envié al criado con un recado para el señor Fairlie, pidiéndole saber cuándo podría verle para un asunto de negocios.
Aguardé el regreso del hombre, libre del más mínimo sentimiento de ansiedad acerca de cómo su amo pudiera recibir mi solicitud. Con el permiso del señor Fairlie o sin él, yo tenía que marcharme.
La conciencia de haber dado ya el primer paso en aquel sombrío viaje que de ahí en adelante iba a separar mi vida de la de la señorita Fairlie parecía haber embotado mi sensibilidad ante cualquier consideración relacionada conmigo mismo.
Había acabado con el orgullo quisquilloso de mi condición de pobre; había acabado con todas mis pequeñas vanidades de artista. Ninguna insolencia del señor Fairlie, si decidía ser insolente, podía herirme ya.
El criado regresó con un recado para el que no me pillaba desprevenido. El señor Fairlie lamentaba que el estado de su salud, en aquella mañana en particular, fuera tal que impedía toda esperanza de tener el gusto de recibirme. Rogaba, por lo tanto, que aceptara sus disculpas y tuviera la amabilidad de comunicarle lo que tuviera que decirle por escrito. Recados similares a este me habían llegado, a diversos intervalos, durante mis tres meses de residencia en la casa. Durante todo ese período, el señor Fairlie se había alegrado de «poseer» mi compañía, pero nunca se había sentido lo suficientemente bien como para verme por segunda vez. El criado le llevaba a su amo cada nuevo lote de dibujos que yo montaba y restauraba, acompañado de mis «respetos», y regresaba con las manos vacías portando los «atentos saludos», «mil gracias» y «sinceros lamentos» del señor Fairlie por verse obligado, debido al estado de su salud, a seguir siendo un solitario prisionero en su