuevo asunto se presentó para ocupar nuestra atención y darme la oportunidad de tranquilizarme con unos minutos de necesario y bienvenido silencio.
El criado que había sido enviado para rastrear a Anne Catherick y a la señora Clements regresó con su informe y fue conducido al comedor inmediatamente.
—Bien —dijo el señor Gilmore—, ¿qué ha descubierto?
—He averiguado, señor —respondió el