señorita Fairlie, pero nunca he logrado engañarme a mí mismo para creérmelo, y ahora no debo intentar engañar a los demás. El sentimiento comenzó y terminó en un odio imprudente, vindicativo y desesperado hacia el hombre que iba a casarse con ella.
—Si hemos de averiguar algo —dije, hablando bajo la nueva influencia que ahora me dirigía—, más nos valdría no dejar pasar ni un minuto más en vano. Solo puedo sugerir, una vez más, lo oportuno que sería interrogar al jardinero por segunda vez, e indagar en el pueblo inmediatamente después.
—Creo que puedo serle de ayuda en ambos casos —dijo la señorita Halcombe, poniéndose en pie—. Vámonos, señor Hartright, ahora mismo, y hagamos juntos todo lo que podamos.
Tenía la mano en el pomo para abrirle la puerta, pero me detuve de repente para hacer una pregunta importante antes de ponernos en marcha.
—Uno